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Por la semana de 65 horas

La socialdemocracia española, sorprendida por «Europa»

Pero el fundamentalismo democrático todo lo excusa

Viernes 13 de junio de 2008, por Grupo Promacos

La Unión Europea ha aprobado el pasado martes ampliar por encima de las 48 horas la semana laboral, saltando el tope establecido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hace 91 años. Los ministros de Trabajo de los Veintisiete han dado luz verde a la propuesta de la presidencia eslovena que permitirá a cada Estado miembro modificar su legislación para elevar la semana laboral vigente de 48 horas hasta 60 horas en casos generales y a 65 para ciertos colectivos como los médicos.

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Celestino Corbacho
Ingenuo Ministro de Trabajo

Con esta medida, según alertan los sindicatos, lo que se permite es que la empresa pueda negociar individualmente con el trabajador la ampliación de su horario laboral, de hasta 65 horas, sin que medie la negociación colectiva.

Y sin bien hay razones para estar en contra de esta norma, lo que desde el Grupo Promacos queremos denunciar no es tanto el contenido de la misma cuanto la «sorprendida» respuesta del Gobierno español ante lo que diagnostica como un «retroceso en la agenda social europea, más cerca del siglo XIX que del XXI», según palabras del Ministro de Trabajo, Celestino Corbacho.

Evidentemente desde el idealismo según el cual todos los problemas se solucionan con «Europa», una medida semejante, que beneficia a la «flexibilidad laboral» frente a la seguridad del empleado, podrá parecer un sacrilegio. Pero el problema es partir de un concepto tan sublime de lo que la Unión Europea significa. Si se supiera que es un mercado que busca su propia seguridad frente a los bloques emergentes que, como China, están desbancado todas los parámetros con los que hasta ahora funcionaban las empresas europeas, no haríamos el ridículo internacional...

Con estas soflamas que encubren la mala fe de quienes están engañando al pueblo y no quieren que se descubra el pastel, Corbacho ha llegado a afirmar: «Que Europa no se sorprenda después si los ciudadanos se distancian cada vez más de la Unión».

¿Acaso tiene él algún interés en que los ciudadanos se mantengan en el engaño de la «Europa-paraíso»?, ¿desde dónde habla él como para amenazar así a «Europa» si tampoco se considera un ciudadano español?

Lo cierto es que esta norma ha de ser, como todas las acordadas en la UE, aceptada por la legislación nacional de cada país. España, así, no tiene por qué clamar en el desierto de un Parlamento europeo «insensible». Otra cosa será que no podamos competir con nuestros productos sin que «Europa» lo solucione o que las empresas extranjeras prefieren instalarse en otros lugares donde sus trabajadores tengan una legislación más «decimonónica».


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