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Entre melifluas exhortaciones alicianas

Ministros de educación hispanos firman la Declaración de Valparaíso

Quieren ayudar a "construir la ciudadanía" a través del arte, la cultura y el deporte

Domingo 29 de julio de 2007, por ER. Santiago de Chile

Esta “Declaración†fue el acto final de la XVII Conferencia Iberoamericana de Ministros de Educación. En ella, veintidós delegaciones de América y Europa (incluyendo a Andorra) se reunieron en Chile, país anfitrión. Las sesiones de trabajo se celebraron en los salones de un lujoso hotel de Viña del Mar (Valparaíso). A los organizadores de la conferencia, la ministra chilena de Educación, Yasna Provoste, y a la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura), no se les escatimaron elogios.

En la conferencia los ministros de educación trataron sobre cuestiones concretas como la erradicación del analfabetismo, la evaluación de programas educativos en marcha (como el PAEBA, Plan de Alfabetización de Adultos), el impulso al “Espacio Iberoamericano del Conocimiento” (calco del “Espacio Europeo de Educación Superior”, que facilita la movilidad de alumnos y profesores, así como la homologación de títulos), la consolidación de la Red Latinoamericana de Portales Educativos (RELPE), la promoción del acceso universal a las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) y el canje de deuda por educación, entre otros. También se comprometieron a erradicar el analfabetismo y a extender la educación básica universal antes del 2015.

Sin embargo, el tema explícito de las reuniones se enunciaba mediante las difusas expresiones de “cohesión social” y “políticas inclusivas”, temas aparentemente muy apartados de “sus competencias” habituales. Esto es, se trató de esas cuestiones concretas pero desde la perspectiva de la "cohesión social" y las "políticas inclusivas". ¿En qué consistirá esa perspectiva? Las palabras de alguna ministra nos ponen sobre la pista: “en la presente Conferencia se ha ido más allá del debate sobre la mera incapacidad para leer y escribir”. ¿A dónde “más allá” se ha ido? O, mejor, ¿a qué “más allá”?

En verdad, el documento no disimula en absoluto el cariz aliciano de esta declaración: se dice que la "educación" construirá un mundo multicultural con mayor bienestar, con mayor "acceso a la cultura", más justo y más armónico. Por otra parte, no nos parece nada casual que el texto presente este carácter, estando detrás de esta conferencia la OEI, cuyo secretario ejecutivo, el socialdemócrata español Álvaro Marchesi Ullastres, en los años noventa, dirigió y pilotó el proceso de reforma de la educación española en el sentido que quiere dársele ahora a la de todos los países hispanos (como si no conociéramos las terribles secuelas de tales renovaciones pedagógicas), así como la propia ministra chilena Yasna Provoste, perteneciente al gobierno chileno de la también socialdemócrata Michelle Bachellet. El documento transluce su afinidad a esa gaseosa nematología a la que pertenecen las expresiones de partida tales como “cohesión social” y “políticas inclusivas”, u otras como “calidad y equidad educativa”. El documento tampoco esconde su adoración por el “mito de la cultura”. En realidad, se trata de un "refrito" que, tomado en serio, nos hace albergar serias dudas acerca de las posibilidades reales de mejora de los sistemas de enseñanza del mundo hispanoamericano, más allá de la alfabetización básica.

Yendo al documento, para empezar, no se hace explícito el significado del término “educación” y se lo da por consabido, como si todos los allí reunidos fueran a entender lo mismo. Así, afirman que “la educación es una herramienta fundamental a través de la cual Iberoamérica puede avanzar decididamente en la solución de sus más graves problemas: la pobreza y la desigualdad”. Pero, en cualquier caso, atengámonos a lo que se dice inmediatamente a continuación: “Gracias a la educación, se forma a las personas en el ejercicio de la ciudadanía, se logran mayores niveles de protección para los grupos sociales más vulnerables y se fomenta la equidad en el acceso al bienestar”. Según los próceres, la "educación" también promueve “el desarrollo de valores éticos, cívicos y democráticos, muy especialmente a través del arte, la cultura y el deporte” (todas las cursivas nuestras). Quedan ya, pues, expuestas, las soluciones para la pobreza y desigualdad de Hispanoamérica: por encima del “bienestar” material, la educación es la “herramienta fundamental” para elevar a las nuevas generaciones al “reino espiritual de la cultura y de la ciudadanía”, es la puerta de acceso a ese reino a través de un desarrollo de “valores éticos, cívicos y democráticos” (que seguramente se hará, anticipamos por nuestra parte, mediante el arte, los deportes y la culturas precolombinas, manifestaciones de unas “culturas” elevadas, refinadas, sublimes o heroicas como la de los mapuches o la de los mayas.) Éste es su "más allá".

Tampoco tienen empacho las mentadas autoridades educativas en “ratificar el deber ineludible del Estado” en la “construcción de la ciudadanía” (sin más especificaciones ni parámetros), en reafirmar su lucha contra la discriminación a través del reconocimiento, especialmente, “a la equidad de género, la diversidad étnica y la multiculturalidad”, en “promover […] el acceso universal a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) que permitan elevar el nivel de la calidad de la educación para todos y el diálogo de saberes[sic]”, o en impulsar y fomentar la lectura mediante “el desarrollo de programas que garanticen la apropiación por parte de las familias de material bibliográfico que promueva los valores de la diversidad cultural y el pensamiento crítico”.

Así como la socialdemocracia ya ha hecho en casi toda Europa (pues no nos van a engañar a los hispanos), sabemos que esa manera de hablar es la propia de los que quieren asaltar los altos cargos de los ministerios de “Educación” o de “Cultura” (o de afianzar sus posiciones) para seguir realizando su labor de apostolado de sus doctrinas del diálogo, del panfilismo, de la multiculturalidad, del indigenismo, del armonismo y del “progresismo” indefinido. Hablando en plata: todo se resuelve en la transformación de la escuela tradicional, un lugar en donde se enseña y se instruye a los futuros ciudadanos de una nación política (profesores, artistas, “creadores”, “intelectuales”, pero, sobretodo, albañiles, mineros, agricultores, subcontratistas y demás trabajadores) en las más diversas materias, en un "nuevo espacio pedagógico" donde lo importante no es la instrucción en tales materias en sí, sino la “educación” (a secas), o la “educación en valores” (¿en qué valores?), o la “educación para la ciudadanía” (¿para qué ciudadanía?) o "la formación de la persona” (¿desde qué humanismo?). Esto es, una nematología que viendo en la escuela el origen y la solución a todos los males sociales, y prometiendo salvar a dicha sociedad a través de su renovación pedagógica, no hace realmente otra cosa más que convertirla en un escaparate de novedades editoriales e informáticas (cuyo "fracaso" siempre se querrá solucionar exigiendo más presupuesto). En definitiva, una nueva escuela que, en nombre de la "multiculturalidad" y el "pensamiento crítico", destruye la tradición escolar (en nuestro caso, hispana) en sus métodos, en sus contenidos y en sus formas, y neutraliza todo su potencial transformador y revolucionario.


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