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Indígenas ecuatorianos, invitados por Amnistía Internacional, viajan a París con un nuevo proyecto

Ayahuasca y flores frente a petróleo

Inspirados en un grupo de chamanes, los líderes indígenas pretenden levantar un muro de flores

Lunes 23 de noviembre de 2009, por ER. Quito

El caudillo indígena pretende, en una fórmula harto cursi, levantar un “muro de flores”, es decir, una especie de empalizada vegetal confeccionada con millares de árboles florales

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Ayahuasca, don de Pachamama

Mientras en las embajadas de Ecuador y Colombia, tras 20 meses de cierre, reabren sus puertas para vislumbrar el final del conflicto entre ambas naciones hispanas, lejos del Cono Sur, en la francesa París, representantes del pueblo Kichwa de Sarayaku, en la provincia de Pastaza, enclavada en la Amazonía ecuatoriana, escenificaban su lucha contra las petroleras que, según las propias palabras del líder indígena José Gualinga, penetran en “su territorio” para proceder a su expolio. Y cuando nos referimos a dicho territorio en términos de propiedad, lo hacemos a sabiendas de que los Kitchwa de Sarayaku obtuvieron del Estado de Ecuador títulos de propiedad colectiva sobre este territorio de 300 km de largo y 135.000 hectáreas de bosque. Superficie en la que ahora pretenden penetrar las susodichasempresas.

Gualinga, bajo la protección de Amnistía Internacional y encomendado, faltaría más, a Pachamama, no se dejó en el tinteto tópico alguno relacionado con el Mito de la Naturaleza, para después explicar su estrategia frente a las petroleras: el caudillo indígena pretende, en una fórmula harto cursi, levantar un “muro de flores”, es decir, una especie de empalizada vegetal confeccionada con millares de árboles florales.

El proyecto, por añadir, si cabe, algún componente espiritualista más, ha sido inspirado por los llamados yachaks (chamanes) que, con ayuda de la ayahuasca, tuvieron la feliz y alucinada idea de crear dicho muro arbóreo.

Desde El Revolucionario, nada nuevo podemos comentar. Nada que no sea reiterar nuestra posición, abiertamente opuesta, tanto a la fragmentación de la nación ecuatoriana en función de supuestos “derechos ancestrales” o étnicos. A estas aberraciones, plenamente insertas en las posturas más reaccionarias, y de las cuales hacen bandera ciertos movimientos autodenominados izquierdistas, hemos de añadir un componente profundamente repulsivo desde nuestras posiciones: el esperpéntico y, por muchas razones, estupefaciente, episodio de los yachaks, cuyos errores condenamos con la misma solemnidad, al menos, que ellos muestras en sus estúpidos y espiritualistas bucles.


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