28 de julio – Detenido decapitador de cristianos en Filipinas · 27 de julio – Primeras esposas e hijos se niegan a la poligamia en Malasia · 26 de julio – Al Qaeda afirma haber ejecutado al rehén francés que no pudo ser rescatado · 24 de julio – Hugo Chávez desafía a Colombia y solicita a las FARC que se desarticulen pacíficamente · 23 de julio – Intento fallido de rescate deja seis terroristas de Al Qaeda muertos · 22 de julio – Colombia denuncia que Venezuela protege a miles de terroristas de las FARC · 20 de julio – Inauguran un centro comercial en Gaza con la anuencia de Hamás · 18 de julio – Un acuerdo pone fin a la huelga corporativa en el Metro de Madrid · 17 de julio – Se reanuda la huelga corporativa en el Metro de Madrid · 13 de julio – Llegan a España los primeros presos liberados por Cuba · |
Rolando Astarita analiza la crisis financiera mundial
Tercera y última parte del artículo de Rolando Astarita
Domingo 19 de octubre de 2008, por Rolando Astarita
Después de la caída de las acciones tecnológicas en 2000, la bolsa de valores no parecía un destino atractivo. En consecuencia, uno de los dos principales canales hacia donde se canalizó esta plétora de capital fue el mercado hipotecario, y las fusiones y adquisiciones de empresas, motorizadas por las firmas de capital privado. Los bancos subieron sus apuestas en la medida en que bajaban los rindes de la deuda de los bonos corporativos y las comisiones que podían cobrar por los negocios. Crecientemente se lanzaron a tomar posiciones en activos cada vez más riesgosos. Lo mismo hizo el sector de los fondos institucionales. También los fondos de cobertura, rebosantes de las plusvalías que derivaban de la alta burguesía. Todo impulsó entonces a entrar en una vorágine especulativa.
Los fondos de cobertura, muchos de ellos promovidos por bancos, y otro tipo de fondos, incluidos los institucionales, se vieron inundados de efectivo buscando colocarse rentablemente, en el marco de bajas tasas de interés. En coyunturas semejantes, todos se lanzan a demostrar que su estrategia de inversión es la más rentable. Cuando un fondo está ofreciendo rendimientos anuales de, supongamos, el 12%, es muy difícil para la competencia ofrecer el siete o el ocho por ciento. En una fase de alza de los negocios, aunque sean especulativos, un fondo que no sigue la corriente –por ejemplo porque considera que las operaciones están adquiriendo un carácter demasiado riesgoso–, puede sufrir la salida de inversionistas, descontentos por los beneficios que se están perdiendo. Como alguna vez admitía un administrador de fondos de inversión (en una comunicación personal), lo más difícil de explicar a un inversionista sediento de ganancias es «por qué vendimos una posición, asegurando una ganancia tal vez del 10 o 15% anual, cuando el activo sigue subiendo y se pudo haber obtenido el 20 o 25%».
Además, el hecho de que a los fondos de cobertura se les pague por sus desempeños hace que estén interesados en inflar el precio de sus activos, y ocultar en lo posible las pérdidas.
Por otra parte los modelos sobre manejo del riesgo dicen que el riesgo disminuye cuando baja la volatilidad de los precios, y la correlación entre los activos. Dado que luego de 2001 la volatilidad disminuyó (especialmente en el mercado accionario), los bancos encontraron una buena excusa para aumentar su exposición. Los modelos VAR (Value At Risk, o sea, valor en riesgo) determinan el monto de capital que los bancos deben dejar en depósito para cubrir sus operaciones en los mercados. Si el VAR de un banco aumenta, quiere decir que está tomando más riesgo. Desde 2001 los VAR de los grandes bancos americanos y europeos que operan en los mercados financieros ha estado subiendo. En febrero de 2004 The Economist informaba que el VAR de Goldman Sachs, por ejemplo, se había duplicado en los últimos años. Cuando se produce la caída general de los precios, la necesidad de reponer los coeficientes de capital que exigen las regulaciones VAR implica que necesariamente se desatan reacciones en cadena, donde todos tratan de vender al mismo tiempo.
La titularización y la extensión de los mercados monetarios y de capitales debilitaron también las posibilidades de supervisión del banco central sobre el sistema. En el sistema tradicional el banco debía cumplir con ciertos requisitos a la hora de decidir en qué activos colocar el dinero de los depositantes, y hasta cierto punto esto podía ser supervisado por el banco central. Pero las titularizaciones que actualmente realizan los bancos son operaciones «por fuera de balance», que no están controladas por el banco central. En este respecto los balances de los bancos –así como de otras instituciones– ya no proveen información suficiente sobre su verdadero estado financiero.
Además, el crecimiento de los créditos estructurados implica que nadie sabe bien qué está comprando, ni cómo se evalúa el riesgo. Cuando alguien compra un tramo senior o super senior de CDO que tienen como colaterales otros ABS, o CDS, no puede calcular qué valor real está adquiriendo. El problema se agrava porque es de interés de los managers de las firmas que organizan estas operaciones ocultar la verdadera naturaleza de lo que están haciendo. No olvidemos que ganan por administrar fondos, y además por presentar ganancias, aunque éstas estén infladas y sean puramente nominales. Por eso también se da el caso de que se organizan CDO con los tramos junior de las carteras. Todo consiste en lograr que las calificadoras de riesgo califiquen con buen rating (triple A o doble A) los tramos senior de las nuevas emisiones. Estos tramos entonces pagan una tasa menor, en tanto el organizador del CDO se queda con las tasas mayores que se pagan por los tramos junior subyacentes. Una linda operación de piratas financieros. Según J. P. Morgan, en 2006 aproximadamente US$ 244.000 millones en CDO estaban respaldados por ABS emitidos en Estados Unidos, de los cuales US$ 98.000 millones eran CDO respaldados por ABS mezzanine. En su mayoría se trataba de tramos de MBS, o sea, colaterales hipotecarios, en su mayoría derivados de préstamos subprime (de baja calificación crediticia, véase infra).
Por lo tanto aquí entran en juego las calificadoras de riesgo, que cobran por decir a los inversionistas cuánto riesgo se encierra en una inversión. Las calificadoras juegan un rol fundamental porque, por un lado, justifican que se baje la tasa que se puede ofrecer por un título; no debe olvidarse que buena parte del negocio consisten en quedarse con la diferencia entre lo que pagan los tramos senior, y lo que rinden los activos subyacentes. Pero además su papel es esencial para que puedan entrar en la inversión los fondos institucionales, como los fondos de pensiones, los fondos universitarios y semejantes. Estos fondos no tienen permitido, por ley, colocar dinero en activos calificados como riesgosos. Cuando una calificadora otorga a un tramo CDO una buena calificación, habilita entonces la entrada de los fondos institucionales. En los tiempos de vacas gordas y alta especulación, todo el mundo está interesado en que las cosas funcionen de esta manera. El organizador de la titularización, porque amplía el radio de sus negocios, y justifica los spreads que cobra. El fondo institucional porque quiere elevar la rentabilidad de sus inversiones; lo cual es esencial en períodos en que las tasas están bajas, y existe una presión constante por elevar la tasa de valorización. Y por último, también hay un interés concreto de las propias calificadoras, que cobran jugosas comisiones por sus trabajos. Por caso, entre 2002 y 2006 Moody’s obtuvo más de US$ 3.000 millones por calificar valores basados en préstamos hipotecarios. De manera que los agentes colocadores de los bonos colateralizados por hipotecas actuaron junto a firmas calificadoras, para decir a los inversores que estaban colocando el dinero en activos seguros. Más que algún interés en análisis científicos, lo que prevalecía aquí era una lógica de lobby y enriquecimiento. Y la complejidad de las operaciones en juego ayudaba a disimular el verdadero contenido del asunto. Así, Standard & Poor’s aseguraba que las hipotecas subprime no tenían más riesgo que las hipotecas tradicionales. Otras calificadoras, como Moody’s, Investors Service, Fitch Ratings, también daban calificaciones excelentes a esos valores, poniéndolos casi al nivel de seguridad de los bonos del Tesoro. Recién en julio de 2007, ante el inocultable desplome de los créditos hipotecarios, Moody’s, Standard & Pools y otras calificadoras anunciaron rebajas en las calificaciones de centenares de bonos respaldados por préstamos hipotecarios.
Fondos de capital y fusiones
Además de las inversiones hipotecarias, que veremos enseguida, el canal hacia el que se derivó el capital dinerario excedente fueron las compras de empresas, motorizadas por los fondos de capital privado. A diferencia de los fondos de inversión, que compran y venden acciones en los mercados bursátiles, los fondos de capital privado usan el dinero de los inversionistas para comprar participaciones directas en las empresas. Algunos de estos fondos americanos están manejados por firmas como Hicks Muse, Tate & Furst, Advent International Corp. y JP Morgan, y realizan operaciones altamente apalancadas. Un ejemplo ilustrativo lo constituye la compra de Qwest Communications International Inc., una empresa de telecomunicaciones estadounidense que estaba altamente endeudada, y fue adquirida en agosto de 2002 por firmas de capital privado. Estas firmas pagaron US$ 7.000 millones, de los cuales US$ 5.500 millones eran prestados.
Los fondos ponen a trabajar a la empresa adquirida, y con las ganancias que produce pagan a los prestamistas. En el caso de Qwest, en 15 meses habían recuperado la inversión. A partir de este éxito, los negocios se multiplicaron. La abundancia de dinero permitía financiar con facilidad las compras de empresas en problemas, a precios baratos. A diferencia de las compras apalancadas que se realizaban en las décadas de 1980 y 1990, y como hemos adelantado, los fondos de capital evitan los mercados accionarios. Con esto buscan eludir las regulaciones y el escrutinio de fiscales, accionistas o medios de comunicación. El objetivo es salvar cualquier obstáculo que pueda interponerse para llevar adelante despidos de trabajadores, reformas de los regímenes laborales, cierre de las secciones de las empresas que no son rentables. Por eso sacan a las empresas de la bolsa, las reorganizan aumentando la presión sobre el trabajo, y luego las vuelven a la bolsa como compañías más rentables. Es una expresión depurada de la presión del capital financiero por elevar la extracción del plusvalor.
Hacia 2006 el volumen de este tipo de compras «hacía palidecer la ola de compras de los años ochenta» (The Wall Street Journal Americas 7/08/07). Y a medida que crecieron las posibilidades de ganancias, aumentó el apetito de grandes bancos por intervenir en estas operaciones. Los bancos organizan el préstamo a los fondos, para colocar a su vez esa deuda a inversionistas. Esto es, los bancos, además de asesorar a las firmas de capital privado, comprometen fondos en los préstamos; luego titularizan esos activos y venden la deuda a inversores. Todo funciona muy bien en tanto puedan colocar esa deuda. Pero si los inversionistas no compran la deuda, los bancos se quedan con los activos que pretendían revender.
Mercado inmobiliario y teoría marxista
Una de las características de la economía de la última década ha sido el impresionante auge de los precios de las casas y bienes inmobiliarios en general. Según datos que tomamos de The Economist, el índice S&P/Case-Schiller de precios de viviendas de Estados Unidos alcanzó su máximo en 2006, subiendo un 134% en los diez años anteriores. En Francia, Suecia y Dinamarca ocurrieron alzas similares durante la última década, y en Gran Bretaña, Australia, España e Irlanda los incrementos fueron aún mayores.
Algún intérprete, ingenuo, de la teoría de Marx podría pensar que esta alza debería de reflejar cambios muy profundos en los tiempos de trabajo socialmente necesarios para la construcción de casas. Sin embargo la cuestión es más compleja, porque lo que subyace a esta alza es la renta de la tierra, y más en particular, la renta de la propiedad inmobiliaria urbana. [1] Como explica Harvey, siguiendo a Marx, dado que la tierra no es producto del trabajo, no puede tener valor; pero el propietario de la tierra –y esto se aplica al propietario de una casa– puede percibir una renta anual por la misma, que se puede considerar como el interés por algún capital ficticio. Para el propietario esta renta no difiere, en principio, de la renta que le dan activos financieros como bonos o acciones, y el precio de la tierra entonces se calcula de la manera que ya hemos indicado, esto es, a partir de la capitalización de esa renta, con una tasa de interés. Por lo tanto cuando bajan las tasas de interés, el precio de las propiedades inmuebles tiende a subir. Por eso Harvey explica que la tierra
A medida que se desarrolla el sistema de crédito, más y más la tierra y las propiedades inmuebles se tratan como bienes financieros. Cuanto más capital excedente haya,
Si bien los pasajes anteriores están referidos a quienes compran propiedades con el fin de sacar una renta de ellas, el principio se aplica a todo comprador, esto es, también a aquellos que adquieren una vivienda con el fin de vivir en ella. En la medida en que suben los precios, los trabajadores que compran viviendas, o que pagan alquileres, están obligados a destinar una parte cada vez mayor de sus salarios a la vivienda. Toda la propiedad está sometida a la misma ley que rige para los activos financieros, de la misma manera que la tasa de interés se explica por el principio de la plusvalía, con independencia de que haya mucha gente que saca préstamos con fines de consumo. Por esto mismo los movimientos de la tasa de interés imponen fuertes oscilaciones en los precios de la tierra, y de las propiedades inmuebles. Los movimientos especulativos son inherentes a la naturaleza de una mercancía cuya esencia es otorgar un derecho a la renta que produce. Harvey recuerda que Marx incluso presenta un ejemplo que se vincula muy directamente con la crisis que estamos tratando:
La empresa constructora de las casas recibirá, tendencialmente, una ganancia acorde con la tasa general de ganancia; pero los capitales financieros que invierten en el desarrollo de construcciones urbanas podrán recibir no sólo el interés, sino también las ganancias provenientes de la valorización de la tierra y de la propiedad, a partir del desarrollo de espacios ciudadanos nuevos. De aquí que los títulos de propiedad de estos inmuebles se intercambien libremente, a medida que se desarrollan los mercados «como un bien financiero puro» (ídem, 399).
Todo esto da lugar a burbujas y especulaciones desenfrenadas, en la medida que el dinero excedente se vuelque a la construcción «de pirámides de títulos de deudas».
Pero estas «orgías especulativas» también se convierten, periódicamente, «en fuente de destrucción para el propio capital» (ídem, p. 372). Es que en la medida en que no exista una verdadera producción de plusvalía, las valorizaciones de los activos que dan derecho al trabajo futuro se derrumban.
Burbuja hipotecaria y crisis financiera global
Lo explicado hasta aquí sirve para poner en evidencia la lógica de la especulación financiera e inmobiliaria de los últimos años. Los mecanismos de titularización de los créditos hipotecarios ampliaron las posibilidades para que la inversión inmobiliaria siguiera la lógica del capital dinerario en general. La tesis de que la diversificación disminuía el riesgo potenció su expansión al segmento del mercado subprime, constituido por hipotecas de alto riesgo porque son entregadas a deudores con poca calificación para los créditos. Esto significa que a un deudor se le piden menos requisitos de ingresos, garantías o antecedentes de comportamiento crediticio para sacar una hipoteca. A medida que bajaron los rendimientos de las tasas de interés, y subieron los precios de las propiedades y los alquileres, fondos de cobertura y otros inversores se lanzaron más y más a la compra de títulos respaldados por hipotecas, no sólo en los tramos senior, sino también en los equity y mezzanine, asumiendo que, después de todo, nunca vendría un default «en serio». O, que en última instancia, y como ha sucedido en otras oportunidades, la Reserva Federal y las autoridades monetarias europeas o japonesas intervendrían para salvar el sistema. Es lo que se llama en la literatura el problema de «riesgo moral». En consecuencia, y de manera creciente, todos fueron arrastrados por la vorágine. El fetiche del capital dinero alcanzaba una vez más, su máxima expresión.
El mercado hipotecario subprime creció a tasas muy altas. Según Lehman Brothers, en 2001 se originaron US$ 52.000 millones en estos créditos, en 2005 la cifra ascendía a US$ 400.000 millones. Ese año el mercado de MBS llegaba a casi US$ 3 billones, lo que representaba aproximadamente la tercera parte de todo el mercado de bonos. En enero de 2007, según el FMI, el mercado alcanzaba US$ 5,8 billones; el mercado subprime comprendía el 14% del total, en tanto que el mercado conocido como Alt.A, de calidad mayor que el subprime, pero menor que el prime, el 12%. Esto es, el 26% del mercado era non-prime. Según algunos estudios publicados por el FMI, en 2006 sólo el 36% de las nuevas hipotecas que se originaban eran préstamos conforming, esto es, que cumplían con los requisitos que exigían las instituciones respaldadas por el gobierno. Muchos préstamos se realizaban, además, con tasas ajustables, por las cuales en los primeros años la tasa de interés es baja, pero luego sube rápidamente.
Animados por las expectativas de grandes ganancias, en los últimos años también muchos inversores internacionales entraron en el mercado hipotecario, en Estados Unidos, Europa y Asia. Según el FMI, a mediados de 2006 los inversores no estadounidenses poseían valores por US$ 850.000 millones. Incluso se piensa que China compró deuda de las agencias semipúblicas hipotecarias estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, que cuentan con respaldo del gobierno de Estados Unidos.
Indudablemente para sectores importantes de la clase trabajadora el proceso implicaba una caída de sus salarios reales , ya fuera por el aumento de los alquileres, o de los intereses de los créditos hipotecarios. En Estados Unidos un tercio de la población paga alquileres. De acuerdo a un estudio de American Housing, en 1997 el ingreso medio anual, neto, del ocupante propietario de casa era de US$ 43.480, contra US$ 22.834 del que alquilaba. [2] Y en los diez últimos años la situación evolucionó para peor. Claramente, para millones de personas en América o Europa se trataba de «la sartén o el fuego», porque la única forma de salir de la esclavitud del alquiler creciente era intentando la aventura de comprar la casa propia, endeudándose a tasas que nadie podía prever cómo evolucionarían. En lo que respecta a los trabajadores propietarios, el aumento de los precios de sus casas no mejoraba un ápice el nivel de su canasta real. Sí se veían beneficiados los sectores de las clases medias acomodadas, propietarias de casas en alquiler –a comienzos de la década se calculaba en 35 millones las casas en alquiler– que tomaban créditos para comprar casas que se pagarían «solas» con los alquileres… en tanto los alquileres pudieran cubrir las devoluciones de los préstamos.
Naturalmente la sobre expansión crediticia ayudó a mantener alta la demanda y la economía en Estados Unidos –y en otros países, como España– a pesar de que la inversión no se había recuperado. Esto ayudó a mantener un elevado nivel de empleo, especialmente en Estados Unidos, lo que contribuyó también a sostener la demanda en el mercado inmobiliario. La globalización financiera ayudó a inyectar fondos que impulsaron la sobreacumulación en el sector de la construcción de Estados Unidos. Además de los fondos de cobertura, agencias financieras y fondos institucionales, entraron en el negocio muchos grandes bancos americanos, como Citigroup, y las poderosas casas de Wall Street, como Lehman Brothers Holdings, Goldman Sachs, Bear Stearns. También bancos internacionales, como BNP Paribas, el mayor banco de Francia.
Un caso característico que ilustra cómo se operó es el de IKB Deutsche Industriebank AG, de Dusseldorf, un banco que tradicionalmente se había dedicado a otorgar préstamos a empresas alemanas. En 2002 este banco comenzó a diversificarse, comprando bonos a los mayores bancos del mundo, e invirtiendo en el mercado hipotecario de Estados Unidos. A través de una filial, el banco compró valores en renta fija –muchos respaldados por hipotecas subrpime– por US$ 19.300 millones. Para comprar estos valores la filial de IKB tomaba deuda de corto plazo. Para lo cual debía renovar periódicamente la colocación de sus papeles comerciales. El papel comercial de la sucursal del IKB se consideraba seguro, debido a que estaba respaldado por los activos hipotecarios que compraba la empresa. El banco, además, era considerado un verdadero modelo de «diversificación exitosa» y de habilidad para la generación de carteras redituables.
Sin embargo el crédito no puede solucionar los problemas de fondo que atraviesa la acumulación capitalista, ni sostener indefinidamente la bonanza . Es parte de la ilusión, derivada del fetichismo de las finanzas y frecuente en algunos sectores de izquierda, pretender que una economía puede mantenerse indefinidamente en base al crédito. Mientras los precios de las propiedades subían, los prestatarios que enfrentaban dificultades podían vender sus casas y cancelar sus hipotecas. Las tasas bajas ayudaban, además, a mantener los flujos. Pero progresivamente el mercado comenzó a experimentar la acumulación de stocks de casas sin vender, las tasas comenzaron a subir, la suba de precios de las propiedades inmobiliarios se detuvo y comenzó a revertirse, y las dificultades entonces se hicieron evidentes. Desde finales de 2005 la tasa de inicio de construcciones en Estados Unidos comenzó a bajar, y la ratio de inventarios de casas no vendidas sobre ventas en 2006 ya había aumentado a niveles que no se veían desde inicio de la década de 1970, cuando se produjo otra gran crisis en el sector. Los precios de las viviendas se desaceleraron claramente desde 2006. Y a fines de ese año también cayó la inversión, a pesar de que estaba subiendo la utilización de capacidad, los beneficios eran altos y la tasa de interés baja.
Ahora, todo lo que había contribuido a mantener boyante al mercado, se dio vuelta. Los mercados de títulos que se creían líquidos, comenzaron a secarse; en especial los títulos que tienen como colaterales las hipotecas subprime y los mercados de papeles comerciales se demostraron altamente ilíquidos. También hay iliquidez en los mercados que financiaron en los últimos años las compras apalancadas de empresas. Se calcula que actualmente hay unos US$ 200.000 millones comprometidos por los bancos para acuerdos de compras, que no pueden colocarse en los mercados de deuda por la renuencia de los inversionistas.
Por otra parte, en la medida en que la caída en el sector de la construcción, y en la esfera financiera, se traduzca en aumento de la desocupación y recesión económica, se incrementarán las dificultades para recuperar los créditos; en ese caso será de esperar nuevas quiebras, con mayores repercusiones sobre la economía en general. Como recuerdan Case, Glaeser y Parker (2000) la reversión del boom inmobiliario de los ochenta contribuyó a la desaceleración económica de fines de 1980 y comienzos de la siguiente década.
A partir de mitad de 2006 la economía de Estados Unidos se desaceleró, de un crecimiento anual del 4% al 2% en la segunda mitad, y al 1,25% en el primer trimestre de 2007. La inversión corporativa se redujo fuertemente, y de hecho fue negativa en el último trimestre de 2006. Si bien el crecimiento económico del segundo trimestre de 2007 repuntó al 3,4%, los indicadores de creación de empleo han comenzado a dar negativo, y sigue habiendo pesimismo acerca de las perspectivas.
En cuanto a la dinámica de la crisis financiera, fue rápida y afectó rápidamente a todos los activos. El 15 de junio de 2007 Moody bajó la calificación de 131 títulos respaldados por préstamos hipotecarios. Cinco días después se anuncia que dos fondos de cobertura, manejados por Bear Stearn, estaban a punto de cerrar, con exposiciones en títulos respaldados con hipotecas por US$ 20.000 millones. El 10 de julio S&P ponía calificaciones negativas a títulos hipotecarios por valor de US$ 7.000 millones. Los informes negativos sobre ventas de casas y de pérdidas de empresas constructores agravaron las cosas, y muchas firmas fueron llamadas a reponer garantías. Pero esto paralelamente producía un corrimiento hacia los títulos más seguros por lo que los mercados se volvieron ilíquidos. Ante la crisis el oro también se presenta como un refugio de liquidez. [3] Los inversionistas en el mercado monetario –en papeles comerciales de empresas– dejaron de abastecerlo, para volcarse a los bonos del Tesoro. Los fondos apalancados que habían apostado a los títulos hipotecarios, se encontraron rápidamente en dificultades. Como también los bancos que habían apostado a los fondos. En julio comenzaron a caer Wall Street y las bolsas alrededor del mundo, poniendo más presión. A fines de mes la crisis financiera se expandía internacionalmente, afectando a fondos amparados por los bancos. Aumentó el nerviosismo acerca de la situación de grandes bancos de Alemania, Francia e Inglaterra. El 9 de agosto el Banco Central de Europa inyectó € 94.800 millones en el mercado interbancario, y la Reserva Federal US$ 24.000 millones. En los días que siguieron, se volvió a inyectar fondos, y la Reserva Federal bajó la tasa de interés. Pero la desconfianza en los mercados continuó. El dato de septiembre sobre creación de empleos en Estados Unidos dio negativo (destrucción neta de 4.000 empleos). El 18 de septiembre la Reserva Federal recortaba medio punto porcentual la tasa de referencia, en un intento por evitar que la crisis inmobiliaria arrastrara a la economía a la recesión.
De nuevo es ilustrativo de la dinámica de la crisis el caso de IKB. Cuando estalló la crisis en el mercado hipotecario en Estados Unidos, IKB se encontró de buenas a primeras con que no podía colocar sus papeles comerciales, y no tenía manera de afrontar sus compromisos. IKB debió ser socorrido por el gobierno y otros bancos alemanes, porque de lo contrario entraba en cesación de pagos. Los bancos alemanes debieron entrar en el rescate porque la caída del IKB los amenazaba a ellos mismos, y al sistema de conjunto. ¿No era que el riesgo estaba diversificado?
Algo parecido sucedió con otros bancos europeos. Los mercados de créditos hipotecarios europeos también empezaron a complicarse, de nuevo con repercusiones para el conjunto de las economías. El Banco de Francia tuvo que salir a auxiliar al Paribas. En Gran Bretaña cayó la compañía de préstamos hipotecarios Northern Rock, y otras grandes financieras vieron desplomarse los precios de sus acciones, y temen también sufrir un retiro de depósitos. En España el mercado hipotecario se está contrayendo rápidamente, repercutiendo también en sentido negativo en la economía.
A modo de conclusión
No toda crisis financiera deriva linealmente en una caída de la producción, y de la economía en general. A lo largo de la historia del capitalismo ha habido crisis financieras que han estallado «en la superficie», sin afectar a la acumulación y actuando hasta cierto punto como depuradoras de las burbujas. No puede descartarse que ocurra lo mismo con la actual crisis. De todas maneras, y como ha señalado Ramos (2007), el telón de fondo sobre el que se desarrolla es una situación de sobreacumulación del capital, que no ha sido eliminada por la recesión de 2001. Los mecanismos financieros, por otra parte, no pueden impedir que ocurra una desvalorización masiva de los capitales. Por lo que se ha explicado, la transmisión del riesgo sólo permite expandir las ondas que se desatan a partir de la implosión de los valores en algún lugar de los circuitos del capital mundializado. Naturalmente, las ingenierías financieras tampoco pueden remediar las fallas que se producen en la generación y realización de plusvalía. Si las contradicciones que derivan de la sobreacumulación del capital se traducen en una baja del plusvalor, el cambio de manos de títulos y derivados, por más frenético que sea, no tiene forma de generar nuevo valor. La validación última de los capitales está en el éxito que tenga el proceso de explotación del trabajo, y de realización del valor. La plétora del capital y la extensión del crédito no han remediado los problemas de fondo; sólo los han postergado, para hacerlos más globales y más amenazantes.
[1] En lo que sigue nos basamos en Harvey (1990), capítulos 11 y 12.
[2] Citado en Case, Glaeser y Parker (2000).
[3] El 20 de septiembre el precio del oro superaba los US$ 738, el nivel más alto desde enero de 1980. En tiempos de desconfianza y crisis, «la bárbara reliquia» vuelve a aparecer como refugio último del valor. La suba del precio del oro significa la caída del valor del dólar. En otros escritos hemos discutido explicado las razones de la persistente vigencia del rol monetario del oro, a partir de la teoría del valor de Marx.