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Septiembre, mes de la Patria... chica. ¿Y la Patria grande?

Bicentenario y la Idea de México

Se celebra en todo el país el inicio de la Independencia; pero el problema es la Idea de México

Jueves 16 de septiembre de 2010, por ER. México


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Con una escandalosa parafernalia y una no menos proporcional cobertura mediática, el anunciadísimo magno evento Bicentenario en el marco del cual hubo de tener lugar el Grito de Independencia con el que año con año se celebra en México el inicio de la guerra y revolución de Independencia, el día de ayer les fue dado a los mexicanos presenciar, bien sea in situ, bien sea por televisión, el espectáculo con el que el gobierno federal conmemora los -en efecto- 200 años de vida independiente de México.

En años anteriores, sobre todo a partir de la crisis política desatada en 2006, el Zócalo de la ciudad había sido un escenario dividido en el que había tenido lugar una doble celebración: la del Gobierno del Distrito Federal y el Gobierno Legítimo por un lado, y la celebración oficial del Gobierno Federal.

En esta ocasión, el escenario fue en su totalidad ocupado por el gobierno federal, entendemos que por la magnitud y simbolismo del año en cuestión, el 2010, y en virtud del cual hubo un acuerdo tácito entre las instancias nacionales y las capitalinas para que sea el presidente de la República en exclusiva quien encabezara tan memorable celebración.

No obstante esto, Andrés Manuel López Obrador convocó a la celebración del Grito de Independencia en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

Durante meses y de hecho años previos, Comisiones ad hoc habían sido organizadas a efectos de poner en marcha un plan global de celebraciones. Por parte del gobierno federal, la comisión correspondiente fue en realidad un fiasco lamentable, habiendo tenido varios comisionados, sin fuerza ni política ni intelectual ninguno de ellos, y prácticamente ignorados por un gobierno nacional inmerso en crisis económicas, de seguridad y políticas que hubieron de terminar por aislar a la Comisón del Bicentenario en los pasillos burocráticos de segunda o tercera categoría.

Pero tampoco podemos decir mucho en relación a la Comisión bicentenaria de la ciudad de México, pues, además de haber quedado ahogada por la terrible crisis económica y financiera del gobierno del DF en virtud de la cual vio desplazada su agenda por otras urgencias en la jerarquía presupuestal, la titularidad de la misma -y que sí se mantuvo a lo largo del tiempo- hubo de volcar sus intereses a la organización de eventos y actividades, fundamentalmente de carácter artístico-lúdico-cultural, de muy poca potencia conceptual o teórica, a unos pasos nomás incluso de la más estúpida frivolidad juvenil, como para ser capaz de trazar nuevas rutas de discusión o de proyectar nuevos derroteros ideológicos.

En todo caso, hubo, sí, una actividad que puede ser rescatada: se trata del foro de debate y discusión organizado por la Comisión federal, denominada Discutamos México, diseñada con el propósito de reunir en alrededor de 150 programas a especialistas en multiplicidad de temas agrupados en función de 23 ejes temáticos (desde Mesoamérica y la época virreinal hasta el México moderno, la así llamada transición democrática y la prospectiva en torno del México de los próximos 100 años).

Y es que, en realidad, a efectos de atender a los intereses de análisis y crítica de El Revolucionario, lo que nos parece decisivo -y de hecho problemático- en estas celebraciones o conmemoraciones es el hecho de que se haya desarrollado todo en el interior de los límites nacionales de México, es decir, en los límites de la Patria chica, unos límites que no desconocemos en absoluto ni mucho menos, pero que observamos, desde un punto de vista histórico universal, desbordados de todo punto por la realidad histórico cultural hispanoamericana, una realidad, una Patria grande en marcha respecto de cuyo curso y despliegue dialéctico e ideológico es imprescindible tomar una posición concreta y definida, y no retórica o de superficie.

Es evidente para todos que la descomposición del Estado mexicano tanto en el terreno económico nacional como en el político y, sobre todo, en el de la seguridad interna del Estado, ha alcanzado cotas de alarma extrema -y ya se encargó la secretaria de Estado norteamericana, señora Hillary Clinton, de hacérnoslo saber al afirmar, en su charla-conferencia en el Consejo de Relaciones Internacionales de hace unas semanas, que México es ya lo que Colombia fue tan sólo hace unas décadas en materia de descontrol total de los cárteles del narcotráfico-, y ahí no hay vuelta de hoja en el sentido de la crítica que debe hacerse al hecho de que, a 200 años -aproximadamente, claro- del inicio de nuestra vida independiente -en realidad el cómputo tendría que iniciarse a partir de 1821, es decir, que el bicentenario de la independencia en realidad tendrá que celebrarse en 2021- es de todo punto deplorable el estado en que se encuentra la nación.

Pero, con todo, el hecho es que esos problemas -económicos, políticos, de seguridad, de criminalidad, de corrupción- son en realidad homologables a cualquier Estado del mundo contemporáneo, y tienen que ser solucionados con la misma urgencia y efectividad tanto en Sudáfrica como en Francia, tanto en Venezuela como en Malasia, tanto en México como en Noruega, al márgen de que sean 200, 189, 77 o 32 los años que el país de referencia tenga de vida independiente.

El asunto es entonces que hay otro plano problemático, el histórico-filosófico, en donde se dibujan grandes problemas también, pero de otro orden; son problemas proyectados a la escala de las Ideas (históricas, filosófico-políticas) en función de las cuales pueden ser trabajadas y analizadas, criticadas, ecuaciones histórico políticas de larga duración y de grandes alcances y proporciones.

Y es éste plano problemático, así nos lo parece desde ER.México, en donde la Idea de México no puede ser completada al márgen de su coordinación geométrica con otras Ideas (como la idea de Venezuela, de Cuba, de Argentina, e indiscutiblemente la Idea de España) en tanto que participantes de una mismo plano histórico, y en contraposición dialéctica también con otras series de Ideas (como la idea de Estados Unidos, de China o de Finlandia, pongamos por caso).

Esta diferencia es a nuestro juicio lo que marca la distancia abismal entre el plano político-administrativo del Estado y el plano político-histórico del Estado.

Y es sólo desde el segundo plano como podría ser visto en toda la fuerza posible de su simbolismo -y al márgen de que, por ejemplo, se haya logrado abatir la pobreza o no a 200 años de distancia- el hecho de que los aviones del Ejército nacional mexicano, en vez de sobrevolar exclusivamente el cielo mexicano según el protocolo habitual con el que cada 16 de septiembre realizan las prácticas del alarde militar con el que se afirma y se demarca el Estado nacional mexicano -"dentro de estos límites, la soberanía es de la nación"-, hayan sobrevolado, en esta tan especialísima ocasión del Bicentenario, los cielos de Venezuela, Cuba o Ecuador (haciendo escala, por ejemplo, en La Habana o en Caracas o en Guayaquil), proponiendo la demarcación y reafirmación de una plataforma histórico-cultural, pero también político-militar, ésta es la cuestión, de cara al futuro respecto del que políticos y analistas simplones se llenan la boca en sus discursos oficiales o en sus mesas de análisis y "debate" políticamente correcto.

2012 es también fecha de poderosísimo simbolismo, pues es el año de la Constitución de Cádiz de 1812 y de la configuración de la Nación española (conformado por los habitantes de ambos lados del Atlántico), que con tanto interés analizaron Carlos Marx y Federico Engels en La revolución en España, pero creemos que si ya es de suyo imposible -y delirante para quienes son incapaces de ver la escala problemática en la que nos situamos- el poder ver aviones de la Fuerza Aérea Mexicana haciendo escala en Caracas o Guayaquil, y en sentido inverso, a mil leguas, si no es que quizá a cien mil, está entonces la posibilidad de ver aviones mexicanos sobrevolando cielo español, o, también, en sentido inverso.

Pero esta es, en todo caso, la clave histórica y política, real, militar y geoestratégica, del problema y de la Idea misma de México en el contexto de su Bicentenario.

Todo lo demás son cuestiones completamente secundarias de organización de eventos de intercambio cultural.

Pero en todo caso y en definitiva, y para que no se nos malinterprete, desde ER.México decimos también ¡Que viva México!


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