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¿Trayectorias paralelas de desaparición?

Yugoslavia y España

La detención de Radovan Karadzic trae a la actualidad la desmembración de Yugoslavia

Miércoles 30 de julio de 2008, por Grupo Promacos

Ni un solo analista preveía que, tras la muerte del Mariscal Tito en 1980, Yugoslavia sufriese un traumático proceso de disgregación que la ha convertido en un conjunto de repúblicas a cada cual más pequeña y débil, para solaz y goce de la Europa del capital. Este detalle habría de servir de reflexión para quienes, desde su panfilismo habitual, desprecian las amenazas secesionistas que se ciernen sobre España, siendo cómplices del peligro que se avecina sobre la nación.

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Yugoslavia
Un constante proceso de disgregación desde la caída del Muro de Berlín

Pero lo cierto es que, tras la caída del Muro de Berlín, nueve años después del fallecimiento de José Broz (conocido como Tito a causa de su estancia en España como miembro de las Brigadas Internacionales), se comprobó cómo los conflictos seculares que habían permanecido latentes en los Balcanes desde la caída del Imperio Otomano, entre musulmanes, por un lado, y cristianos ortodoxos y católicos, por otro, eran mucho más que problemas superestructurales —como por otro lado pudo verse en la Guerra de Chechenia respecto a los fundamentalistas islámicos—.

Tras la I Guerra Mundial, se constituyó el Reino de Yugoslavia, que no pudo evitar la inestabilidad de sus partes, herencia de estos conflictos previos, y tras un golpe de estado de Pedro II para evitar el alineamiento del país del lado de los nazis, éstos invadieron Yugoslavia en 1941 y crearon un estado satélite, la República Independiente de Croacia. Ahí aprovecharon los croatas, católicos en su mayoría, y los bosnios, musulmanes y con ideales comunes con los nazis, para masacrar a los serbios, hasta la victoria de los partisanos comandados por Tito, que establecieron en 1946 la República Socialista de Yugoslavia, semejante pero independiente de la Unión Soviética en lo político: se declaró país no alineado en 1956.

Muerto Tito, la inestabilidad previa a la caída del Muro de Berlín se acentuó, y en 1989 Slobodan Milosevic, recién nombrado presidente de la República de Yugoslavia, no toleró los intentos de secesión de Eslovenia, Macedonia y Croacia, ni tampoco de Bosnia, como ningún país mínimamente serio los toleraría, reforzando el poder del estado y las tradiciones mayoritarias del país, ostentadas por los serbios. La demagogia utilizada por los medios socialdemócratas, presentando a Milosevic como un propagandista demagogo que se opondría, de manera violenta, a la natural independencia de las distintas partes de Yugoslavia, encubre las maniobras alemanas y de otros países para lograr la independencia efectiva de tales partes de Yugoslavia.

Auspiciadas por Alemania, en 1991 Eslovenia y Croacia declaran su independencia, a las que seguirían Macedonia y Bosnia-Herzegovina, no sin resistencia por parte de Serbia, lo que llevó a un sangriento conflicto que terminó con la aceptación de esa secesión tras las imposiciones de Estados Unidos en los Acuerdos de Dayton. El Imperio realmente existente, por su parte, veía en la disgregación yugoslava una forma de aislar aún más a la Rusia resultante de la extinta Unión Soviética.

Todo ello se justificó con un metafísico referendum de autodeterminación que, al no existir previamente lo que quería autodeterminarse, produjo gigantescas contradicciones: ¿a dónde irían los serbios que vivían en Bosnia y no eran musulmanes ni simpatizantes del separatismo? Traducido a la situación de España: ¿qué habrá que hacer con los españoles que, en caso de producirse la secesión del País Vasco, no comulguen con las ideas nacionalistas? Situaciones como estas fueron las que incubaron la reacción de personajes como el hoy prisionero Radovan Karadzic.

Quedaron así sólo Serbia y Montenegro como partes constituyentes de Yugoslavia. Posteriormente, en 1999, llegó la Guerra de Kosovo, después la independencia de Montenegro y la segregación final de Kosovo a mayor gloria de la Unión Europea, tras referendum recién celebrado en este año 2008.

A estos conflictos entre distintas unidades culturales los denominó la prensa socialdemócrata como «conflictos étnicos» o de «limpieza étnica». Pero sólo quien esté preso del más estúpido relativismo cultural, algo que sucede con nuestros periodistas, podrá ver en el conflicto yugoslavo un conflicto étnico o en el que se intentó realizar una limpieza étnica.

No eran etnias ni razas las que se peleaban en los Balcanes (algo tan absurdo como afirmar que las críticas al Islam son propias de «racistas», cuando prácticamente individuos de todas las razas se han convertido a la fe de Mahoma), sino distintas unidades históricas: los cristianos ortodoxos lucharon secularmente contra los musulmanes, principalmente contra los turcos, y los católicos croatas no aceptaron nunca la tradición ortodoxa que identifica al patriarca de la iglesia con el jefe del estado correspondiente: Milosevic se mantuvo firme en su decisión de no ceder Kosovo mientras la iglesia ortodoxa yugoslava le apoyó.

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España y las autonomías
Plataformas para la disgregación

No deja de ser curioso que España, tras haber apoyado por medio del socialista Javier Solana todo el proceso de independencia de Kosovo, no haya querido reconocer su realidad efectiva. Pese a que España existe muchos siglos antes que Yugoslavia —a pesar de las estúpidas fantasías nacionalistas—, existe el temor, anidado en los viscosos políticos socialdemócratas, de que la secesión del País Vasco y otras autonomías, tras las amenazas de ETA y su constante goteo de muertos, sea apoyada en Europa.

Si de puertas para adentro el PSOE invoca constantemente la necesidad de dialogar con ETA para el fin de la violencia y frenar los crímenes contra la Humanidad (y no contra España), de puertas para afuera parece que es distinta la situación.

Pero desde el Grupo Promacos pensamos que esta carencia de principios claros sobre lo que hacer en política es un lastre, pues a la larga supone menospreciar la amenaza y en consecuencia ponerse en peligro. No se dan cuenta que esa misma Europa que tanto adulan es la misma Europa que propició, para su beneficio, el desmembramiento de Yugoslavia y estimula el desmembramiento de España y la inclusión de las nuevas «realidades nacionales» en una «Europa de los pueblos», respetuosa con las «señas de identidad» de los nacionalistas fraccionarios.


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