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Un binomio habitual

Corrupción y democracia

«Roba, pero no en exceso», afirmó Bismarck

Viernes 8 de agosto de 2008, por Grupo Promacos

Hay escándalo en la sociedad actual ante los reiterados casos de corrupción habidos en el contexto del régimen democrático español de 1978. Nadie se acuerda ya de la corrupción del PSOE en su primera etapa de gobierno, reproducida por ministros como Montilla en la pasada legislatura, aunque, paradójicamente se nos presentase entonces la alcaldía de Marbella como un repentino foco de corrupción

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Corrupción
Necesaria para mantener un sistema político, a veces destruye el propio sistema

Estas informaciones no son sino una simple punta del iceberg que durante treinta años ha ido acumulándose y que desde el Grupo Promacos podríamos resumir así: el estado de las autonomías ha multiplicado las competencias y el constante flujo de patrimonio hacia las cuentas bancarias de nuestros representantes políticos. De hecho, quienes denuncian la corrupción del franquismo, si tuvieran un mínimo de honestidad deberían reconocer que esa misma herencia corrupta se ha multiplicado por diecisiete autonomías.

Y es que la corrupción es intrínseca a las sociedades políticas. Sin embargo, sería un error reducirla a los recursos económicos, puesto que la propia naturaleza de las sociedades políticas es corrupta. De hecho, ya Aristóteles dijo que todos los seres que él situaba en el mundo sublunar, al contrario de los astros, eternos y perfectos para él, se generaban y corrompían y por lo tanto no podían durar eternamente. Siendo la política una actividad desarrollada en el ámbito terrenal, está en consecuencia en el ámbito de lo corrupto, confirmando así las ideas de Platón al respecto. De hecho, el problema no es la existencia de corrupción, sino en qué medida tal corrupción afecta a la eficacia de ese sistema político y en sus capacidades para evitar la miseria, las grandes desigualdades sociales, para garantizar la seguridad y paz públicas, &c. Estas garantías estarían dentro de lo que la tradición filosófica, ya desde Aristóteles, denomina eutaxia o buen gobierno.

Esta eutaxia es perfectamente posible en cualquier tipo de sociedad política: una sociedad democrática, una monarquía, una dictadura, pueden ser perfectamente eutáxicas, según los medios de que dispongan para subsistir. De hecho, la democracia realmente existente puede tolerar un grado importante de corrupción, teniendo en cuenta que el mercado de bienes es pletórico y una pequeña sustracción de los mismos no provocará grandes trastornos — el famoso «Roba, pero no en exceso» del canciller Bismarck—. Las repúblicas hispanoamericanas son consideradas paradigma de la corrupción, pero eso no impide que sus gobiernos puedan ser estables, pues tal corrupción tiene el beneplácito de los propios ciudadanos, muchas veces en forma del soborno, allí denominado «mordida» o «coima» según las latitudes. Sistemas oligárquicos, es decir, de una facción que se perpetúa en el poder sin alternancia alguna, como el PRI en Méjico durante más de setenta años, son los más habituales en esa coyuntura, y además disponen del apoyo de Estados Unidos para que nunca se hundan del todo.

En cualquier caso, conviene resaltar que cuando una sociedad está corrompida no se debe en exclusiva a sus dirigentes, sino a los ciudadanos que participan de la corrupción, quizás no tanto en el sentido de aceptar dinero, pero sí al carecer de un mínimo de fortaleza en sus planteamientos y forma de vida. De hecho, la corrupción ciudadana en una democracia no se encuentra tanto en los fraudes monetarios, sino en votar a un partido político que garantiza trabajo, pensión vitalicia o cualquier otro privilegio a costa del voto.


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