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Todo movimiento migratorio ilegal suele ser, si no lo es siempre, un proceso de desplazamientos humanos derivados de situaciones dramáticas

Realidad y política migratoria boliviana: la emigración masiva

Se critica el llamado «mundo integrador» y las políticas de «puertas abiertas» bajo la bandera de un supuesto socialismo pletórico

Jueves 5 de abril de 2007, por ER. Cochabamba

El gobierno boliviano estudia exigir visados para aquellos países que, como en el caso de España, deporten a compatriotas bolivianos sin otra razón que la de no tener documentos necesarios de acuerdo con las políticas de control migratorio de la UE

Decenas de miles de ciudadanos bolivianos han entrado de forma ilegal en España con el propósito de quedarse allí indefinidamente. Ante esta situación alarmante (mil personas cada día, en las últimas semanas), se ha producido una deportación masiva hacia Bolivia que ha activado las alertas sociales del gobierno vigente. En concreto, el señor Álvarez del Pozo, encargado de Negocios de la Embajada de Bolivia en España, ha declarado que la imposición de visado «no es acorde con un mundo de integración». El propio Evo Morales ha expresado su disconformidad con estas medidas de Estados de Europa, principalmente con España.

La emigración masiva de países pobres como Bolivia a otros mucho más «ricos» (de mayor renta per cápita) tiene dos aspectos bien claros para el análisis, y que suponen sin duda un «dilema moral» para los gobiernos socialistas. Por un lado, estamos de acuerdo en el trato digno que han de tener todos y cada uno de los emigrantes ilegales, como se ha puesto de relieve ante polémicas deportaciones de hombres y mujeres africanos en aviones del ejercito de España donde viajaban hacinados, bajo el efecto de anestésicos, etc.

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La pobreza está en la base de los desplazamientos masivos
Familias rotas, daños colaterales

Todo movimiento migratorio ilegal suele ser, si no lo es siempre, un proceso de desplazamientos humanos derivados de situaciones dramáticas indudables, y que ponen de relieve, no tanto la supuesta «riqueza» de los destinos que se escogen, sino las deficiencias económicas y sociales de los Estados de donde proceden estas «masas migratorias» incontroladas. Atraídos por la visión de una vida mucho mejor que la que llevan en Bolivia, miles de bolivianos se han asentado ya en varios países de Europa, y principalmente en España, donde las cifras, no siendo del todo fiables, rondan entre los 200.000 y 300.000 (de los cuales solo unos 60.000 están actualmente regularizados).

Sin embargo, el segundo aspecto a tener en cuenta en este asunto, al margen del drama social de aquellos que pretenden «vivir una nueva y mejor vida», son las necesarias prevenciones y políticas de contención y control (e incluso de freno inevitable, lo que se pone de manifiesto en España, que ha pasado de ser un país emisor de emigrantes a serlo receptor, con un enorme grueso de población «implantada») que han de llevar necesariamente los países a los que se dirigen estos flujos.

Políticas que, no obstante, se han saltado bastante a la torera gobiernos «socialistas» - indefinidos- como el del presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, y que a menudo generan problemas descontrolados de llegadas masivas sin repatriaciones «inmediatas», como se hace preciso en tantas ocasiones. Claro que, ante la gravedad de lo que sucede cotidianamente, al final el propio gobierno de España ha de llevar a cabo en su Real Politik medidas que vayan en contra de los planteamientos utópicos o irreales de «civilizaciones unidas», «mezclas de culturas» y «puertas eternamente abiertas».

Pero estos frenos y deportaciones no son el resultado (tal y como pudieran pensar de forma equivocada algunos individuos en la actualidad) de ejercer medidas «malvadas», intencionadamente inmorales o hipócritas, sino de preservar la eutaxia del Estado de destino. Una supuesta política de «puertas abiertas» puede ser beneficiosa a corto plazo en situaciones particulares concretas (mano de obra barata en el campo, temporeros, etc) pero nunca a medio o largo plazo; es más, a la larga tendrá unas consecuencias inevitablemente desastrosas, derivadas de inmensos volúmenes de población a los que el mercado del país receptor no consigue «ubicar» (y que, por tanto, acaban formando núcleos marginales), eso por no aludir a poblaciones no censadas que se aprovechen de servicios sociales básicos sin estar inscritas en la Seguridad Social, por ejemplo, u otros casos parecidos, etc.

Por eso, pensamos que más que buscar la solución en una «reciprocidad» inmediata de Bolivia hacia los países que exigen visados (en lo cual por cierto, Bolivia está en todo su pleno derecho) ésta ha de hallarse en los problemas sociales y políticos que hoy, como siempre, embargan al país andino, y que son la causa última de estos «viajes» al otro continente. A menudo, el drama de la emigración ilegal proviene del origen que la motiva, y no del trato o «tipo de vida» que puedan llevar los emigrantes bolivianos en España u otro país receptor.

Porque quienes apelan a razones «humanitarias» para recibir a los emigrantes bolivianos han de percatarse de que estas mismas razones son las que mueven a los gobiernos de países receptores a pedir un visado, pues la emigración ilegal y masiva, no solo es la fuente de un flujo incontrolado de personas (y con ellas no todas las que pudieran venir a España con la sana intención de trabajar honradamente, sino también bandas criminales, redes delictivas que se filtren por la amplitud de los agujeros de malla de una política de emigración irresponsable) sino el origen inequívoco de futuros problemas y desastres sociales que pongan en amenaza a la eutaxia del país receptor.

La «integración» de la que se habla queda muy bien siempre que se suspenda en el «vacío» de una situación idílica y no real, donde integrar no signifique anegar mercados hasta saturarlos, produciendo una crisis económica y social en los países a los que se dirijan estos flujos de personas que, sin duda, en la mayoría de las circunstancias buscan un «porvenir» mejor que el que tienen hoy en Bolivia: he aquí el fondo conflictivo y dramático de esta resolución inevitable


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