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Durante su exilio en Francia

Malraux visita a Trotsky

Encuentro que tuvo lugar alrededor de julio de 1933

Miércoles 20 de junio de 2012, por Caja de resonancia


El motor se detuvo ante una puerta claraboya, y las sordas palpitaciones del mar próximo llenaron el silencio de la noche. Desde que se precisó este deslumbrante fantasma de lentes, observé que toda la fuerza de sus rasgos estaba en la boca, de labios lisos, tensos, extremadamente recortados, de estatua asiática. Reía hasta ponerse a tono de camarada, con una risa de cabeza que no se asemejaba a su voz –una risa que dejaba ver unos dientes pequeños y muy separados, dientes extraordinariamente jóvenes en este fino rostro, orlado de una cabellera blanca-, obsequiosa e imperiosa a la vez y que parecía significar: “Terminemos rápidamente con las efusiones cordiales y pasemos a las cosas serias”.

Las cosas serias, en esta época en que la actividad directa le estaba prohibida, como condición de la permanencia en Francia, eran, en suma, el ejercicio de la inteligencia. En el gran escritorio, donde un revolver servía de pisapapeles, la presencia de Trotsky planteaba al pensamiento uno de los más sugestivos problemas: la relación del carácter y del destino.

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León Trotsky
1879-1940

Se atribuye a los ciegos una rigurosa certeza de juicio. Yo creo que ello es debido a que los ciegos juzgan de los hombres sólo por la voz. En efecto, nada, ni el rostro, ni la risa, ni el porte, expresan al hombre, por la sencilla razón de que el hombre no es expresable. Pero, de todos estos portillos abiertos, es seguramente el tono de la voz el que deja ver la mayor cantidad posible de personalidad. Trotsky no hablaba su lengua. Pero, aún en francés, el carácter principal de su voz es la dominación total de lo que expresa, la ausencia de ese insistir por el que tantos hombres dejan adivinar que su afán por convencer a otros es un modo de quererse convencer a sí mismos; la ausencia de voluntad de seducción. Los hombres superiores tienen casi todos en común, sea cual fuere la torpeza de muchos al expresarse, esta densidad, este centro misterioso del espíritu, que parece venir de la doctrina y que la rebasa en todo sentido, y que da el hábito de considerar el pensamiento como algo que se conquista y no como algo que se repite. En el domino del espíritu este hombre se había forjado su propio mundo, y en él vivía. Recuerdo la forma en que me habló de Pasternak:

- Casi todos los jóvenes rusos le siguen, en la actualidad; pero a mí no me gusta gran cosa. A mí no me agrada el arte de los técnicos, el arte para los especialistas.

- Para mí –respondí yo- el arte es, ante todo, la expresión más elevada o la más intensa de una experiencia humana legítima.

- Yo creo que este arte va a renacer en toda Europa… En Rusia la literatura revolucionaría no ha dado todavía una obra grande.

- La verdadera expresión del arte comunista la da, no la literatura, sino el cine. ¿No es así? Tanto antes como después, el cine; antes, Potemkin; después, La Madre.

- Lenin pensaba que el comunismo se expresaría artísticamente por el cine. Con referencia a Potemkin y La Madre, me han hablado mucho de la misma forma en que usted lo hace. Pero voy a decirle una cosa: yo no he visto nunca esas películas. Cuando se las proyectó, al principio, estaba en el frente. Después se proyectaron otras, y cuando se volvió de nuevo a ellas, me encontraba en el destierro…

Este arte de las primicias del cine revolucionario; este arte que por tantos conceptos corresponde a su vida y forma parte de su leyenda, Trotsky jamás ha logrado verlo…

- ¿Por qué –digo yo- no ha de desaparecer la literatura en beneficio de otro género de arte, así como ha sido reemplazada la danza, que expresaba el arte de las tribus primitivas, por las artes de nuestra época? Hacemos partir al cine de la pintura, pero yo creo que esto es muy poco significativo. Lo que ha matado a la danza es la escritura. Hay en el cine una manera de escribir que no se hace con palabras, que podría muy bien matar a la misma escritura: la palabra, matando a la danza; la imagen, matando a la palabra.

Trotsky sonríe.

- Me es difícil responderle exactamente en lo que a la danza se refiere; tenga en cuenta que conozco muy poco este asunto técnicamente. Pero me parece que la danza se ha conservado y lo que sí ha hecho es evolucionar. Y creo más: creo que muy bien podría renacer, aun con todo lo que poseyó en otras épocas, pero enriquecida. La humanidad no abandona aquello que conquistó una vez.

- Sin embargo, ha abandonado ochocientos años, por lo menos, de los valores antiguos y estoy persuadido de que al hombre del año 700 le habrá sido absolutamente imposible comprender a Pericles, como a éste le hubiera ocurrido lo mismo con respecto al hombre del año 700. También la vida espiritual del Egipto antiguo le era poco accesible.

- ¿De Egipto?

Trotsky pasa el tema por alto: se ve que lo conoce poco.

- Pero en lo referente al cristianismo –continúa Trotsky-, mire: desconfío; creo que hemos idealizado demasiado los primeros tiempos del cristianismo. Sin duda había una inmensa mayoría que apenas comprendía nada. Místicos que eran ascetas y gentes hábiles e interesadas que formaban la mayoría de la iglesia.

¿Es que Trotsky reconstruye el cristianismo primitivo a través de la Rusia de su juventud? Trotsky continúa:

- Usted sabe que cuando el Papa se sentía enfermo recurría al médico y no a los rezadores… Si, los valores antiguos desaparecieron; pero han vuelto.

- Usted me dice que la humanidad no abandona lo que una vez adquiere. Por tanto, ¿no será posible admitir la persistencia del individualismo en el comunismo: de un individualismo comunista, tan distinto del individualismo burgués, por ejemplo, como éste lo es respecto del individualismo cristiano?

- Veamos: aquí, como en todo, habrá que partir de lo económico. Los cristianos han podido vivir en función de la vida eterna y no conceder gran importancia al individualismo, porque eran muy pobres. Los comunistas del plan quinquenal están, en cierto modo, en la misma situación, por otras razones. Los períodos de los planes, en Rusia, son necesariamente desfavorables a todo individualismo, aún comunista…

- Los períodos de guerra son igualmente desfavorables al individualismo burgués.

- … pero tras los planes, o entre los planes, el comunismo aplicará a sí mismo la energía que hoy aplica a la construcción. Yo creo que el espíritu del cristianismo primitivo es inseparable de una pobreza extremada –agrega.

Está fatigado: su francés, más rápido, se hace menos puro; emplea, cada vez más, un vocabulario inesperado, “bien” por “muy”, al cual da una inflexión singular.

Una ideología puramente colectiva, únicamente colectiva, es inconciliable con el mínimo de libertad material que implican el mundo moderno y el comunismo.

Acompañado de su hijo retornó a la ciudad, abandonando la quinta nocturna donde sus discípulos debaten sobre su pensamiento o se abandonan a él, sugestionados por su verdad, en tanto que en el piso superior él se entrega al reposo con un sueño de Viejo de la Montaña.

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Al día siguiente hablamos de la compaña de Polonia.

- En Francia, algunos especialistas opinan que Tujachevsky fue derrotado porque la táctica de Weygand consistió en cambiar el eje de la acción durante el combate, táctica que ignoraba el general ruso. Yo desconfío siempre de los especialistas en estas materias…

- Tujachevsky sabía muy bien que se puede cambiar el eje de las batallas. No es ésta la cuestión. Hubo dos causas que produjeron la derrota: en primer lugar, la llegada de los franceses…

- Esto se ha dicho en Francia, pero de una manera que incitaba a que no se creyera en nada sin una información más amplia.

- No, es verdad. El Estado Mayor francés llegó en este desorden, este… desorden es poco decir (hace con la mano un movimiento como para mezclar). Estaban en un país que no era el suyo; no habían sufrido ningún quebranto desde el principio de la campaña. Estaban serenos; podían examinar las cosas con frialdad. En segundo lugar, el ejército de Lemberg (Lvov) no se lanzó sobre Varsovia, cosa que debiera haber hecho. Esto es lo esencial.

Ya sabía que Stalin figuraba en el ejército de Lemberg…

- Pero, con todo, se trataba de una aventura. Yo era decididamente opuesto. Lo hicimos, en definitiva, porque Lenin insistió, sobre todo a causa del proletariado polaco. Agregue a esto que un ejército revolucionario es siempre muy nervioso; cuando se encuentra alejado de su base, puede muy fácilmente desmoralizarse por un fracaso cualquiera, sobre todo después de una serie de victorias.

- ¿Es a esto a lo que usted atribuye la derrota del ejército rojo tras sus éxitos en la guerra de ocupación?

- Sí, en la guerra de ocupación (separa los dedos como para figurar radios) éramos más fuertes porque nuestras fuerzas irradiaban del centro, Moscú.

- ¿Puede actualmente mantenerse el ejército rojo, industrial y químicamente, contra un ejército europeo o japonés?

- Puede ponerse rápidamente al nivel de cualquiera. Pero el ejército japonés no es, ni con mucho, lo que se cree en Europa. Sin duda, usted cree que se trata de una cosa análoga a lo que era el ejército alemán en 1913; más bien se trata del ejército de una nación europea de segundo orden. Es un ejército que todavía no ha sido puesto a prueba, que jamás ha combatido con un verdadero ejército de Occidente.

- Comprendo que, para Rusia, la guerra ruso-japonesa fue una guerra colonial, en tanto que para Japón se trató de una guerra nacional. Pero el transiberiano no deja por ello de ser un ferrocarril de vía única, hoy todavía. ¿Sin duda, Rusia tratará de poner al Japón en idéntica situación en que ella está, no combatiendo en la Manchuria?

- Yo creo que combatiremos en el Baikal.

Por primera vez decía “nosotros”. La mirada era más intensa, como si su atención se hubiera concentrado repentinamente; acababa de eliminar ese mínimo de distracción que hay en toda conversación, aun en la más atenta. Quizá no hubiera en esto más que el pensamiento, la intensidad de las cosas meditadas extensa y constantemente. Yo desconfiaba de este Kremlin, de este ejército rojo que acababa de irrumpir en la habitación abierta, sobre los pinos umbríos y los árboles ardientes, por el solo poder de ese influjo que ejerce una vida histórica, aun cuando ella misma se sienta quejosa. Pensaba en Dupleix, moribundo en su pequeña alcoba, arruinado y humillado, reducido a perpetuo solicitante, pero muriendo sobre la almohada repleta de sus cartas de las Indias.

- Por tanto –continuó-, sería peligroso para un gobierno tan autoritario (se refiere al ruso) replegarse tanto…

- Bessedovsky, en sus “Memorias” –que, evidentemente, me inspiran una confianza relativa-, afirma que Stalin retrocedería hasta Irkutsk, para tener las manos libres en la revolución china.

- Yo no lo creo. A los discursos de un Bessedovsky cualquiera, el otro, exasperado, ha podido responder eso (el otro es Stalin); pero ello sólo es una manera de hablar. Por otra parte, no se trata de hacer la guerra en Siberia con el ejército rojo solamente. Además, el principal enemigo del Japón no es la URSS. Sea cual fuere el resultado de la experiencia de Roosevelt, Estados Unidos se verá obligado a encontrar nuevos mercados.

- Ya tiene América Latina.

- Esto ya está hecho, y no es suficiente. Los norteamericanos están renunciando, cada día con más decisión, al principio de la puerta abierta a China. Se verán obligados a tomar China, pura y simplemente; dirán: “Las demás naciones, todas tienen colonias; la mayor nación económica del mundo también debe tenerlas”. ¿Quién se lo impedirá? Europa estará bastante ocupada. Si China es colonia norteamericana, la guerra con el Japón es inevitable.

Después de comer, en tanto los otros hacían sobremesa, fuimos al jardín. Caía la tarde; el mismo hermoso sol que ayer. La cal de las casas esparcidas en el campo o entre la fronda del bosque, ya obscuro, era de un blanco azulino, con un vago aspecto de fosforescencia mate. La conversación fue menos intensa, menos rigurosa. Me habló de Lenin, a cuyo trabajo estaba entregado; una obra de la importancia de MI Vida –que a él no le gusta-, donde tratará todos los temas de filosofía y de táctica sobre las cuales no se ha extendido aún. Pasó un gato, que huyó veloz: uno de los grandes perros-lobos de Trotsky venía con nosotros.

- ¿Es verdad que a Lenin le gustaban mucho los gatos pequeños? Usted sabe que Richelieu tenía siempre sobre la mesa una cesta llena de ellos…

- No sólo los gatos, Lenin amaba todo lo que era pequeño. Sobre todo, los niños. Quizá fuera porque no los tenía. Sentía verdadera adoración por los niños. En arte, sus gustos tendían hacia el pasado. Pero decía de los artistas: “Hay que dejarlos hacer”.

- ¿Esperaba del comunismo un nuevo tipo humano, o preveía en este dominio una cierta continuidad?

Trotsky reflexionó. Caminábamos frente al mar, que acariciaba mansamente los peñascos, en una calma absoluta.

- Un hombre nuevo –respondió-, en efecto. Para él, las perspectivas del comunismo eran infinitas.

Reflexionó de nuevo. Yo pensaba en lo que me había dicho por la mañana y, sin duda, él también.

- Pero –dije yo- me parece que para usted…

- No; en el fondo, yo pienso como él.

De ninguna manera decía esto por ortodoxia, me pareció que a pesar de la preparación de la revolución, la guerra civil y el poder, jamás se había planteado este problema de tal forma. Sin duda quería decir que él preveía primero una continuidad entre los tipos humanos; después, una separación cada vez más acentuada. Lo que, a mi juicio, pasó de golpe bajo sus palabras y lo que yo creía sentir de Lenin a través de él, fue la voluntad de experimentación ante un dominio en que el marxismo carece de datos comprobatorios. En suma: en él, el deseo de conocimiento conduce inmediatamente a actuar. Fue aquí, más que en la conversación política, donde yo sentí más vivamente al hombre de acción.

El mar seguía acariciando las rocas en la noche que se abría.

- Mire –me dijo-, lo importante es ver claro. Lo que se puede expresar del comunismo es, ante todo, más claridad. Hay que librar al hombre de todo aquello que le impide ver. Liberarle de los hechos económicos que le impiden pensar. Y de los hechos sexuales, que también se lo impiden. Aquí, creo yo que la doctrina de Freud puede ser muy útil.

- Veo en Freud, a la vez que un detective genial, el hombre que ha abierto uno de los dominios más grandes de la psicología, y un filósofo desastroso. ¿Pero cree usted que cuando la humanidad logre librarse de la movilización –religiosa, nacional o social-, que sólo le consiente obrar en lugar de pensar, no ha de encontrar resistencia la presencia de la muerte?

- Yo creo que la muerte es, ante todo, producto del uso. De una parte, uso del cuerpo; de otra parte, del espíritu. Si se logra que este uso se produzca de una manera armónica, efectuándose al mismo tiempo, la muerte sería un fenómeno muy simple… No encontraría resistencia…

Tenía cincuenta y cinco años y estaba gravemente enfermo. “No encontraría resistencia”.

***

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André Malraux
1901-1976

Escribo esto de regreso de una sala popular donde se proyectaba un documental sobre las últimas fiestas de Moscú. En la amplia superficie de la Plaza Roja, con los brazos tendidos blandiendo remos y lanzas de walkyrias, viriles muchachas jóvenes desfilan ante la tribuna, desde donde contemplan el espectáculo, agobiados por dos gigantescos retratos de Lenin y de Stalin, todos los dirigentes de la URSS. La multitud aplaude como lo hacen siempre las multitudes: menos en señal de entusiasmo que de aprobación.

¿Cuántos de entre ella, en este día en que una irrisoria actualidad nos ha hecho sujeto de su conversación, después de haber sido el fantasma obstinado de su miedo, cuántos pensaban aquí en él? A buen seguro, muchos. Antes de proyectarse el film se habían pronunciado discursos, sobre Thaelmann en particular; el orador que hubiera osado hablar de él, pasado el primer momento de inquietud, se hubiera visto rápidamente acosado a la vez por la hostilidad burguesa y por las prudencias ortodoxas: esta multitud que impone silencio está habitada por él como por un remordimiento. Yo la conozco, la he hallado en todos los mitines; oigo todavía su sorda Internacional, que ascendía en contrabajo de la vasta sala del Luna Park, cuando a la salida veía elevarse, acercándose a la altura de la acera, como en el cine, las patas de los caballos, el pecho, las cabezas hostiles de los guardias móviles, casi perdidos en la noche, al reflejo paralelo de las luces eléctricas sobres sus cascos… Son las mismas que acuden incansablemente a escuchar a los oradores, que hablan en nombre de Sacco y de Vanzetti, de Torgier o de Thaelmann, porque hablan en nombre de los presos; los mismos que ocultan su generosidad, como si bastara ser un bruto para ser inteligente y que, siendo trescientos para oír una explicación de Marx, son treinta mil para llevar a Dimitroff el único homenaje de que disponen: el sacrificio de una sesión de cine. Contra el Gobierno que lo arroja, todos están con él; él es de esos proscriptos de los cuales no se puede hacer emigrados. A pesar de todo lo que se diga, imprima, grite, la revolución rusa es para ellos un bloque, y todo aquel heroísmo que sacudió el Palacio de Invierno se siente ahora humillado con su soledad.

***

Una vez más, el destino oprime entre sus dedos sangrientos. Unos días después del sobresalto sin esperanza de los obreros austríacos, un gobierno francés le retira la hospitalidad que otro gobierno le había concedido. No vale bastante caro para que sean tenidos en cuenta los compromisos adquiridos: pero vale todavía bastante y podían haberlo expulsado sin recurrir a la moral y a la virtud. Es Trotsky quien no ha cumplido sus compromisos. Ha fundado la IV Internacional. Hoy cuenta en el mundo con algunos centenares de miembros, mucho más peligrosa, con todo, que la III, que sólo tiene doscientos millones, o que la II, sin contar que la burguesía francesa haría mejor, en este momento, en dejar a las Internacionales para temer a los nacionalismos. Escribió en La Verité, lo que jamás ha dejado de hacer. Ha traicionado a Francia –con la que no tiene ningún compromiso-, lo que no es el caso de los grandes duques rusos que viven en la Riviera. Y lo han descubierto (cuando su casa no puede menos que estar vigilada por la Seguridad) gracias al olfato sorprendente de un policía lector de Simenon. Se podía haber ahorrado este abuso grotesco: para liberar a los rehenes no hay ninguna necesidad además de escupirles, aunque ésta sea la costumbre. “Un Anónimo”, en Le Matin, se explica en lenguaje claro, aunque con esa particular sordidez propia de todo militar: “A Trotsky le hemos tenido”. Como lo que se quería “tener”, en Trotsky, era el revolucionario ruso, recordémosle que quedan ciento sesenta millones por “tener”. Pero lo que tenemos que decir a esos ciento sesenta millones es que, cualesquiera que sean las divergencias doctrinales entre el gobierno de la URSS y Trotsky, debemos reconocer en cada revolucionario amenazado a uno de los nuestros; que lo que se atropella en Trotsky en nombre del nacionalismo, en el momento en que todos los respetos son pocos para los reyes de España, protectores de los submarinos alemanes, es la Revolución. Había este verano en Deauville con qué rehacer el cuadro de los reyes de Voltaire; pero, ¡ay!, también hay en los bastiones y en los tugurios miserables con qué hacer un ejército de revolucionarios vencidos. Yo sé, Trotsky, que su pensamiento sólo espera del destino implacable del mundo su propio triunfo. ¡Pueda su sombra clandestina, que desde hace diez años camina a través del destierro, hacer comprender a los obreros de Francia y a todos los que se sienten animados por esta oscura voluntad de libertad, que unirse en un campo de concentración es unirse un poco tarde! Hay muchos círculos comunistas donde ser sospechoso de simpatía por usted es tan grave como serlo del fascismo. Su partida, los insultos de los periódicos muestran con bastante claridad que la revolución es una. ¡Qué será preciso aún para que acierten a combatir juntos aquellos que lo han mirado partir en silencio, en tanto que les acecha, con una amarga sonrisa, la absurda fatalidad, que sabe -¡no tan bien como ellos!- cómo los confundirán los mismos enemigos en el fondo fraternal de la muerte!...


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