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Los sindicatos se arrogan la representación del «pueblo» madrileño

Huelga corporativa en el Metro de Madrid

Confunden sus intereses como gremio con los de la Nación Española

Jueves 1ro de julio de 2010, por ER. Barcelona

Los sindicatos de clase, esas sectas al servicio del socialfascismo español, han decidido realizar una huelga general revolucionaria en el Metro de Madrid porque los recortes implantados por el mismo gobierno socialfascista, al que apoyan servilmente, han obligado al gobierno regional madrileño a rebajar el sueldo y vulnerar así el convenio colectivo. Dicha huelga para nada tiene en cuenta a las clases trabajadoras y ni mucho menos a la Nación Española, aunque parece que serán respetuosas con el denominado «Día del Orgullo Gay».

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El Metro de Madrid, paralizado
La clase obrera se enfrenta a despidos y precariedad por culpa de la huelga sectaria del gremio del Metro

Independientemente de las fuerzas de las que dispongan estos sindicatos para imponer sus puntos de vista (a los que se añaden otras centrales como la anarquista Solidaridad Obrera), no deja de contrastar este comportamiento con el de los principales dirigentes del sindicalismo español, que prefieren dejar una huelga general para el mes de septiembre, camuflándola además con otra protesta de ámbito europeo para que se note lo menos posible.

La excusa para la organización de esta huelga, que durante esta semana está paralizando el transporte público en la capital de España, es que los trabajadores del Metro de Madrid (funcionarios privilegiados, ya que no sólo disponen de un puesto de trabajo público, sino además de un convenio colectivo que les permite mejoras salariales al margen de lo que dicte la administración central) van a ver disminuido su sueldo. Todo porque la Comunidad de Madrid ha de aplicar las medidas de reducción de salarios que el gobierno socialista de España ha establecido por ley.

Sin embargo, si realmente semejante protesta fuera por reivindicaciones económicas, se mantendrían los servicios mínimos para no perjudicar a los usuarios del Metro, casi todos personas de clases medias y bajas que no tienen más sustento que un trabajo precario. Una huelga sin servicios mínimos es una huelga general revolucionaria con el objetivo de perjudicar a determinados dirigentes políticos. De hecho, no es la primera vez que el gobierno madrileño de la dirigente del PP, Esperanza Aguirre, sufre distintas huelgas revolucionarias de este tipo, alentadas por el PSOE, para intentar disminuir la popularidad que la ha conducido a revalidar su mayoría absoluta en la Comunidad de Madrid. A los cortes de la señal de la televisión pública Telemadrid hay que añadir sabotajes en el Metro que provocaron varios heridos y que podrían haber causado desgracias mayores.

«Nosotros somos el pueblo de Madrid»

Al igual que los nazis afirmaban representar la voluntad del pueblo alemán («Hitler es Alemania», decía Rudolf Hess del Führer en el famoso documental de Lennie Rieffenstal, El triunfo de la voluntad), los sindicalistas del comité de huelga han llegado a decir, en su idiotez supina: «Somos el pueblo de Madrid». Estúpida confusión de lo que son sus derechos como gremio con los intereses de la Nación Española, sometida a un desgobierno generalizado.

Pero el auténtico pueblo de Madrid, los trabajadores que usan el Metro para acudir a sus trabajos mal pagados y desde luego que no garantizados por ley, al contrario de los puestos de los huelguistas, está ciertamente harto de ver cómo los sindicatos son los mayores enemigos de la clase obrera. Si en los tiempos en los que el anterior gobierno del PP, con bonanza económica, terminaba su presidencia de turno europea los sindicatos, por indicación expresa de la socialdemocracia, organizaron una huelga general, ahora la patética presidencia europea del PSOE, el hazmerreír de toda Europa, se ha ido de rositas y con los sindicalistas dejando la asignatura pendiente de la huelga general para septiembre.

El sindicalismo, sin embargo, va de la mano del socialfascismo y no hace nada. Por no hacer, no hace absolutamente nada para combatir el paro galopante de España ni para atajar la crisis económica en ninguno de sus aspectos. Pero la incompetencia del sindicalismo ya es proverbial: no olvidemos que cuando organizaron sus empresas cooperativas todas fueron a la quiebra absoluta. Eso sí, el dinero público empleado en las mismas jamás fue devuelto por las corruptas centrales sindicales.

Los sindicatos, con su cohorte de liberados en los comités de las empresas, su red de cursillos de formación inútiles y su legión de dirigentes apesebrados, son los únicos que no parecen haberse enterado que el Muro de Berlín y la Unión Soviética se derrumbaron hace veinte años. Pretenden que todos vivamos a costa del Estado, pero parecen olvidar que en el socialismo realmente existente había políticas de pleno empleo, que obligaban a no rechazar un trabajo y que desde luego no ofrecían la oportunidad de cobrar una renta básica por no hacer nada, una reedición del derecho a la pereza del yerno de Marx, Lafargue.


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