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Ponerse al amparo de un Imperio no anula la soberanía del Estado

La soberanía española y sus limitaciones europeas y americanas

Sobre la «pérdida de soberanía» de España

Viernes 21 de mayo de 2010, por Grupo Promacos

Cuando España comenzó a integrarse como miembro de pleno derecho en la Unión Europea, se firmaron varios tratados, entre ellos el famoso Tratado de Maastrich de 1990, que según afirmaban ciertos especialistas, suponía una «pérdida de soberanía». Pero ciertamente los términos en los que se interpretaba semejante tratado eran bastante absurdos, pues decir que un Estado es un poco soberano es tanto como decir que una mujer está «un poco embarazada».

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Bush y Aznar en las Azores, año 2003
Ambos miran al objetivo como iguales y partícipes de un proyecto común

Muchos opinólogos víctimas de lo políticamente correcto verán las decisiones de reducción del gasto, tomadas por el actual gobierno socialista de España en virtud de las advertencias de Barack Obama y Ángela Merkel, como algo normal, pues nuestra Nación, en virtud de esa «poca soberanía» que posee, tendrá siempre que aceptar las órdenes de terceros. Así, dirán que Aznar nos llevó a la Guerra de Iraq por sumisión a Estados Unidos, y que Zapatero, en un acto de soberanía pleno, nos sacó de ella, para luego tener que volver al redil una vez que mandó incluso más tropas a Afganistán.

Pero desde el Grupo Promacos hemos de calificar semejante juicio como lo que es: una verdadera majadería. Tan soberana fue la decisión de sumarse al famoso «Trío de las Azores» (que no participar en la guerra, pues España no envió tropas a luchar a Iraq) como retirar las tropas de Iraq o introducirlas en Afganistán. De hecho, cuando Zapatero retiró las tropas de Iraq no lo hizo en nombre de una libertad que negaba el yugo imperialista al que nos había sometido Aznar, sino para, literalmente, «bajarse los pantalones» ante un eje francoalemán claramente venido a menos, el mismo al que Aznar había resistido manteniendo a capa y espada los acuerdos de Niza, y frente al que se había rebelado, sumándose a la iniciativa de Estados Unidos en Iraq frente a una Francia y una Alemania que no deseban derrocar a Sadam Hussein, pues de él obtenían el petróleo directamente a bajo coste.

Y es que la pertenencia, por seguidismo de sus políticas, de un Estado o Estados a una plataforma imperial, no implica la anulación de su soberanía. En todo caso, supone el seguidismo de otros planes y programas ajenos, sin diverger de ellos decisivamente. De hecho, la Europa del Mercado Común y el Euro no surgió en nombre de un acto de soberanía de una fabulosa y fantasiosa nación europea. Fue un invento de Estados Unidos tras la II Guerra Mundial para impedir que una Europa en ruinas y desnortada cayese en manos de la Unión Soviética.

En ese sentido, ni España ni Alemania, que carece de ejército propio y al igual que nuestra Nación no posee la bomba atómica, son plenamente soberanas, pues dependen de Estados Unidos para cualquier decisión en política exterior más allá de meras componendas y paripés con otras organizaciones «internacionales». Si acaso Francia, dotada de arsenales atómicos, podría desenvolverse por su cuenta y riesgo en caso del declinar del orden internacional existente y dirigido por Estados Unidos.

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Obama otorga su bendición a Zapatero
Pero el español mira al emperador norteamericano como a un ser superior al que él, como ser inferior e indefenso, se somete incondicionalmente

La soberanía, en contra de lo que dicen algunos clásicos como Juan Bodino, no es nunca un atributo absoluto. Es el territorio que un Estado es capaz de apropiarse y negarle a otros estados del entorno. Las fronteras nacionales marcan los límites de las soberanías respectivas, pero también la presencia de otras empresas monopolistas sobre las fuentes de riqueza, o el abastecimiento a través de terceros de otras fuentes de energía, mediatizan la soberanía. Sin ir más lejos, el actual gobierno socialfascista, haciendo gala de su mentira constante, cierra centrales nucleares pero importa energía nuclear a Francia a un precio lógicamente mayor que si España la produjera.

La inmigración irregular, en tanto que supone un flujo migratorio entre países que es incontrolable en su totalidad, supone también una limitación a la soberanía, tanto del país emisor que no puede evitar la despoblación, como del receptor que no puede controlar todos esos flujos, pese a aprobar leyes que la restringen. Incluso esos mismos flujos migratorios son provocados para anegar al país que recibe a los inmigrantes y causarle problemas internos. La inmigración marroquí en el caso de España, y en general la inmigración musulmana en toda Europa, proyectada como una invasión lenta pero segura de esos países, es una forma de minar poco a poco la soberanía de los países receptores de esa inmigración.

En cualquier caso, la adhesión a un proyecto político imperial no impide que se pueda también simpatizar con otros proyectos alternativos. Desde España se pueden aceptar las directrices de Estados Unidos y al mismo tiempo tolerar el programa depredador del eje francoalemán en pos de dominar Europa, a cambio de desmantelar la industria, anular las fuentes de energía y convertir España en un páramo de cinco, seis o más millones de parados. En el límite, una situación de colapso tal podría implicar no la pérdida de soberanía, pero sí una mediatización de la misma que dejase todas las decisiones en manos de terceros. Mientras, puede soñarse tranquilamente con la Alianza de Civilizaciones y la Paz Perpetua y abominar del ya lejano Trío de las Azores.


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