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El geógrafo ché es contundente en sus declaraciones en una entrevista a El Tribuno Salta

"La mezcla de nacionalismo y medio ambiente es una mezcla infernal"

"Los uruguayos tienen razón cuando se enojan, porque la Secretaría de Medio Ambiente acaba de autorizar a una pastera argentina utilizar el mismo blanqueador que se le cuestiona a Botnia"

Lunes 17 de septiembre de 2007, por ER. Montevideo

El conflicto pastero entre Uruguay y Argentina tiene toda la pinta de alargarse mucho durante el tiempo. De hecho, voces argentinas han empezado ya a llamar la atención sobre lo absurdo de ésta "Guerra Santa bananera", entre ellos el geógrafo prestigioso Carlos Reboratti

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El geógrafo argentino Carlos Reboratti
Pone los puntos sobre las íes en una entrevista sobre la "Guerra Santa bananera" entre Argentina y Uruguay por las pasteras de celulosa

Lemas de los ambientalistas uruguayos como «Patria sí, Papeleras no» alertarían a cualquiera, ya que, una vez más, se da una conjunción habitual en las izquierdas indefinidas entre nacionalismo étnico y ecologismo precivilizatorio. No en vano, la influencia del movimiento indigenista en Iberoamérica acentúa esta aberración ideológica que se reproduce como esporas en toda la Hispanidad.

Sin embargo, en el seno de la nación hermana, Argentina, ya existen voces disidentes del discurso etnoambientalista. El último en hacerlo ha sido el prestigioso geógrafo Carlos Reboratti, en una entrevista a El Tribuno Salta argentino. La entrevista no tiene ningún desperdicio, ya que en ella Reboratti no se corta al afirmar cosas como estas:

«Estimo que se está llegando a un extremo que, diría, es casi ridículo: Argentina no puede insistir en esto de concurrir a la mesa de negociación exigiendo el traslado de Botnia. Creo que los únicos que no creen que este planteo sea ridículo son los vecinos de Gualeguaychú. Ellos tuvieron esa posición y la mantuvieron todo el tiempo; les fue bien al principio, hasta que quedó en evidencia que el emplazamiento de Botnia es irreversible.»

Reboratti señala además algunos errores de la adminitración oriental, aunque también habla de la insensatez de los lemas de los etnoambientalistas argentinos:

«El pecado original fue del gobierno uruguayo, cuando aceptó que dos papeleras se concentraran en un lugar. Considero que hay otro error básico de los uruguayos: De haber autorizado la instalación de las papeleras 15 kilómetros río abajo, la mayor parte de los problemas hubieran desaparecido. Lamentablemente, cuando ENCE resolvió trasladar el emplazamiento ofreció una ocasión única parea resolver el diferendo, pero el Gobierno nacional la desaprovechó. Todavía no era tan grave el deterioro de las relaciones entre ambos países y existía la posibilidad de lograr un acuerdo que no pareciera una derrota. Cuando el Gobierno nacional acordó con el de Uruguay constituir una comisión binacional, nadie pensaba que iba a haber un movimiento social como el de Gualeguaychú. Y ese movimiento se produjo y se mantuvo apoyado en un supuesto erróneo, catastrofista, que demoniza a las papeleras. "No a las papeleras, sí a la vida", su consigna, es una exageración.»

Botnia, como todos sabemos, también tiene su alto grado de culpa en todo esto, ya que «no hay que minimizar la responsabilidad de Botnia que, por ignorancia o por falta de cultura en la inversión en el extranjero, se hace la sorda.» Aunque haciendo autocrítica, Reboratti es donde más contundente se muestra:

«Considero que no hay ningún actor absolutamente inocente, pero quien actuó evidentemente mal fue el Gobierno argentino, por esa conducta errática: primero dijo que sí, después que más o menos y terminó diciendo que no.»

Admite implícitamente lo absurdo del conflicto pastero:

«El problema de las papeleras es un problema menor que cualquier país del mundo lo arregla con un mes de negociación. Se trata de una cuestión fácilmente controlable del punto de vista técnico, como lo hacen todos los países del mundo. ¡No sé porqué no lo pueden hacer la Argentina y el Uruguay !»

Y ve que en el tema ambiental, como en muchos otros problemas, ha de ser el Estado el que controle tanto la producción como el flujo de mercancías y servicios que las empresas quieran ofrecer a sus consumidores:

«La política ambiental debe ser, necesariamente, preventiva. No es cuestión de tratar de solucionar el problema después que aparece. Hay que fijar reglas de juego claras, para que las empresas sepan a qué atenerse.»

El Revolucionario ve con buenos ojos que haya ya ciudadanos de las naciones de la Hispanidad que vean claro que la plétora del mercado conlleva a que se creen grupos de consumidores satisfechos a cualquier precio, y también a que las empresas fomenten mediante la producción a coste de lo que sea la conformación de ese grupo de consumidores. Los políticos actuales, y sobre todo los de izquierdas han olvidado que los Estados siguen siendo los pilares fundamentales sobre los que se han de asentar los proyectos políticos de concertación económica, política y social que requiere toda sociedad política. La prevención ambiental es parte de esa concertación, ya que desde nuestras coordenadas —las del Materialismo Filosófico— el entretejimiento entre socialismo genérico y socialismo específico requiere, al menos, la concertación entre las actividades empresariales y el control del Estado sobre la sociedad política, y en algunos casos, para la implantación política de la filosofía que requiere ese entretejimiento, incluso la prohibición de ciertas actividades empresariales o como mínimo su control ferreo por parte de la administración pública.

Reboratti carga también contra el Ministerio de Medio Ambiente argentino, que durante la legislatura Kirchner parecía el camarote de los Hermanos Marx:

«Maria Julia Alsogaray que terminó de matarla porque le dio un color de frivolidad absoluto. Ahora nombraron a Romina Picolotti, que es una activista ambientalista, pero sin brindarle demasiadas herramientas. Un saldo positivo de este entuerto con Uruguay sería una conciencia ambiental. Aunque no estoy seguro de eso tampoco.»

Coincidimos con él, como hemos señalado antes, en su descripción de la confluencia entre etnonacionalismo, primitivismo e izquierda fundamentalista, en una clara muestra de nostalgia de la barbarie: « [...] un movimiento ambiental, para ser creíble, tiene que estar basado en cosas serias. No puede ser creíble si dice "todo esta mal, hay que sacar las industrias, hay que eliminar la actividad productiva y vamos a dedicarnos al turismo". Además hay en este caso algo particularmente negativo: en el afán de adquirir notoriedad, la gente de Gualeguaychú, empieza a mezclar nacionalismo con medio ambiente, que es un cóctel infernal. El otro día, cuando cruzaron el puente, el único cartel que había era el que decía “Botnia no, patria sí”.»

Dio incluso la razón a la República Oriental, porque «Uruguay sancionó hace mucho tiempo una ley de impacto ambiental muy desarrollada y la Argentina tiene 10 o 12 papeleras contaminando. Y peor, la Secretaria de Medio Ambiente acaba de firmar un acuerdo aceptando que una papelera argentina utilice el mismo sistema de blanqueo que tiene Botnia.»

Finalmente señaló que «hay que evitar el error del fundamentalismo y, al mismo tiempo, aplicar políticas de Estado, con inversiones adecuadas en materia de prevención y capacitación técnica para preservar el medio.»

El Revolucionario coincide con las declaraciones de Reboratti, para el que «[...] la gente —refiriendose a los argentinos etnoambientalistas— no sabe a quién creerle y entonces se inclina por la catástrofe.»


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