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Indispensable para entender el problema de la «fiesta nacional»

Teoría del toreo

Una ceremonia e institución antropológica que simboliza para muchos a España

Martes 23 de marzo de 2010, por Grupo Promacos

Hace unas semanas se retomó en Barcelona el debate sobre la conveniencia o no de prohibir el toreo en la Generalidad de Cataluña.

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Bandera española con el Toro de Osborne
La ceremonia del toreo y el toro mismo constituyen una institución profundamente involucrada con la Historia de España

Hace unas semanas se retomó en Barcelona el debate sobre la conveniencia o no de prohibir el toreo en la Generalidad de Cataluña. En estos debates, además de constatarse que el verdadero objetivo es sumar otro ataque ¡uno más! desde una parte de España al resto, llamó la atención la cantidad de «filósofos» a los que se invitó a verter sus opiniones. Entre las manifestaciones, a favor o en contra, no había, sin embargo, intentos serios de entender qué sea el toreo, sino comentarios más o menos informados acerca de las libertades ciudadanas y su acoso por el Estado, del sufrimiento del animal, o del carácter artístico o tradicional de la fiesta.

Sin embargo, parece que, para poder defender el mantenimiento del toreo en todas las partes que componen la nación española, incluida especialmente Cataluña, hay que entender qué es el toreo y a qué se debe su presencia en España. A la espera del siguiente asalto en el Parlamento catalán, sobre este tema, Promacos quiere aprovechar la calma actual para ofrecer elementos para un análisis serio del problema.

La mejor, acaso la única, teoría sobre la ceremonia del toreo disponible es la de Alfonso Fernández Tresguerres (en su libro, Los dioses olvidados: caza, toros y filosofía de la religión, Pentalfa: 1993), que comienza con una referencia a un libro prometido sobre toros por, ni más ni menos, el filósofo José Ortega y Gasset. Si el libro de Ortega nunca llegó es porque entender la esencia del toreo no es fácil, ni siquiera para los aficionados.

De Los dioses olvidados, baste aquí con recordar que vincula la corrida de toros a la relación de tipo religioso que los hombres habrían tenido con este animal desde el Paleolítico. Al toro se le ofrecían cultos y se le sacrificaba, con intención muchas veces de aprovechar sus virtudes fecundantes. En religiones más avanzadas, antropomórficas, que aparecen por todo el Mediterráneo, los nuevos dioses toman a menudo atributos del toro o se acompañan de él en sus representaciones. Así, en la Hispania romana tuvo cierta repercusión la religión de Mitra, competidora del cristianismo y cuyo rito principal consistía en el taurobolio, por el cual la sangre de un toro purificaba a un sacerdote.

Estas ceremonias religiosas se transformaron en la España cristiana en juegos ejecutados durante bodas, primero populares y luego aristocráticas, donde la función de asegurar la fecundidad todavía estaba claramente presente. Poco a poco, la institución ceremoniosa del toreo fue adquiriendo forma hasta adquirir la actual, a finales del siglo XIX, donde, si bien el componente religioso está ausente, es necesario apelar a él para entender el desarrollo de la propia ceremonia en la que el hombre y el numen se miden frente a frente (el toro no es una víctima indefensa como un buey en el matadero, sino una persona no humana con capacidad de respuesta). En estas condiciones, el antitaurinismo, cuya historia analiza Fernández Tresguerres es, además de un modo de oponerse a una ceremonia española, una recuperación de la piedad paleolítica primitiva.


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