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Toda época se constituye en base a una serie de dogmas
La Ciencia ha sido elevada al rango de Teología de la postmodernidad
Jueves 17 de diciembre de 2009, por José Sánchez Tortosa
Toda época se constituye en base a una serie de dogmas que, junto a la solidez de sus estructuras materiales, jurídicas, económicas, políticas, garantizan estabilidad durante un periodo de tiempo determinado. Tanto más duradera será esa sociedad cuanto más consistentes sean esos cimientos. Los principios doctrinales (filosóficos, morales, religiosos, científicos, etc.) forman, por tanto, parte de esos cimientos. Cuando esos cimientos pierden fuerza se abre un periodo de crisis que desemboca en una fase distinta, con otros cimientos, con bases materiales y doctrinales diferentes. Este armazón también es temporal, también tiene fecha de caducidad («Todas las ciudades, todos los Estados, todos los reinos son mortales: toda cosa, por naturaleza o por accidente, llega a su fin y acaba, un día», recuerda Guicciardini). Este proceso de transformación se produce también en el campo terminológico, y así, nuevas palabras vienen a sustituir a los vocablos que ya no son operativos en el contexto de la mentalidad consensuada, materialmente generada verbalmente: «Cambiaron incluso el significado normal de las palabras en relación con los hechos, para adecuarlas a su interpretación de los mismos. La audacia irreflexiva pasó a ser considerada valor fundado en la lealtad al partido, la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada, la moderación, máscara para encubrir la falta de hombría, y la inteligencia capaz de entenderlo todo incapacidad total para la acción; la precipitación alocada se asoció a la condición viril, y el tomar precauciones con vistas a la seguridad se tuvo por un bonito pretexto para eludir el peligro». (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, III, 82, 4).
Hoy, ese tránsito terminológico se puede detectar en el inquietante término negacionismo, aplicado a la resistencia que se pueda presentar a los dogmas del cambio climático (de etiología antropogénica), actual Verdad revelada por la Diosa Ciencia y el fundamentalismo científico, esa perversión de la racionalidad científica de matriz griega, que es la concepción de una racionalidad finita, no idealista. La Ciencia ha sido elevada al rango de Teología de la postmodernidad. Cuanto sea ofrecido bajo su invocación quedará automáticamente bendecido por la ignorancia intelectualizada de las masas pseudoalfabetizadas de las sociedades opulentas. La fuerza de la idiotez colectiva es implacable e impide al individuo acogido en su seno poner en duda proyecciones de futuro apocalípticas que incumplen las precauciones metodológicas más elementales. El nombre de ciencia queda al servicio del culto a un Absoluto, a una trascendencia, que aparece envuelta en palabras ajustadas a las modas ideológicas del momento. Una fe institucionalizada (secretarías del cambio climático, estudios sobre calentamiento global, asignaturas como «Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente», etc) y dotada de la correspondiente liturgia.
Cabe recordar que negacionismo es el término aplicado a los que niegan la shoah, el exterminio deliberado y sistemático, industrialmente planificado, de todos los judíos de Europa (unos 6 millones, según las estimaciones más prudentes, incluidos no sólo ya niños y ancianos, sino también fetos, todos ellos seres humanos, según la categorización convencional), seguramente el acontecimiento histórico mejor y más documentado. Emplearlo para referirse a quien se plantea razonables dudas acerca de lo que la ideología de lo políticamente correcto ha consagrado como dogma de fe, no un hecho histórico sino previsiones de futuro sobre intervenciones que pueden afectar al medio ambiente pero que no van dirigidas al exterminio de seres humanos, resulta inadmisible. Pero en este lodazal relativista del pensamiento inane cualquier expresión vale con tal de alimentar mediáticamente las llamas de la retórica triunfante. Y así, fórmulas dañinas como la comentada o abiertamente ridículas, como «Justicia climática», se acaban imponiendo en la jerga colectiva, convencional y políticamente correcta, como dogmas sagrados que no es prudente cuestionar, por mucho que se trate de un disparate conceptual que mezcla sin rigor ninguno parámetros categoriales inconmensurables.