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El panfilismo de la ministra de Defensa española perjudica el poder de España

Carmen Chacón: pacifista contra España

La miembro del Partido Socialista de Cataluña se siente catalana, española y ciudadana del mundo sin mostrar el más mínimo rubor por ello

Martes 29 de abril de 2008, por Grupo Promacos

La actual Ministra de Defensa de España es miembro destacado del PSC (Partido Socialista de Cataluña), en clara deriva secesionista, catalanista convencida, participante asidua en la Diada («Día nacional de Cataluña») todos los 11 de septiembre. En el último de ellos se adhirió a quienes defendían a Pepe Rubianes, el mismo sujeto que se mofó de los españoles en la Televisión pública catalana hablando de la «puta España». También incluye en su curriculum la asistencia a homenajes rendidos al separatista Luis Companys, y es nieta de un anarquista del que está muy orgullosa y del que parece haber heredado gran parte de su talante ideológico, de un modo parecido a como el presidente Zapatero reivindica a su abuelo.

A quienes criticaron el nombramiento de Chacón al frente del Ministerio de Defensa, en un Ejecutivo pensado por ZP para pasar a la historia (y es posible que pase, pero por razones que ni él mismo sospecha), se les atribuyeron todo tipo de intenciones machistas con la clara estrategia, muy propia del PSOE, de desviar la atención de lo fundamental. Pero a la nueva ministra de Defensa, en contra de los subterfugios sofísticos del partido en el gobierno, no le reprochamos que sea mujer, o que esté en su noveno mes de preñez, sino que sea una declarada catalanista y, para más inri, pacifista (al menos de boquilla y hasta el presente).

Nuestra ministra no parece apreciar en el ejército su papel para la Defensa de España, tanto de enemigos externos como internos, sino su «calidad humana», sus sacrificios en defensa de la Humanidad, como si de hermanitas de la caridad se tratase. No en vano ha declarado: «Me siento tan catalana como española, igual que la inmensa mayoría de catalanes. Hablo catalán con mi madre, castellano con mi padre, las dos lenguas con mi marido. Me siento hija del mundo y universal». Lo malo de tales sentimientos es que son gratuitos desde un punto de vista político, aparte de completamente infundados: semejantes a los de un piloto de avión que se sintiera como un ángel cuando vuela. Y es que Carmen Chacón hablará español y catalán, pero no puede hablar dichos idiomas con todo el mundo (de hecho dentro de poco no podrá hablar español ni siquiera con muchos conciudadanos españoles afincados en Cataluña). Y el hecho de ser española es incompatible, se sienta como se sienta y por mucho fervor ético que ponga en su conducta, con ser catalana o con ser ciudadana de cualquier otro país en los que está distribuida «la Humanidad». Esta señora, que dice «conocer el horror de la guerra» y, por ello, cree conocer «el valor de la paz» no se ha enterado aún de que «la paz» no es universal ni perpetua, sino el resultado del orden impuesto por el vencedor de una determinada guerra (así como otros órdenes son resultado de diversas dialécticas entre sujetos o grupos).

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Carmen Chacón, pacifista armada
¿Disparará flores con armas de semejante tamaño?

Esta mujer, por lo tanto, parece que, al menos en el plano representativo (de lo que dice), es una especie de ministra de Defensa de la Humanidad, de «la vida humana», pero en la práctica -–pues tal función es imposible de llevar a cabo, porque la Humanidad no existe como entidad política— defiende a una parte de la humanidad frente a otras, tal como se ha demostrado en su sometimiento a las condiciones impuestas por los piratas que secuestraron un atunero español frente a las costas de Somalia.

Se suele dar la paradoja de que quienes actúan por motivaciones éticas para salvar a determinados sujetos en peligro de muerte (movidos por la apariencia engañosa de que lo único real e importante son los «individuos» humanos) en la práctica acaban provocando mayores males, no sólo morales o políticos (al cuestionar la independencia y soberanía de una nación), sino también éticos, pues el número de muertes que pueden causar los chantajistas aumenta en la misma proporción que su poder, favorecido por quienes ceden a su chantaje. Es decir, el mismo hecho de pagar un determinado rescate (para salvar a sujetos amenazados de muerte) resulta ser reforzador de su capacidad de matar, que sólo se verá colmada con el control completo de la situación, con la imposición de «su paz».

Sólo pueden ser pacifistas radicales quienes reniegan de su propio poder para imponer un determinado orden (paz), pero a costa de permitir que se imponga cualquier otro orden, por injusto o perjudicial que sea para otros grupos o naciones. Quienes colocan a Gandhi, como probablemente haga nuestra ministra, en los altares de la «no-violencia» no se han percatado de que el líder indio utilizó la violencia de la que disponía a falta de armas más efectivas: la masa de la gente. Dicha masa violentaba de mil maneras distintas las comunicaciones y los procesos productivos del Imperio Inglés en la India, de un modo semejante al que la «obstrucción» de un futbolista violenta la carrera proyectada por un jugador rival, y por eso es castigada.

Pero, además, dudamos mucho de que Carmen Chacón, más allá de tiernos y engañosos deseos, sea pacifista (sumisa) en la defensa de Cataluña, por la que siempre está dispuesta a dar el cayo. Por lo que estamos seguros de que su pacifismo y su panfilismo son muy perjudiciales para la existencia e intereses de España, al menos por omisión de sus obligaciones como española, más allá de lo que sienta, piense o diga.


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