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Se trata de uno de los recursos retóricos por antonomasia

El mito de la modernidad política

Políticos y pseudo-intelectuales utilizan sin cesar el término, sin salirse de las frases vacías o de las fórmulas de manual

Lunes 24 de enero de 2011, por ER. México


Hay un muy acusado y singular empecinamiento que, sobre todo manifestado por boca de políticos analfabetos (es decir, en boca de casi toda la clase política de México, con muy pocas y por tanto también muy honrosas excepciones), sobresatura de ruido ideológico y de retórica indocta el debate público y político. Se trata de la muletilla retórica de la modernidad.

En efecto, es común que políticos, periodistas, literatos que saben las cosas a medias (tipo Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis o Jorge Volpi), filósofos éticos o de la liberación (como Dussel o Bolívar Echeverría) o pseudo-intelectuales orgánicos de mediocres fundaciones ad hoc, se revuelven en discusiones de notable petulancia intelectual pero casi siempre de muy pobre consistencia teórica o conceptual (filosófica, vale decir) en torno de una supuesta Modernidad sustantivada a la que, o nomás no se puede llegar con plenitud, y entonces se dedican a señalar los déficits que para los efectos habría que suprimir, o bien se ha llegado pero de manera errónea, equívoca o dolorosa: México, un paso difícil a la modernidad es por ejemplo el título del libro con el que Carlos Salinas de Gortari (presidente de México de 1988 a 1994) ofreció en el año 2000 una suerte de memorias políticas a efectos de lavar su imagen del lodo con el que, según muchos, ha quedado embarrada para la posteridad.

La modernidad de lo barroco es también y por otro lado el intento conceptual con el que Bolívar Echeverría (1941-2010) -pensador marxista de tendencia frankfurtiana, sobre todo por la vía de Walter Benjamin- trató de dar cuenta de un así llamado ethos barroco con el que América hispana habría de distinguirse en su proceso de configuración histórica del resto de las plataformas que, a una escala universal por lo menos desde 1492, hubieron de abrirse camino en el contexto del despliegue dialéctico del capitalismo.

Y de más reciente aparición ha sido el trabajo, encomiable sin duda tanto por su rigor como por sus alcances analíticos y críticos, que bajo el título de Historia Crítica de las Modernizaciones en México fue editado por el Fondo de Cultura Económica y el CIDE, ofreciendo el compendio general (en 7 tomos: de las reformas borbónicas de mitad del siglo XVIII, inicio, se entiende, de esa "larga marcha de modernización de México", al México del siglo XXI) de una serie de trabajos presentados en un seminario "interdisciplinario" sobre el tema en cuestión, que tuvo lugar en el contexto de las celebraciones bicentenarias de 2010.

Modernidad, progresismo, izquierda moderna, derecha moderna, centro moderno, modernización de la democracia, modernización de esto, modernización de aquello, sindicatos modernos, políticos modernos, discursos modernos, modernidad contra tradición, modernosidad por todos lados en definitiva. Todos quieren ser modernos. Y si se trata de estar en la vanguardia de las vanguardias, entonces la vía es la de hacerse posmoderno.

Pero ¿de qué se está hablando en realidad? Porque, rigurosamente hablando, ha de tomarse nota del hecho de que, según el consenso más general por cuanto a la periodización o fasificación de la Historia universal (fasificación a la que se atiene también, en principio, una historia filosófica de la filosofía) la Edad Moderna (dispuesta, como se sabe, en un eslabonamiento dialéctico con la Antigüedad y la Edad Media) habría de dar inicio a fines del siglo XV, ofreciéndosenos el racionalismo de la modernidad no ya tanto como una ruptura tácita con la escolástica o la teología dogmática cuanto como una modulación dada en su seno a través de la recomposición del orden de los tres términos en función de los cuales se organiza o se coordina la estructura de la Realidad: el ego trascendental (E), el mundo de los fenómenos (Mi) y lo que se podría denominar como una realidad impersonal (M) (bien sea el caos, la Nada o el vacío).

Mientras que en la Edad Media, a través de la Teología judeocristiana del Dios creador del Mundo (correspondiente por su egoiformidad con E, con el ego trascendental), la coordinación de los tres términos de la Realidad quedarían subordinados y compendiados en E (en ese Dios creador del mundo, un Dios que después, con Hegel, se transformará en Espíritu absoluto), en la Edad Moderna la coordinación sufrirá una reordenación de los términos, quedando E subordinada a M (a la realidad impersonal) pero manteniéndose superior al mundo fenoménico (a Mi), superioridad que no es otra cosa que una herencia medieval precisamente.

Pero dejando de lado esta inevitablemente apretada digresión ontológica, lo cierto es que hablar de modernidad histórica o política, no se diga filosófica, como si se tratara de una meta a la que hemos de llegar o progresar (otra muletilla ésta tan oscura como confusa) algún día, no es más que un estafa ideológica, una engañifa burda (y tanto más burda cuanto más indocto y vulgar es el político que con ella se llena la boca), porque habría que decir en realidad que son ya varios los siglos en los que, rigurosamente, ha asistido el mundo al despliegue de la modernidad. ¿A qué Modernidad es a la que entonces habría que llegar? ¿Por qué están tan empecinados los políticos en presentarse como modernos o de izquierda moderna? ¿Qué no fueron tanto Marx como Engels engendros de Hegel y por tanto productos gigantescos del racionalismo moderno? ¿Qué sentido tiene plantear la modernidad como un progreso hacia delante, o como una ruptura con lo viejo o con la tradición, si los fulcros racionales modernos son tan sólo una modulación del pensamiento medieval?

Una recomendación en todo caso de ER.México: cuando el político analfabeto o el literato que sabe las cosas a medias se arranque con la basura retórica de la modernidad, deténgasele de inmediato con una bien conocida fórmula de Lenin, sustituyendo libertad por nuestro tema en cuestión: ¿modernidad para qué?


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