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¿Más democracia o más Estado?

Estrategias contra la violencia

Idealismo civil y fundamentalismo democrático o realismo político y razón de Estado

Sábado 15 de enero de 2011, por ER. México


Un estudio reciente de la Universidad de Heidelberg arrojó cifras que en realidad poco deberían de sorprendernos: México se sitúa dentro de los seis países más violentos del planeta. En efecto, el Barómetro de Conflictos 2010 realizado por el Instituto Internacional de Investigación de Conflictos de la universidad alemana calificó a México como uno de los países más conflictivos del mundo, al lado de Irak, Somalia, Sudán, Afganistán y Pakistán.

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México está dentro de los 6 países más violentos del mundo

En lo que va del sexenio de Felipe Calderón (2007 a la fecha), la suma de muertos en el contexto del conflicto entre el gobierno y los cárteles del narcotráfico (y entre los cárteles mismos) llega a un total aproximado de 30 mil. Muertes civiles y de elementos tanto del ejército como de los cárteles criminales, pero muertes también de miembros, o de la clase política, o de la clase gobernante misma (alcaldes locales, candidatos a gobernador), lo que implica que la escalada de violencia alcanza ya a todos los estratos de la capa conjuntiva del cuerpo político.

Nunca ha estado México en un grado de descomposición política como el que tenemos a la vista, y ha sido notable la diferencia cualitativa que se da entre los regímenes panistas (de 2000 a la fecha) y los regímenes priístas. Porque, al parecer, los regímenes priístas lograron mantener bajo mejores registros de control político a los grupos de narcotraficantes, y no fue sino hasta la entrada del PAN en el gobierno (Vicente Fox, 2000-2006, Felipe Calderón 2007-) cuando todos esos controles se desdibujan o debilitan de manera alarmante.

Pero llama la atención a ER.México la manera en que se ha criticado al gobierno federal: por un lado, a juicio de muchos (oposición, periodistas, sociedad en general) la culpa de todo tendría que recaer en la estrategia que, bajo el rótulo de "guerra al crimen organizado", hubo de poner en marcha el gobierno Calderón, tomando acaso por supuesto que la violencia es derivación directa de la ofensiva imprudente del gobierno federal. Por otro lado, son también muchos quienes, de inmediato, señalan con el dedo a Estados Unidos, desplazando la culpa de todo tanto al consumo de drogas del país del norte como al flujo de armas que desde allá mismo entra a tierras nacionales, incrementando la presencia de armas en el país.

Y hay una tercer interpretación: aquélla que, incurriendo en un sociologismo muy característico, adjudica las causas del problema a la descomposición de la sociedad en su conjunto: la pobreza y la desintegración familiar de zonas económicamente deprimidas (sobre todo en el norte del país) produce bolsas enteras de sicarios y narcotraficantes en potencia, presa fácil de cárteles criminales que, ante la falta de oportunidades educativas y laborales, reclutan por centenas a jóvenes sin horizonte de futuro. Según estas interpretaciones, la solución tendría que venir por vía de becas educativas, programas y "políticas sociales" y estrategias de desarrollo económico regional.

Sin perjuicio de conceder un cierto grado de verdad a estas interpretaciones, hay una perspectiva generalizada en los análisis: la perspectiva desde la que se sustantiva a la sociedad civil, considerándola como separada o destacada ontológicamente de una sociedad política en tanto que sede del Poder a la que en general se repugna, pues es desde la posición de los gobernantes (representantes por antonomasia de la sociedad política) desde donde se toman decisiones incorrectas o imprudentes en perjuicio de la ciudadanía.

Dice un pánfilo aunque irritado activista en una asamblea reciente de la también recientemente formada plataforma ¡Basta de sangre!: es preciso manifestarse contra "la voluntad de un solo hombre (Felipe Calderón) que está decidiendo por millones llevar a cabo su guerrita. ¿O lo consultó con alguno de ustedes? Él se vino a mover un avispero, pero se refugia en su búnker y nos ha dejado a merced de las avispas". Y en otro momento dice también, exponiendo a lo grande su simplismo vulgar y ciudadano, cursi pero claro como el agua: "queremos, ilusamente, que los ciudadanos hagan a un lado el miedo y que se lo hagan saber a esa gente que está arriba, en el poder. Es cierto que sólo somos una docena de locos, pero confiamos en contagiar a más personas, que hagan suya esta campaña, porque sólo el pueblo es el que defiende al pueblo".

Error, señor mío: es en todo caso el Estado la figura desde la que se defiende no ya al pueblo cuanto a la nación política misma, y no se trata de que la ciudadanía "manifieste" su descontento para solucionar el gravísimo y dramático problema del narcotráfico descontrolado; pero tampoco se trata de becas o de programas sociales nada más, sino de la posibilidad de este régimen concreto para erguirse en poder constituido con la potencia suficiente como para poner un alto a otros poderes reales. Si este régimen no es capaz de ello; si no es capaz de mantener la soberanía nacional bajo su resguardo, es preciso derribar ese régimen, pero no ya para abrirle las puertas a la participación ciudadana democrática, sino quizá para instaurar un régimen fuerte y sólido, con la potencia suficiente (tanto militar como estratégica) para reconstruir la ordenación de fuerzas reales al interior del Estado mexicano. De lo contrario, no es que la sociedad o el pueblo se salvarán a sí mismos: será otro Estado el que lo haga, y es obvio que ese Estado será nuestro vecino del norte.

En otras palabras: aquí lo que se tiene que privilegiar no es a la democracia o a la sociedad civil, sino a la razón de Estado, pues sin Estado toda virtud política no es más que música celestial.


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