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Re/visiones Hispanoamericanas

José Enrique Rodó (I)

Arielismo ameriano

Jueves 5 de noviembre de 2009, por Raúl Trejo Villalobos


Según vimos en nuestras dos entregas anteriores, tanto Bulnes como Bunge, después de sus respectivos estudios sobre la realidad hispanoamericana, el porvenir de la misma no es muy favorable. El estudio de Bulnes (El porvenir de las naciones hispanoamericanas, 1899) se caracteriza por cuestiones principalmente sociales y económicas. Por su parte, el de Bunge (Nuestra América, 1903), se caracteriza por cuestiones de carácter psicológico.

No obstante la perspectiva, tanto para el uno como para el otro, en mayor o en menor medida, el problema de los pueblos hispanoamericanos, el problema principal, consiste en que éstos son pueblos mestizos, pueblos híbridos; pueblos, en fin, al decir de ellos, que tienen en su sangre y en su carácter ascendencia española y latina. No son, pues, dicho sea en pocas palabras, pueblos de raza pura, como los sajones.

De aquí que la propuesta de ambos consista en erradicar los defectos, los vicios y los males de los hispanoamericanos mediante el trabajo. Particularmente, mediante la industrialización, para el primero; y mediante la europeización, para el segundo.

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José Enrique Rodó
1871 - 1917

Ahora bien, de acuerdo a lo dicho en la primera entrega, Re/visiones hispanoamericanas –misma que le da nombre a este espacio-, no podemos dejar de lado, en primer lugar, que parte del contexto político internacional está precisamente en la guerra de 1898, guerra en la que España perdió sus últimas colonias de ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) y en la que Estados Unidos continúa, de alguna manera, la consolidación de su poderío imperial. Asimismo, no podemos dejar de lado, que la cuestión entre lo latino y lo sajón está en su mero apogeo. En este sentido, Bulnes y Bunge son pro-sajones. José Enrique Rodó (uruguayo, 1871-1917), de quien ahora nos ocuparemos, no.

En efecto, hacia 1900, un año después del libro de Bulnes y tres antes del libro de Bunge, Rodó publicó Ariel, pequeño sermón laico, pequeño breviario espiritual para los hispanoamericanos, pero grande en sus repercusiones y en su significado.

Al decir de Rodó, en sus primeras páginas, “Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, —el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida.”

Cabe destacar que todo lo que dice Rodó en este texto, lo dice a través de Próspero, “el viejo y venerado maestro”. Maestro que le habla a sus alumnos en un fin de curso, alumnos que son, a la postre, la juventud hispanoamericana.

En otros términos, el texto de Ariel está compuesto por ocho apartados, de los cuales, el primero y el último están dedicados a crear el ambiente y las circunstancias en las que Rodó-Próspero le habla a los alumnos-juventudes hispanoamericanas, mientras que los seis restantes son el contenido del sermón-discurso de fin de curso.

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Ariel, de 1900
Bulnes y Bunge son pro-sajones, José Enrique Rodó, no

En lo que respecta al segundo apartado, primero propiamente del discurso, Rodó-Próspero habla sobre la juventud y lo que esta representa en la sociedad y lo que ha representado en algunas culturas. Habla, asimismo, sobre la cuestión de que ésta, la juventud, en todo momento, debe contar con un programa, con un proyecto para su porvenir. Y, habla, finalmente, por un lado, sobre la necesidad de tener fe en la vida –la cual no debe confundirse con un “optimismo cándido”-, mediante los ideales; y, por otro lado, sobre la necesidad que tiene Hispanoamérica de sus juventudes.

El asunto primordial del tercer apartado consiste en la necesidad del desarrollo de todas las facultades humanas, en conjunto, tanto individual como colectivamente; así como en los peligros que pueden traer si solo se cultiva alguna de éstas. En este sentido, Rodó advierte: “La divergencia de las vocaciones personales imprimirá diversos sentidos a vuestra actividad, y hará predominar una disposición, una aptitud determinada, en el espíritu de cada uno de vosotros. — Los unos seréis hombres de ciencia; los otros seréis hombres de arte; los otros seréis hombres de acción. — Pero por encima de los afectos que hayan de vincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos de la vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma, la conciencia de la unidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto interés de todos pierda su virtud comunicativa.”

El tema del cuarto apartado concierne a cuestiones de ética y estética. Particularmente, a la educación en el sentimiento de lo bello y su relación con la moralidad. En este caso, comenta Rodó: “Yo creo indudable que el que ha aprendido a distinguir de lo delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media jornada para distinguir lo malo de lo bueno. No es, por cierto, el buen gusto, como querría cierto liviano dilettantismo moral, el único criterio para apreciar la legitimidad de las acciones humanas; pero menos debe considerársele, con el criterio de un estrecho ascetismo, una tentación del error y una sirte engañosa. No le señalaremos nosotros como la senda misma del bien; sí como un camino paralelo y cercano que mantiene muy aproximados a ella el paso y la mirada del viajero. A medida que la humanidad avance, se concebirá más claramente la ley moral como una estética de la conducta. Se huirá del mal y del error como de una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una armonía.”

Más adelante, también especifica que parte de la importancia de una cultura estética radica precisamente en que ésta es un medio de divulgación. En concreto, dice: “En el carácter de los pueblos, los dones derivados de un gusto fino, el dominio de las formas graciosas, la delicada aptitud de interesar, la virtud de hacer amables las ideas, se identifican, además, con el «genio de la propaganda», — es decir: con el don poderoso de la universalidad. Bien sabido es que, en mucha parte, a la posesión de aquellos atributos escogidos, debe referirse la significación humana que el espíritu francés acierta a comunicar cuanto elige y consagra. — Las ideas adquieren alas potentes y veloces, no en el helado seno de la abstracción, sino en el luminoso y cálido ambiente de la forma. Su superioridad de difusión, su prevalencia a veces, dependen de que las Gracias las hayan bañado con su luz. Tal así, en las evoluciones de la vida, esas encantadoras exterioridades de la naturaleza, que parecen representar, exclusivamente, la dádiva de una caprichosa superfluidad, — la música, el pintado plumaje, de las aves: y, como reclamo para el insecto propagador del polen fecundo, el matiz de las flores, su perfume, — han desempeñado, entre los elementos de la concurrencia vital, una función realísima; puesto que significando una superioridad de motivos, una razón de preferencia para las atracciones del amor, han hecho prevalecer, dentro de cada especie, a los seres mejor dotados de hermosura sobre los menos ventajosamente dotados.”

Convencido de que la época tiene la marca del desarrollo científico y el de la democracia en los países occidentales, la quinta parte la dedica Rodó a esclarecer cuestiones relativas a la segunda, la democracia, a efectos de poder entenderla mejor. Es decir, no entenderla en su relación con el utilitarismo; y, en la cual no se sobreponga, por ejemplo, la cantidad sobre la calidad. De acuerdo a esto y con respecto a los países hispanoamericanos, señala: “Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social, un doble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por la incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita; por la afluencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil para verificar un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano con los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden político seguro y los elementos de una cultura que haya arraigado íntimamente, — nos expone en el porvenir a los peligros de la degeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del número toda noción de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que, librando u ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de las supremacías.”

En torno a la cuestión de la igualdad, tanto desde una perspectiva de las posibilidades y las realidades como desde una perspectiva de lo material y lo espiritual, Rodó considera lo siguiente: “Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un imprescriptible elemento aristocrático, que consiste en establecer la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de los asociados. Ella consagra, como las aristocracias, la distinción de calidad; pero la resuelve a favor de las calidades realmente superiores, — las de la virtud, el carácter, el espíritu, — y sin pretender inmovilizarlas en clases constituidas aparte de las otras, que mantengan a su favor el privilegio execrable de la casta, renueva sin cesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas del pueblo y la hace aceptar por la justicia y el amor. Reconociendo, de tal manera, en la selección y la predominancia de los mejor dotados una necesidad de todo progreso, excluye de esa ley universal de la vida, al sancionarla en el orden de la sociedad, el efecto de humillación y de dolor que es, en las concurrencias de la naturaleza y en las de las otras organizaciones sociales, el duro lote del vencido.”

Ahora bien, los cuatro apartados anteriores son, en síntesis, una serie de temas para entrar a la cuestión entre latinos y sajones. O, más particularmente, para hacer una serie de críticas a Estados Unidos. Este es, en efecto, el asunto del sexto apartado. Para empezar, dice Rodó: “La concepción utilitaria, como idea del destino humano, y la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción social, componen, íntimamente relacionadas, la fórmula de lo que ha solido llamarse, en Europa, el espíritu del americanismo.”

No obstante que Rodó habla de los Estados Unidos, en momentos, en términos de sus méritos y su grandeza, lo sustancial de este apartado consiste en hacer una crítica en el sentido de que el desarrollo de su ciencia –tanto como su moral- está orientado al utilitarismo. También critica, por el lado de la estética, que carezca de un verdadero sentimiento artístico y que sus ideales se caractericen, entre otras cosas, por su engrandecimiento material. Muy distinto a las ideas de Bunge y Bulnes, Rodó considera que los Estados Unidos no es, desde esta perspectiva, un modelo a seguir y mucho menos a imitar. Antes que seguirlo como modelo o imitarlo, Rodó es de la idea que los pueblos hispanoamericanos no deben renunciar a la búsqueda de su carácter original.

Como cierre de su discurso, en el apartado séptimo, Rodó considera que no existen pueblos verdaderamente grandes, que dejen algo a la historia de la humanidad, sin que hayan tenido ideales. Plantea, asimismo, que la grandeza material no es, al fin y al cabo, lo único a perseguir. Y, exhorta, por último, a que en América Latina se trabajé por un futuro en el que se contemple la dignidad humana. Dice: “Todo el que se consagre a propagar y defender, en la América contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu, — arte, ciencia, moral, sinceridad religiosa, política de ideas, — debe educar su voluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado perteneció todo entero al brazo que combate, el presente pertenece, casi por completo también, al tosco brazo que nivela y construye; el porvenir — un porvenir tanto más cercano cuanto más enérgicos sean la voluntad y el pensamiento de los que ansían — ofrecerá, para el desenvolvimiento de superiores facultades del alma, la estabilidad, el escenario y el ambiente.”

Y, volviéndose a la estatua de Ariel, más adelante, agrega: “Aún más que para mi palabra, yo exijo de vosotros un dulce e indeleble recuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen leve y graciosa de este bronce se imprima desde ahora en la más segura intimidad de vuestro espíritu.”

Años después a la primera edición de Ariel, José Enrique Rodó le escribió al otro José Enrique, a Varona, pensador cubano, que él bien podría ser Próspero. Por otro lado, también años después, el discurso de Próspero echó semillas en la juventud mexicana llamada también del Ateneo…


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