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En virtud de la «libre asociación» de los individuos

El anarcoliberalismo y la cuestión nacional

Desde postulados liberales se apoya una Nación Catalana

Viernes 18 de junio de 2010, por Grupo Promacos

En otro artículo ya hablamos del individualismo metodológico de este anarcoliberalismo. Pero ahora analizaremos una vertiente más concreta, las consecuencias políticas de tal doctrina y la ocasional defensa de la Nación Española que se les atribuye.

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Referendum separatista de Arenys de Munt
El anarcoliberalismo le da su visto bueno siempre que sea «liberal»

El anarcoliberalismo, defendido por distintas instituciones en España (Instituto Juan de Mariana, Universidad Carlos III) propugna como es bien sabido un individualismo metodológico, donde cualquier entidad estatal y política sólo es valorada positivamente si sirve como medio para mantener esa supuesta libertad individual originaria. De tal manera que siempre antepondrán la «libertad individual» a la Nación Española. Según esta doctrina, el Estado sólo se mantendría si permitiese esa metafísica libertad y no forzase una «coacción redistributiva», impuesta a una sociedad que funcionaría como un mero agregado de individuos que tanto pueden unirse como separarse en virtud de su «libre voluntad»: Tomás Paine equiparó sociedad con anarquía y Von Hayek habló del «orden espontáneo».

Sin embargo, desde el Grupo Promacos hemos de advertir de las consecuencias de semejante anarcoliberalismo para la Nación Española. Un Estado catalán independiente podría ser tanto o más liberal que España y sería tolerado por tales organismos anarcoliberales. Si España es un Estado coactivo con esa metafísica «libertad individual», y un grupo de españoles no desean seguir unidos a España, entonces el anarcoliberalismo no verá con malos ojos que se separen tales personas y formen su propio Estado «liberal». Para ellos, sólo el mercado, la libre empresa y el acuerdo voluntario, entidades que se autosostienen y autorregulan en una metafísica armonía preestablecida, son tolerables.

Anarcoliberalismo que es una pura teoría ficción que no se cumple jamás, pues los Estados no son meras emanaciones de las «voluntades individuales», sino situaciones de equilibrio históricas producto de guerras y conflictos, de situaciones manu militari que tanto desdeñan desde su sedicente individualismo estos sujetos.

El liberalismo, afirman estos sujetos, nada tendría en contra de las naciones formadas por la libre voluntad de las partes. Está muy bien llenarse la boca con la libre voluntad de los individuos, y nadie niega que no exista en determinados contextos. Pero, ¿cómo cuantificar esa libre voluntad? Como la única forma de consulta popular hoy día reconocida y cuantificable es el sistema de elecciones, la expresión de tal «voluntad popular» sería sin duda un referendum. Los referendums de Arenys de Munt y otras localidades catalanas, auténticos actos de sedición tolerados, serían medios válidos, según este anarcoliberalismo, para cuantificar esa «voluntad popular» y para la formación de nuevos estados. Estados cuyos límites no estarían fijados, al prescindir de todo marco histórico y político y depositar todo el peso de la argumentación en la libertad individual y la «libre voluntad popular». Esta teoría valdría tanto para convertir en Estado a Cataluña como al Puente de Vallecas.

Por el contrario, desde el anarcoliberalismo se verá como mero «totalitarismo» la imposición manu militari de España frente a quienes intentan su destrucción. Esto es: el anarcoliberalismo afirma que no se debe hacer nada contra los partidos extravagantes que pueblan nuestro arco parlamentario y aspiran a destruir la Nación Española en claros actos de sedición: ERC, PNV, CIU, &c. El único pero que les ponen es que son «totalitarios» y no respetan «la libertad».

Y, si todo depende de la libertad, entendida como libre albedrío y no como conciencia de la necesidad, al final no importan los argumentos históricos en favor de la Nación Española. Ni siquiera se valorará la potencia de una lengua nacional, frente a otras lenguas regionales. No importará, por ejemplo, que unos sujetos publiquen libros de Economía en lengua catalana, gallega, valenciana o vasca ya traducidos o escritos en español, pese a que el mercado para tales lenguas sea virtualmente nulo y sólo pueda venderse semejante engendro mediante subvenciones públicas (que, paradójicamente, para los anarcoliberales sería el malvado intervencionismo estatal): en virtud de la «libre asociación» de los individuos y su «libre voluntad», quienes hablen la lengua vernácula tendrán derecho a pedir obras traducidas a semejantes lenguas minoritarias.

Y si esos mismos sujetos, en virtud de su «libre voluntad», pretenden preservar el catalán, podrán hacerlo, siempre que sean respetuosos con la «libertad» de quienes no desean hablar catalán. Pero da la casualidad que lo que eufemísticamente se denomina como «preservar» es en realidad una «inmersión lingüística» con vistas a formar, según la «libre voluntad» de la oligarquía imperialista catalana, un futuro Estado Catalán sin ninguna relación con España, tanto si es «liberal» como si no.

Si esto no es complicidad con el separatismo antiespañol, ya no sabemos qué lo será.


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