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Un socialdemócrata impaciente en México

Conferencia del ideólogo del indefinido Progreso Global, Felipe González, en México

Por invitación de la embajada de España en México, González, al tiempo de hacer gala de su “facilidad de palabra”, lo hace también de su inconsistencia conceptual

Lunes 26 de marzo de 2007, por ER. México DF


Felipe González es en México uno de los hombres más admirados por la clase política. Es común escuchar a personajes políticos de aquí y de allá, sean de izquierda o de derecha, a comentaristas, a analistas, a periodistas y, también, a empresarios, referirse a él encumbrándolo como representante de toda una corriente ideológica, como mandarín de la “izquierda moderna”: ‘en México hace falta un programa con los modos del socialismo español de Felipe González’; ‘nuestro partido –declara Alberto Begné, dirigente del nuevo partido Alternativa Socialdemócrata, ¡¡ en su presentación oficial !!- se considera como un partido de izquierda moderna al estilo de Felipe González y Ricardo Lagos’; ‘el PRD no es de izquierda, o mejor dicho, no es de izquierda moderna, como el PSOE de Felipe González’. De esta índole e inanidad son las adhesiones “políticas e ideológicas” a González a las que se nos tiene cada vez más acostumbrados en la prensa y en los debates (por cierto ¿qué se puede esperar de un dirigente político a quien, para definir su plataforma ideológica, la mejor ocurrencia a la que puede llegar es decir que quiere ser, y acaso hablar, como Felipe González?).

Y es que, de hecho, la misma y famosa “transición española” aparece como el referente histórico fundamental de la generación de políticos que llevan aproximadamente veinte años disputándose el poder. Es común también, entonces, escuchar a uno que otro personaje que, presentándose con aplomo y severitas romana, interrumpe la discusión para abrirle paso a su tesis contundente: ‘lo que pasa es que en México hace falta nuestro Pacto de la Moncloa, algo como lo que hizo con España Felipe González’.

Y resulta que, para beneplácito de sus admiradores, el señor González, definiéndose –atención, señor Begné y Cía., a tomar nota- como un “socialdemócrata pragmático e impaciente”, se presentó recientemente en México con otra de sus aclamadas conferencias tan llenas de frases y ocurrencias asertivas y elocuentes, pregnantes como el humo, que versaba sobre las “incertidumbres en el escenario global”. Según nuestro ideólogo global, la clave de la cuestión estriba en definir las incertidumbres y desafíos que hagan que los bloques regionales avancen, se estanquen o que incluso retrocedan en su ‘capacidad de incorporarse a la revolución tecnológica e informática y a la civilización de la información’ (sic). ¿Y qué cosa puede ser eso de la “civilización de la información”? ¿Será acaso que la Alianza de Civilizaciones no es otra cosa que la alianza en la supercarretera informática y tecnológica? ¡Claro, eso es!; entonces, una vez que todo el mundo esté conectado a internet con las computadoras que regala Bill Gates, la Alianza estará a dos pasos nomás, todo será cuestión de tiempo y de diálogos democráticos.

Por otro lado, González desmembró la complejísima dialéctica histórica y política que tensa las relaciones en el continente americano, afirmando que la especificidad de México se define según la fórmula siguiente: identidad latinoamericana pero intereses norteamericanos. Esta fórmula, añadió, teniendo acaso a la vista el famoso apotegma de Porfirio Díaz (“Pobre de México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”), es ‘una ventaja y no una tragedia’. Nos preguntamos si González tendrá clara la relación dialéctica que media entre identidad y unidad, de modo tal que ambas, en su co-determinación, se comprometen recíprocamente. Habría acaso que dibujar entonces una fórmula en la que los intereses aparezcan subordinados a una unidad determinada, la unidad hispanoamericana frente a la unidad norteamericana (la del TLC, por ejemplo); sobre esa trabazón objetiva podría dibujarse un esquema de identidad, pero no ya según características culturales sino, fundamentalmente, históricas.

En términos generales, González se presenta como un ideólogo de la sociedad del conocimiento y la tecnología, de la “civilización de la información”, como él mismo sostiene, mostrando, a su vez, una gratuidad teórica y una imaginación galopantes. La clave –el motor- de la historia, se nos ofrece entonces, según nuestro socialdemócrata impaciente y pragmático, determinada no ya tanto por la dialéctica de clases o por la dialéctica de Estados, sino por lo que él llama la “revolución tecnológica”.

¿Pero cuál es el sujeto de esta revolución? ¿Acaso no siguen siendo los Estados los agentes fundamentales del desarrollo de la historia, revoluciones tecnológicas e informáticas incluidas? ¿No es acaso un verdadero peligro ideológico hacer abstracción de las estructuras y unidades políticas materiales en función de cuya disposición geopolítica se desprende la dialéctica tecnológica e informática? Por que el problema no es tanto estar al día en la informática, o en incorporarse a la “civilización de la información”, sino los antagonismos materiales definidos en función de quién es el que controla políticamente tales desarrollos.

En todo caso, Felipe González seguirá sin duda ninguna recorriendo el mundo promoviendo progresos globales indefinidos y revoluciones tecnológicas no menos indefinidas; pero lo que se antoja como ridículo y lamentable es el momento en el que a algún político oportunista y sin ideología que acaso haya asistido emocionado a la conferencia de González, comience a definirse a sí mismo, o a su partido, como tributarios de la ideología de la socialdemocracia impaciente: ‘es que yo soy, como Felipe González, un socialdemócrata impaciente’.


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