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La Unión Europea ante el 1 de enero de 2007

Alemania presidirá durante seis meses su «espacio vital»

«Nos vamos a concentrar en que el proyecto europeo salga adelante», dice Steinmeier

Sábado 30 de diciembre de 2006, por ER. Bruselas

El fundamentalismo europeísta según el cual Europa es ya de hecho una entidad económico-política supranacional a la que sólo le falta encontrar, como a la Cenicienta, la «horma de su zapato», lleva aparejado, sin embargo, «mucho trabajo»: ese constante reconocimiento de los defectos o «déficits» que hay que subsanar para lograr el objetivo –los euroburócratas tienen siempre la «agenda muy apretada»– cuya solución es siempre la misma, «más Europa»

El último Consejo Europeo de 2006, que tuvo lugar en Bruselas los días 14 y 15 de diciembre, sirvió para constatar, al que no esté preso de la retórica de los euroburócratas, la flagrante petición de principio sobre la que esta institución se asienta, a saber, la de que Europa es un sujeto político con graves responsabilidades que solventar, con acuciantes «retos de futuro».

Pero ocurre que no se sabe cuáles son dichos «retos» o, al menos, no son los mismos para todos los países –¿todos? ¿no era la Unión un sujeto singular?– (inmigración, energía o terrorismo suelen valer como «genéricos» que cualquiera refrenda), y de ellos el principal es el de que efectivamente dicho sujeto político consiga serlo de una vez. A juzgar por las disensiones que se producen entre los miembros de la Unión cuando se entra en materia de verdad (la pesca de la anchoa o la admisión de Turquía en el Club) los euroburócratas deben sospechar que su principio no se sostiene y es por eso que en las «cumbres» hacen especial uso de la jerga vacua que sirve de trámite para dar a los socios la fecha de la siguiente «cumbre».

Así ha sido también esta vez, pues la atención se ha centrado desde entonces en el traspaso de la Presidencia semestral de la UE de Finlandia a Alemania, en la que «se han puesto grandes esperanzas». Angela Merkel, consciente de su papel director, cerró el traspaso de la Presidencia con estas palabras: «Sabemos las expectativas que se han depositado en nuestra presidencia, pero no podemos prometer milagros». Esta semana el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, presentaba en Bruselas sus planes «para intentar sacar a Europa de su parálisis». Hay quienes hablan de «resucitar la Constitución».

Parálisis, milagro, resurrección: ¿Bruselas o santuario de Lourdes?

El fundamentalismo europeísta según el cual Europa es ya de hecho una entidad económico-política supranacional a la que sólo le falta encontrar, como a la Cenicienta, la «horma de su zapato», es decir, el texto constitucional que la autorice de derecho, lleva aparejado, sin embargo, «mucho trabajo»: ese constante reconocimiento de los defectos o «déficits» que hay que subsanar para lograr el objetivo –los euroburócratas tienen siempre la «agenda muy apretada»– cuya solución es siempre la misma, «más Europa». Así, más retórica para que los Jefes de Estado y de Gobierno tengan algo que decir al «volver a casa», o sea, a sus respectivos parlamentos nacionales, o sea, a la realidad.

Y la realidad siempre se acaba imponiendo. Basta con eliminar esa «horma» que es el fundamentalismo europeísta, para que los «déficits» que se han venido manifestando los últimos días, pasen a ser los «fenómenos» que debidamente concatenados nos ofrecen la «esencia» de la UE: la unión aduanera de un conjunto de Estados, incompatibles por sus respectivas trayectorias históricas, y cuya solidaridad se funda en la amenaza de terceros (Rusia, EE.UU., Islam, China...).

El primer «fenómeno» es el del idioma, y muy ilustrativo. «Europa gelingt gemeinsam» (Europa funciona unida) es el lema de la Presidencia germana, y ello porque desde la Cancillería de Berlín se han negado a aceptar el logo en inglés del 50º aniversario del Tratado de Roma –«Together since 1957» (Juntos desde 1957)– que costó 200.000 euros mediante un concurso. En su lugar prefieren «EU2007.de», en rojo, dorado y negro, eso sí, junto al azul europeo. El idioma único no parece tan aceptable como la moneda .

El segundo «fenómeno» es el de la ampliación de la Unión de 25 a 27 miembros, con la entrada para el próximo 1 de enero de 2007 de Rumanía y Bulgaria.

El presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, dio el pasado miércoles la «bienvenida a casa» a ambos países en un mensaje televisivo. Ahora bien, la UE no es ninguna casa paterna para el hijo pródigo: el «apoyo generoso», en palabras de Durao, a los nuevos socios en forma de fondos estructurales y agrícolas, se ha hecho posible sólo después de satisfacer los criterios de «admisión al Club»: según se dice, ser una economía de mercado viable con la capacidad de hacer frente a la presión competitiva y a las fuerzas del mercado dentro de la Unión, es decir, sostener la «lucha por la vida» exigida por una comunidad en la que la igualdad como miembro de derecho implica la subordinación al grupo de Estados hegemónicos.

Para entender la euforia de la celebración de Durao Barroso echemos un vistazo a las páginas de economía de los periódicos y veamos cómo los dos países candidatos a ingresar en la UE se convirtieron el año pasado en los mayores receptores de inversión extranjera. Pero la cifra récord de 5.000 millones de dólares que entraron en Rumania se debió en parte a la privatización de su empresa de refinería de petróleo, Petrom, que fue adquirida por la empresa austríaca OMV. Y en Bulgaria, Telekom Austria adquirió la operadora de telecomunicaciones MobilTel, en tanto que Viva Ventures de los Estados Unidos se hizo con el control mayoritario de la compañía búlgara de telecomunicaciones.

Ningún reproche hay que hacer a semejantes operaciones, salvo el de que se celebren como prueba de «fraternidad» o «apoyo generoso».

Y como tercer «fenómeno» ilustrativo de esta unión en la «lucha por la vida», tenemos la llamada «guerra del gas» entre Moscú y Bielorrusia que afecta a Europa oriental. El mismo nos ha permitido asistir al último «corrimiento de tierras» de la frontera entre la antigua URSS y lo que fue Europa como proyecto estadounidense.

Que Rusia doble el precio del gas a Bielorrusia y deje de tratarla como un socio preferente, no puede extrañar cuando «Europa» no lo hace ni con sus propios miembros si así puede romperse el equilibrio entre las grandes potencias. Veamos: a «Europa» no le interesa el enfrentamiento con Rusia, y menos si la dependencia energética respecto del coloso oriental es del 40%. Pero Polonia mantuvo el veto al acuerdo energético de la UE con Rusia debido al embargo que esta última mantiene a la importación de productos cárnicos polacos. Merkel, como representante de la parte de «Europa» a quien le interesa dicho acuerdo, fue acusada por Polonia de tratar su territorio –evitado en la construcción de un oleoducto entre Alemania y Rusia– como lo hacían Hitler y Stalin. La canciller, complaciente con Putin, se ha resistido a la política exterior común. ¿Pero acaso es posible dicha «política exterior común» por encima de las partes en conflicto? ¿Desde qué plataforma independiente podría la canciller Merkel satisfacer a ambas partes cuando es ella una de las partes a satisfacer? Bielorrusia es ahora mismo una «especie» desplazada, en territorio «de nadie», quizá a las puertas de la próxima ampliación del nicho de esa biocenosis europea.


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