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Asamblea General de Naciones Unidas

El hambre y la crisis económica, temas centrales de la ONU

Crónica de la última reunión de la ONU con Jorge Bush II al frente del Imperio

Martes 23 de septiembre de 2008, por ER. Nueva York

192 jefes de Estados miembros de la Organización de Naciones Unidas (club elitista conformado tras la victoria aliada sobre el nazifascismo y el imperialismo depredador japonés en la Segunda Guerra Mundial, en el que cinco naciones políticas tienen derecho de veto sobre todas las demás —Estados Unidos de Norteamérica, Francia, Reino Unido, Rusia y China—) se reúnen hoy en Nueva York, centro del mundo, para tratar de poner parches a problemas como la crisis económica mundial, el hambre y la escala armamentística. La polémica, adobada con grandes dosis de Pensamiento Alicia, está servida

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Asamblea General de la ONU vacía
Casi mejor que siga así

La bolsa, una de las instituciones más irracionales de la historia, protegida del sistema económico capitalista, ha recibido palos por parte de políticos estadounidenses tanto demócratas como republicanos en la campaña electoral que se celebra en el país. El fin del sistema liberal, tan cacareado por muchos —aunque muy discutible, si se prescinde del cortoplacismo y se conoce un poco de historia económica—, no deja de ser un deseo más que una realidad efectiva. Y en la Asamblea General de Naciones Unidas iniciada hoy, a la que asistirán 192 mandatarios de todos los Estados miembros de la organización, no será una excepción ese mensaje. Por de pronto, nadie en esa asamblea cuestionará la democracia realmente existente de mercado pletórico y, salvo excepciones como Arabia Saudí, ningún mandatario pondrá en cuestión el sistema político democrático como garante de la libertad (libertad para comprar y vender en el mercado) y de los derechos fundamentales.

Cada miembro de Estado integrante de la ONU va a ofrecer sus propios parches para acabar con la crisis económica y con el hambre que, en particular, en África, se está llevando consigo la vida de millones de sujetos operatorios. Para algunos como Jorge Bush II, presidente del Imperio Estadounidense (en la que será su última intervención ante la Asamblea General), al igual que para sus múltiples aliados como el francés Nicolás Sarkozy o el británico Gordon Brown, entre otros, la solución pasa por la nacionalización de bancos y empresas en peligro de quiebra y el rescate de dinero perdido en las diferentes maniobras económicas irracionales efectuadas desde la caída de la Unión Soviética y de su Imperio Generador: el aumento del capital productivo hasta límites inaguantables y la hipertrofia de la burbuja financiera anuncian no el fin del capitalismo, sino el retorno de Keynes, como anunciaron muchos economistas marxianos hace unos años. De hecho, se repiten los esquemas económico-políticos que llevaron de la Gran Depresión al Estado del Bienestar, vía Segunda Guerra Mundial. Los neoliberales de todo el mundo se han echado las manos a la cabeza ante lo que califican de giro socialista típico de la derecha conservadora occidental. Sin embargo, la economía es siempre economía política, y el capitalismo para existir necesita de intervención estatal. La famosa mano invisible de Adán Smith es más que visible: es el Estado, son todos los Estados del mundo los que regulan el comercio internacional. Y aunque es cierto que las empresas más grandes utilizan a los Estados a su antojo, la dialéctica de clases para ser efectiva a nivel internacional necesita de la dialéctica de Estados, por lo que las grandes empresas no son más que tentáculos de los Estados imperialistas de tipo capitalista, sean imperialistas generadores o depredadores.

Por su parte, otros líderes, particularmente los mahometanos, anuncian pomposamente que la economía islámica es la solución a la crisis del capitalismo. El iraní Mahmud Ahmadineyad —ante el cual se manifestarán estos días decenas de miles de manifestantes contra la escalada nuclear iraní en Nueva York ante la sede de la ONU; manifestantes de todo tipo, desde la derecha conservadora proisraelí hasta la izquierda comunista, pasando por iraníes exiliados— así lo defenderá esta semana (a la par que defendera el desarrollo nuclear pacífico de su país, que encubre su disposición a destruir Israel previo paso de ejercer su hegemonía como Estado imperialista en la zona del Golfo Pérsico, algo que no interesa ni a Estados Unidos ni a Arabia Saudí, aliados, pero que sí beneficia a China y a Rusia). La jurisprudencia sarracena en materia económica basa el modelo económico musulmán en los preceptos del Islam, en particular el zacat o limosna a los pobres. Sin embargo, desde un análisis frío de ese zacat, desde coordenadas racionalistas y marxistas, la limosna lo que hace no es más que reproducir la caridad tan criticada por Marx a los filántropos europeos del siglo XIX. El Islam no es una religión que flote por encima de los Estados, y no es lo mismo en términos económicos Libia que los Emiratos Árabes Unidos. Sin embargo, el mal llamado «socialismo islámico» se basa en la caridad, la cual no acaba con la pobreza, sino que ayuda a mantenerla de por vida. Además, en las monarquías absolutas de la Península Arábiga y en otros países islamitas, el libre mercado, especialmente en petróleo y construcción, actúa de manera total, demostrando que la limosna filantrópica y la acumulación capitalista resultan compatibles en el Islam, como también resultan compatibles en los países de herencia y origen cristiano. Es por tanto la economía islámica sustancialmente antisocialista, ya que la limosna es lo opuesto al socialismo.

Por su parte, el coloso ruso, inmerso en una nueva escalada en su política imperialista generadora tradicional, esta vez en forma capitalista, no esconde su conflicto con Estados Unidos y el Eje Franco—Alemán. Rusia es una nación política que sólo puede existir a costa de su propia expansión imperial. Así se hizo en época de los zares y en época soviética. Y hoy con el dúo Putin / Medvédev se repite la historia. Mientras, China, cuyo máximo interés es conservar su estatus actual para seguir creciendo hasta rebasar a Estados Unidos y convertirse efectivamente en «Imperio del Centro», haciendo que el resto de Estados del mundo giren a su alrededor, no tiene todavía intención de entrar de lleno en el gran problema del hambre. Aunque sí es cierto que su imperialismo en África consiste en hacer suyos recursos naturales imprescindibles para la eutaxia estatal imperial china a cambio de la construcción de infraestructuras. Y si no interviene más es debido a que China conoce su extrema fragilidad.

Por su parte, Iberoamérica llega a la Asamblea mostrando coincidencias y divergencias a partes iguales entre los discursos de los distintos mandatarios políticos. Eso sí, las sonadas ausencias de Raul Castro por Cuba y de Hugo Chávez por Venezuela deslucen los discursos que desde la Hispanidad podrían llegar al mundo desde el trampolín mediático de la Asamblea General. Sin embargo, el presidente brasileño Luis Ignacio Lula da Silva ha dicho una frase tajante, que enlaza con nuestro párrafo inicial acerca de la bolsa (refiriéndose él a los casinos, de los cuales, a modo dialéctico, surge la bolsa), y en referencia a los keynesianos planes de rescate del Orden Mundial realmente existente por parte del Imperio y sus más cercanos aliados:

«No es justo que cuando los casinos ganan dinero todo va bien y cuando pierden todos tienen que pagar por ello. No es justo que los errores de los países desarrollados los paguen los países pobres, que no tienen condiciones para realizar un rescate financiero.»

Lo dicho. La Asamblea General será el espejo en que se refleja la situación mundial actual, donde la división, la crisis, la hambruna cada vez mayor (en el caso etíope y somalí llega a ser sangrante), y será la misma incapaz de ofrecer soluciones a nada. La guerra mundial es un futuro sino certero, sí más que posible. Y ningún sistema realmente existente (capitalismo de Estado de Bienestar, neoliberalismo, economía islámica basada en la caridad y la improductividad, economía socialista china, capitalismo ruso) es capaz de poner fin a los grandes precipicios sobre los que nos asomamos.

¿Podrá Iberoamérica ofrecer su propia alternativa al mundo? ¿Podrá una Iberoamérica unida y socialista -un socialismo racionalista, materialista y universalista— plantar cara al resto de sistemas económicos más arriba mencionados y superarles en todos los flancos?

Es pronto para responder a estas preguntas. Pero lo que es seguro es que la posible unión política de Iberoamérica nos ayudaría a librarnos de las costosas, lujosas e intrascendentes reuniones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, e incluso de la misma ONU.


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