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Lo que no impide que vayan creciendo sus aspiraciones mundiales

El Islam, fragmentado

Las diversas corrientes del Islam colisionan entre sí e impiden una acción coordinada contra los "cafres" occidentales

Miércoles 27 de diciembre de 2006, por ER. Teherán

Muchos se preguntan, ignorando la importancia de los recursos petrolíferos, por qué a principios del siglo XXI las religiones occidentales como el cristianismo y el judaísmo se han replegado y pierden adeptos, mientras que las distintas devociones del Corán pasan por una visible reanimación.

No sólo se han extendido hacia el Lejano Oriente, la porción asiática de la antigua Unión Soviética y África, sino que por primera vez en la historia los fanáticos islamitas se encuentran firmemente arraigados en grandes capitales de Occidente. Sin embargo, el ciclo de expansión del Islam no es nuevo. En el siglo VIII, los califatos árabes emprendieron la conquista del Mediterráneo, y llegaron a dominar territorios considerables del sur de Europa, como la Península Ibérica. De ahí las cruzadas medievales, cuyo éxito fue parcial: durante siglos, los "moros" ocuparon la península Ibérica y la parte oriental del Mediterráneo, y la expansión del imperio otomano trajo consigo un nuevo intento de islamizar Europa, fracasado en 1528 en Viena.

Hoy día, el Islam busca conquistar el mundo por medio de la inmigración masiva que llega a los países de Occidente, emigrando desde Africa y Asia en busca de trabajo. Estos inmigrantes no sólo no renuncian a su fe, sino que exigen espacios propios para profesarla. Los gobernantes de Occidente, olvidando las revoluciones contemporáneas que acabaron con el predominio del Antiguo Régimen y el Trono y el Altar, no dudan en colaborar con la teocracia islámica, haciendo de "tontos útiles". En Estados Unidos, por ejemplo, sectores considerables de la población negra se han convertido en devotos del Corán.

No obstante, pese a su innegable potencial de casi dos mil millones de adherentes, en rigor el Islam vive una guerra de religión dentro de su propia doctrina. En las pasadas dos décadas, los conflictos entre chiítas, sunitas, magrebíes y otras facciones han causado guerras civiles en Argelia, Somalia, Sudán, Jordania, Irak, Afganistán, Chad, Timor, Indonesia y, en cierta manera, Filipinas. Particularmente grave y curioso es el caso de Iraq, donde los sunnitas (que predican que el gobernante ha de ser el líder religioso), seguidores de Saddam Hussein, masacran sin piedad a los chiitas (líderes religiosos a la conquista del poder, como en Irán), al tiempo que reciben apoyo de países como Siria, con reclutamiento de voluntarios incluido. No obstante, tampoco es descartable que un país chiita como Irán apoye esta lucha sunní, en una forma de solidaridad de los distintos credos musulmanes contra los "cafres" occidentales.

En el seudoestado palestino, Hamas ha demostrado el carácter falsario de la democracia, a través de la cual llegó al poder para iniciar su escalada de ataques a Israel. Desprovista del apoyo internacional y de la solvencia económica mantenida por subvenciones de Europa, Hamas ha lanzado sus iras sobre Al Fatah, la organización fundada por Arafat, con las consiguientes luchas intestinas que a diario se suceden en esa región del mundo.

Y por supuesto, la teocracia islamita no deja de luchar contra otros credos, como ha sucedido en Líbano, Armenia o Timor oriental, donde los cristianos han sido prácticamente exterminados en una masacre que bien podría ser considerada un genocidio en toda regla. Se demuestra así que el fundamentalismo islámico es opuesto a las libertades y derechos ciudadanos modernos, inermes para luchar contra esta amenaza medieval que camina hacia el orden teocrático, con intolerancia civil y religiosa contra judíos, cristianos y malos musulmanes que no luchan contra los anteriores "cafres".


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