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El gobierno español se censura sus propias campañas

La estupidez siniestra de la censura y el eufemismo

La tiranía de lo políticamente correcto es el ariete del fundamentalismo democrático para ahogar la inteligencia

Miércoles 1ro de octubre de 2008, por Grupo Promacos

En la cuña radiofónica publicitaria que instaba a comprar bonos del tesoro, el marido descontento con la actitud de su señora afirmaba que permanecería con ella, a pesar de sus malos modos y ante la insistencia de un psicólogo para que se divorciara, por «lo buenas que le salen las croquetas».

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Bibiana Aído
Idiota Ministra de Igualdad que expresa mejor que nadie lo que es la felicidad

Cuando, en sesión de control al gobierno, una senadora de la oposición del PP se quejó por el contenido supuestamente machista y degradante del papel de la mujer, la ministra torció el gesto y ordenó la inmediata retirada del spot.

Llueve sobre mojado, pues no es la primera vez que las agencias de publicidad se topan con la censura. No hace mucho que el anuncio de una cadena de bocadillos —en la que se ironizaba contra la estampa bucólica de la vida en el campo, mostrando a un agricultor deslomado recibiendo friegas de linimento, mientras sonaba una canción del tipo «protesta social» a lo cantautor progre, con una letra delirantemente divertida— tuvo que ser retirado ante la denuncia de varias asociaciones agrarias que encontraban «denigrante» esa imagen.

La misma suerte corrió el anuncio de una empresa de telefonía: para ilustrar la caída en Navidad de sus, por lo visto, ya bajos precios, recurrió a una serie de enanos cayendo del cielo, vestidos como papá Noel, pero con el color que identifica a la empresa. Los palos llovieron mucho más que los enanos y la empresa retiró el anuncio a los pocos días.

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Miguel Ángel Rodríguez frente a María Antonia Iglesias
Sufre el clásico desdén y petulancia de una funcionaria a sueldo del socialfascismo

Paralelamente a esta escenificación de los remilgos políticamente correctos de los biempensantes ante las quejas de los supuestos damnificados, asistimos en España a un continuo desfile de actos de agravio a los símbolos nacionales, de agresiones verbales y físicas a diputados o candidatos de determinados partidos contrarios a los proyectos de secesión, a un aluvión de insultos por partes de tertulianos adscritos a la farándula de «intelectuales y artistas», subvencionados por el gobierno de Zapatero, contra sus adversarios políticos. Destaca en este aspecto, la periodista Maria Antonia Iglesias, jefa de los informativos de la televisión pública, en los tiempos de la corrupción del gobierno de Felipe González, quien llamó «imbécil y cabrón» a Miguel Ángel Rodríguez, antiguo portavoz del gobierno de José María Aznar, en un debate televisado en el programa La Noria de Telecinco.

En España se tolera, sin más problemas, que grupos de descerebrados separatistas agredan y ofendan a toda una Nación, pero se actúa contra quienes hacen bromas ligeras sobre colectivos supuestamente hipersensibles por su condición de «discriminados».

Y para rematar este espectáculo de doblez, de hipocresía y cinismo grotesco aparecen los «actores y actrices», comprometidos con cualquier causa internacional y capaces de repartir «rosas blancas por la paz» a reconocidos terroristas, desfilando por la pasarela del festival de cine de San Sebastián y subiendo al estrado a recoger sus premios, silentes ante los últimos atentados terroristas de la ETA a quienes jamás denuncian. La diputada de UPyD, Rosa Díez, lo expresaba con claridad en su blog: «Su silencio es su escolta».

La oligarquía que dirige España hacia un futuro incierto no se para en barras a la hora de determinar quiénes pueden o no ser objeto de escarnio y burla. Y al más puro estilo nazi es capaz de perseguir la más mínima broma sobre las mujeres o los enanos mientras tolera y premia a intelectuales de pacotilla como Maruja Torres, columnista del progubernamental diario El País, que llamó «hijos de puta» a los votantes del PP o a Sánchez Ferlosio por decir que «odia a España desde siempre». Éste último merece un capítulo aparte, no obstante.

Por último, y aunque este mal no sea un endemismo español, hay que recordar que las ofensas contra los católicos son recibidas con alborozo, siendo tachado de fascista y nacionalcatólico quien protesta, mientras que la más mínima burla del irracional y reaccionario credo islámico puede provocar un verdadero aluvión de protestas entre la progresía oficial. La estrategia es clara: primero se demoniza al adversario convirtiéndolo en un muñeco para el pim-pam-pum, después se santifica a los propios y queda así establecido el orden perfecto de la dictadura socialfascista en la que, a poco que la situación se encanalle un poco más, estará justificada la exclusión de todo aquél que no comulgue con esta burda ideología. El caso es exterminar toda forma de inteligencia, de lúcida disidencia de estos miasmas de lo políticamente correcto. No duden que los miembros del Grupo Promacos no nos rendiremos tan fácilmente.


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