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La política educativa es fundamental para la persistencia de un Estado

Crisis económica y educación

¿Qué castigo merecen quienes niegan la crisis económica o el bajo nivel educativo de los españoles?

Miércoles 8 de octubre de 2008, por Grupo Promacos

Después de que las actuales turbulencias económicas hayan puesto de manifiesto, una vez más, que Europa es lo más parecido a una biocenosis, y de que los euro-optimistas españoles sean ninguneados por los dirigentes políticos franceses o alemanes, muchos analistas se preguntan por las causas que nos han llevado a la presente situación. Y no cabe duda de que uno de los factores que ha contribuido de manera más directa a dibujar el panorama actual de España está relacionado con la política educativa.

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Educación
Sus deficientes bases hipotecan nuestro futuro más que la actual crisis económica

La educación está estrechamente vinculada a las tres capas de una sociedad política (la conjuntiva —los ciudadanos—, la basal –-económica— y la cortical –-militar—), y aunque en ella influyen distintas instituciones sociales, no cabe duda de que el gobierno tiene una especial responsabilidad en la formación de los ciudadanos a través de leyes y reglamentos que regulen e impulsen un determinado tipo de ciudadanía en pos de la regeneración eutáxica del estado.

Aunque ya quedan lejos los tiempos en que se empezó a implantar en España la pedagogía no dirigista de mano de la LOGSE -–cuando se propagaba que padres y profesores debían comportarse como amigos con sus hijos y sus alumnos—, sin embargo aún se mantiene una política que sigue identificando el «aprobado automático» con la «justicia social». Ahora bien, desde el Grupo Promacos consideramos que es completamente engañoso e injusto (en la medida en que la justicia consista en dar a cada cual lo que se merece) pretender equiparar a ricos y pobres a base de «aprobados generales» o «promociones automáticas». En la práctica dicha equidad deja a los alumnos «igual de desiguales» que cuando iniciaron sus estudios, de manera que sólo los que disponen de recursos adicionales pueden afrontar la formación que las escuelas públicas les escamotean. La promoción automática contribuye a ocultar los privilegios de las élites político-económicas que más influyen en la dirección de los estados democrático-capitalistas.

La crisis española se vislumbra mucho más dura que en otros países atendiendo a los múltiples datos que, a pesar de la manipulación y ocultación de las cifras, de vez en cuando se ponen de manifiesto. Aunque habría que atender a parámetros que no siempre se pueden exponer cuantitativamente, parece que el «déficit» educativo español se plasma, como no podía ser de otra forma, en todos los niveles educativos hipotecando nuestro futuro. Así lo pone de manifiesto un reciente informe de la OCDE. Mientras el 80% de los ciudadanos de la Unión Europea entre 25 y 34 años tiene bachillerato o formación profesional superior, en España dicho porcentaje queda reducido al 64% (otra cuestión sería averiguar la valía de dichas titulaciones, como ya hemos comentado). Además, uno de cada cinco jóvenes españoles entre los 15 y los 19 años no recibe formación alguna. Y, según datos del propio Ministerio de Educación, el 30% de los chicos entre 14 y 18 años, frente al 14,8% de la media europea, deja definitivamente los estudios cada año (unos 180.000 chavales).

Esta política de la «promoción automática» fomenta entre el alumnado la pereza y la pretensión de llegar con un mínimo esfuerzo a la Universidad con la esperanza de mejorar su prestigio social. De esta forma la mayoría de las Facultades se ha masificado perdiendo la capacidad de formar adecuadamente a los alumnos mientras que, por el contrario, la proporción de estudiantes matriculados en formación profesional es notablemente baja (42,5%) respecto a la media de la OCDE (48,1%) o de la UE (53,6%). Estas cifras indicarían, además, que España ofrece un acceso a la educación universitaria más equitativa que muchos otros países del mundo, incluidos Francia o Alemania, pues el 40% de los estudiantes en educación superior procede de familias «trabajadoras», lo que implicaría una mayor movilidad intergeneracional entre los españoles. Pero dicha cifra, como hemos sugerido, podría indicar que los estudios universitarios españoles se han depreciado tanto que «cualquiera puede acceder a ellos». Habría que ver cuántos licenciados y diplomados de clases humildes españolas consiguen trabajos bien remunerados en la proporción mencionada.

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Euro
¿Acabará tan dejado de lado como la educación en España?

Una crítica similar a la política educativa española de los últimos años se desprende de lo expresado por Rosa Díez de un modo gráfico. El pasado 10 de septiembre, en relación al dato del INE según el cual sólo el 25 por ciento de las empresas españolas son «innovadoras», la diputada de UPyD replicó al presidente del gobierno: «Yo quiero parecerme a los países que diseñan coches, no a los que los montan». No se trata sólo de que el peso en el PIB de la industria española sea muy bajo (pues la riqueza se basa fundamentalmente en el sector servicios y en el ladrillo, cuya cualificación profesional no es muy exigente), sino que nuestra dependencia científica y tecnológica respecto a otros países supone una grave amenaza para la eutaxia futura. Así parece confirmarlo el presidente francés, Nicolás Sarkozy, que podría dar un nuevo disgusto al euro-optimista Zapatero cerrando la fábrica Renault de Valladolid trasladando el montaje de nuevos modelos a suelo francés.

Se trata de la otra cara de la misma moneda. Sin un mercado laboral que canalice la vida de los ciudadanos y su reproducción —por ejemplo, formando una familia que pueda instalarse en una vivienda digna— la persistencia del estado estará claramente comprometida. Según el último informe estadístico del Observatorio Joven de Vivienda en España, dependiente del Consejo de la Juventud de España (CJE) un ciudadano necesita un salario de 3.300 euros mensuales para poder emanciparse por sus propios medios. Pero resulta que España, junto a Italia y Portugal, posee una de las tasas de emancipación más tardías de Europa.

De todos es sabido que la escuela pitagórica intentó ocultar el descubrimiento de los números irracionales que cuestionaban su metafísica y hacían que su modo de vida entrara en crisis. Platón, muy al contrario, pensaba que hay que evitar la falsa conciencia, que las contradicciones que nos presenta la realidad (matemática, física o política) hay que afrontarlas, por muy dolorosas que sean. Por eso dijo que «el maestro que no enseña a sus discípulos los irracionales, merece la pena de muerte». ¿Qué diría Platón de quienes, como Zapatero, no quieren reconocer la crisis y sus consecuencias? ¿Qué castigo merecen quienes han contribuido a dejar la educación de los españoles en una situación tan lamentable, hipotecando su porvenir?


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