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¿Qué ocurrirá si estamos ante el comienzo de lo podría pasar a conocerse en el futuro como la Grandísima Depresión?

La ¿«grandísima»? depresión y el «lado malo» de la Historia

Deberían preocuparnos las consecuencias sociales y políticas, más allá de las puramente económicas, que pueden producirse

Domingo 5 de octubre de 2008, por Diego Guerrero

Si alguien pregunta si estamos sugiriendo la posibilidad de un nuevo fascismo habrá que responder que sí

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Imagen dantesca del posible nuevo fascismo del siglo XXI
¿Podría ser la Grandísima Depresión la puerta por la que vuelva a entrar el "rayo que no cesa"?

Empecemos por los números. Si una economía crece durante 30 años a una tasa anual del 1%, al cabo de ese tiempo habrá crecido casi un 35%; si lo hace al 2%, el porcentaje de crecimiento total sube al 81%; y si llega a crecer a un 3% anual, la producción se habrá multiplicado al final del periodo por 2,4. Al final de los 30 años, por tanto, una economía nacional que se encontrara en el primer caso estaría produciendo un 25% menos que si hubiera crecido al 2%, y un 45% menos que si lo hubiera hecho al 3%.

Perdonará el lector este montón de cifras si ayudan a reflexionar sobre lo siguiente. El crédito permite gastar más de lo que se tiene; más exactamente, más de lo que se ingresa. Si resultara ser cierto que el recurso masivo y prolongado al crédito, en todos los países occidentales y por parte de todos los agentes económicos (consumidores, administraciones públicas y empresas), permitió aumentar el ritmo anual de crecimiento de sus economías en, digamos, 1 o 2 puntos adicionales, podríamos ver en el ejercicio numérico anterior un reflejo de lo que puede estar ocurriendo en la actualidad o, más bien, de lo que podría suceder. Con la matización de que esas economías han gozado realmente de estos recursos crediticios, no durante tres décadas, sino al menos durante las más de seis transcurridas desde el final de la II Guerra mundial.

Si la crisis actual supone, como cabe razonablemente esperar, la paralización o contracción generalizada del crédito, el citado suplemento de crecimiento habrá pasado a la historia. Si suponemos que los mercados cotizan correctamente el valor de las mercancías, concluiremos que deben hacer otro tanto con el del conjunto de la economía y que, por tanto, acabarán reconociendo que, puesto que un buen porcentaje del crecimiento podría haber sido mera apariencia –la de la, hasta ahora, imparable «burbuja de deuda»–, nos estamos dando de bruces con la realidad de que ya somos bastante más pobres de lo que creíamos. Lo somos ya, porque la burbuja ha explotado ya. Aunque eso no quiera decir que los efectos de ese estallido se perciban todos de forma inmediata…

Lo primero que puede suceder, incluso suponiendo –lo cual no es muy probable– que el paquete de medidas adoptadas por el gobierno estadounidense baste para estabilizar el sistema financiero, es el tipo de catástrofe económica que prevén los responsables de su política económica. En su comparecencia ante el Senado, el 23 de septiembre, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, sugirió que el Congreso «no tenía otra salida que apoyar la intervención del Gobierno si querían mantener abierta Wall Street». Y es que –añadió– «si las condiciones financieras no mejoran rápido, las implicaciones para el conjunto de la economía serán severas […y] se perderán empleos, la tasa de paro crecerá, más viviendas serán desahuciadas y el PIB se contraerá».

¿Pero qué ocurrirá si, como cabe llegar a temer, no estamos ante «la mayor crisis económica desde la Gran Depresión», sino ante el comienzo de lo que podría pasar a conocerse en el futuro como la Grandísima Depresión? No olvidemos que, antes de la «Gran Depresión» que se desencadenó en 1929, hubo otra, a fines del siglo XIX, que hasta ese momento era conocida así. Pero eso no importa. Lo importante es que, tanto si la actual supera o no, en gravedad, a la de los años 1930, deberían preocuparnos las consecuencias sociales y políticas, más allá de las puramente económicas, que pueden producirse. Y es que, cuando una parte importante de la población se empobrece de forma significativa, aunque sólo sea «relativamente», cuando pierde unos ahorros que ha estado acumulando durante toda una vida, cuando el desempleo alcanza a sectores sociales de clase «media» que tradicionalmente han quedado al amparo de esa eventualidad…, y lo hace durante largos periodos de tiempo, nada «bueno» puede suceder.

No hay por qué buscar paralelismos artificiales con otras situaciones similares que ha conocido la historia. Pero esta demuestra que, en situaciones de crisis como la que puede sobrevenir, la gente no se queda en casa pasivamente, esperando la calma tras la tempestad. Ocurre que se amplía el campo para la demagogia política y, más importante, se crea el caldo de cultivo para ideologías y prácticas políticas temibles. Si alguien pregunta si estamos sugiriendo la posibilidad de un nuevo fascismo, habrá que responder que sí.

Es verdad que el «lado malo» de la historia es «necesario» en un sentido estructural y como tendencia a largo plazo. También tiene su aspecto positivo y creador, pues sin él la historia no avanzaría en la práctica, tal como ha hecho siempre. Marx escribió que «es cabalmente el lado malo el que, dando origen a la lucha, produce el movimiento que crea la historia». Pero estaba refiriéndose al feudalismo en su conjunto, algo tan general y global como un «modo de producción», y no hacía predicciones a corto plazo. Sólo quería advertir contra «la empresa absurda de borrar la historia», de quienes dibujan un cuadro idílico de la sociedad, fijándose sólo en su «lado bueno» y eliminando «todo lo que ensombrece este cuadro» –según él, «la servidumbre, los privilegios y la anarquía» en el caso del feudalismo.

De esto podemos extraer varias enseñanzas. Por un lado, tanto quienes favorecen o no la «intervención» estatal, maticen como maticen las relaciones Estado-mercado, deberían no olvidar este lado «malo» de la historia, convertido ahora en «la servidumbre, los privilegios y la anarquía» del capitalismo. También esto hará rodar la historia, como lo hará la gran crisis en que nos hallamos: no es por tanto la nuestra una perspectiva «progresista» como la de la modernidad clásica, sino que, precisamente por resaltar el papel activo y creador del «lado malo», trasciende su trasnochado optimismo.

La crisis actual no sólo contribuye a la pérdida del optimismo que lamentan algunos. Cuando los que quieren defender el statu quo no ven más que un «horizonte de peligros y amenazas», atrapados como están en «una espesa red de temores de todo tipo», lo hacen porque no tienen más alternativa que el pesimismo y «la defensa activa de lo dado». Pero lo contrario no conduce a «recuperar un cierto optimismo ilustrado» sino, en efecto, a «mirar el peligro a la cara», empezando por ser conscientes de que la sociedad conservadora siempre ha tenido miedo al cambio, y la clase dominante a perder sus privilegios. Sólo se puede ser optimista, y realista a la vez, desde la conciencia del lado malo de la historia.

Y esa conciencia nos impone hoy una doble realidad. A largo plazo, el dolor de los que sufren esta sociedad puede convertirse en algo bueno si termina contribuyendo al cambio que desean. Pero no todo lo malo es bueno en última instancia, y es ese mal «innecesario» el que debemos evitar. Piense el lector si las palabras (de 1986) del premio Nobel de economía James Tobin (que no menciona los regímenes fascistas que entonces surgieron) describen una buena o mala realidad, «necesaria» o no: «Hace medio siglo, cuatro años de caída total de la actividad económica mundial [1929-1932] provocaron un paro masivo. La mayor parte del mismo persistió durante los seis años de recuperación anteriores a la segunda guerra mundial [1933-1938]. Fue la guerra mundial la que trajo consigo escasez de mano de obra y de todo lo demás».


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