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Ofensiva contra Federico Jiménez Losantos

Matar al mensajero

El locutor de la COPE ha osado enfrentarse a quienes, en nombre del fundamentalismo democrático, quieren acabar con la Nación Española

Miércoles 4 de junio de 2008, por Grupo Promacos

En los últimos días y al abrigo de la querella presentada por Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, contra Federico Jiménez Losantos, se ha recrudecido la ofensiva mediática contra el locutor de la cadena de emisoras de la Conferencia Episcopal, COPE.

Losantos ha recibido ataques desde las trincheras propias, en donde el Arzobispo de Barcelona, Martínez Sistach, tras ser acusado por el locutor de amparar abortos, ha pedido que no le renueven el contrato, aduciendo que el periodista y escritor está interfiriendo en la crisis del PP. Y qué decir de los furibundos ataques desde los medios de comunicación paniaguados con el gobierno: en el diario pancatalanista Segre, subvencionado por la Generalidad catalana, se le ha llamado «verdadero terrorista», metiendo, de paso, en el insulto a la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), cuyas siglas corresponderían, según el citado panfleto, a Asociación de Verdaderos Terroristas. Una táctica similar a la utilizada por los secesionistas gallegos del BNG cuando acusan al estado de Israel de nazi.

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Francisco José Alcaraz y Federico Jiménez Losantos
Víctimas del terrorismo y del pensamiento políticamente correcto que pretende silenciarles

No hace mucho que otro de los voceros oficiales del gobierno socialfascista de España pidió que alguien «rematara la faena», refiriéndose al disparo en la pierna sufrido por Losantos a manos de los terroristas de Terra LLiure, grupo secesionista catalán, que ya no practica este tipo de actividades, dado que su ideología –-y bastantes conmilitones— se ha incorporado a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), de suerte que conocidos terroristas de antaño han terminado por ocupar despachos oficiales de la Generalidad catalana.

En las justificaciones de este intento por silenciar al popular locutor de la COPE, se insiste en acusarle de crispar, de incitar al odio, de utilizar formas antidemocráticas. El alcalde madrileño Alberto Ruiz Gallardón, antiguo delfín del ministro franquista Fraga Iribarne, ahora prototipo de «centrista moderado» por ser partidario de que el PP se entienda con los partidos secesionistas, le ha llevado al juzgado por criticar Losantos su postura sobre los atentados del 11 de Marzo. Gallardón, según apareció recogido en el diario ABC, pidió «pasar página» sobre este asunto, a pesar de los agujeros negros, de las contradicciones, de la pésima instrucción del sumario y de la bochornosa sentencia final en la que los principales acusados quedan exculpados.

Pero, con todo, estas acusaciones formales no constituyen las verdaderas razones de la campaña contra Losantos y su libertad de expresión. Al margen de cuestiones estilísticas, lo verdaderamente molesto del periodista es su clara defensa de la Nación Española, sus denuncia de los tejemanejes de unos y otros contra ella y, sobre todo, el poder de convicción de sus arengas que han hecho que un programa, La Mañana, que languidecía entre la feroz competencia radiofónica, haya conseguido dos millones de oyentes.

Los intentos de silenciar a Federico Jiménez Losantos –-dejando al margen que en Promacos no coincidamos con su ideología liberal— constituyen un ejemplo de los límites que el fundamentalismo democrático impone a los ciudadanos que no cumplen dócilmente con la tarea de tragarse todos los días su ración de formalismo políticamente correcto: si no hay autocensura, si uno no se calla, entonces, la caterva de funcionarios, periodistas afectos al régimen, tertulianos y políticos de oficio utilizarán todos los recursos del «estado de derecho» para tapar la boca «democráticamente» al disidente.

En el Grupo Promacos asistimos preocupados a este proceso de idiotización de la Nación Española orquestado en todos los frentes, desde la educación hasta la comunicación, que exige la eliminación, incluso física, de toda forma de disidencia lúcida, de toda forma de saber crítico. Un proceso que encumbra a los mediocres y analfabetos y condena al ostracismo a quienes tienen el valor de contarlo.


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