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El Papa interviene en la ONU

El Pontífice rescata las tradicionales doctrinas dominicas

Citando al dominico español Francisco de Vitoria, Benedicto XVI, abogó por la legitimidad de las intervenciones militares.

Domingo 20 de abril de 2008, por ER. Nueva York

Cuando un Estado no protege a sus ciudadanos, es legítimo intervenir para acabar con la tiranía.

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Benedicto XVI da la comunión a un soldado norteamericano
Entre la Paz Perpetua y la Guerra Justa

La visita de Benedicto XVI al Imperio Norteamericano ha dejado palpables muestras de las contradicciones por las que atraviesa en la actualidad la Iglesia Católica. Mientras que crece el número de católicos entre las fronteras del Imperio, decrece el número de sacerdotes y se tienen que cerrar 1.260 escuelas católicas, y al tiempo que rescata las tradiciones escolásticas dominicas introduce —como buen alemán— el kantismo por vía de San Agustín.

Y es que Benedicto XVI ha defendido ante las Naciones Unidas la necesidad de la intervención militar para proteger a los ciudadanos de los Estados que no velan por los intereses de sus súbditos. Para ello ha sacado a colación nada más y nada menos que a Francisco de Vitoria:

«El principio de la "responsabilidad de proteger" fue considerado por el antiguo ius gentium como el fundamento de toda actuación de los gobernadores hacia los gobernados: en tiempos en que se estaba desarrollando el concepto de Estados nacionales soberanos, el fraile dominico Francisco de Vitoria, calificado con razón como precursor de la idea de las Naciones Unidas, describió dicha responsabilidad como un aspecto de la razón natural compartida por todas las Naciones, y como el resultado de un orden internacional cuya tarea era regular las relaciones entre los pueblos. Hoy como entonces, este principio ha de hacer referencia a la idea de la persona como imagen del Creador, al deseo de una absoluta y esencial libertad. Como sabemos, la fundación de las Naciones Unidas coincidió con la profunda conmoción experimentada por la humanidad cuando se abandonó la referencia al sentido de la trascendencia y de la razón natural y, en consecuencia, se violaron gravemente la libertad y la dignidad del hombre. Cuando eso ocurre, los fundamentos objetivos de los valores que inspiran y gobiernan el orden internacional se ven amenazados, y minados en su base los principios inderogables e inviolables formulados y consolidados por las Naciones Unidas. Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos, es un error retroceder hacia un planteamiento pragmático, limitado a determinar "un terreno común", minimalista en los contenidos y débil en su efectividad.»

Terminó apelando a San Agustín recordando que a los derechos les siguen también deberes, algo que el Papa explicó citando al obispo de Hipona, quien decía «no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti» y esto, aclaró recordando al obispo africano del siglo V, «en modo alguno puede variar, por mucha que sea la diversidad de las naciones». Ratzinger criticó a su vez que las decisiones en las Naciones Unidas estuvieran bajo el control y amparo de un reducido grupo de estados.

La Iglesia Católica se encuentra así en una encrucijada ideológica en la que por una parte, reconoce la situación política realmente existente —donde hay que intervenir en otros estados— y el panfilismo de la Paz Perpetua que espera que las naciones del orbe todo van a ponerse de acuerdo siguiendo unos abstractos derechos humanos. Así, Benedicto XVI habló de intervenciones en otros estados sin mencionar —como sí hizo en su día Francisco de Vitoria— que estas intervenciones suponen a menudo la muerte no de una o dos personas, sino de cientos de individuos a los que no se les interroga en ningún momento por el imperativo categórico agustino-kantiano.


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