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España y América como problema filosófico
Encuentro singular barcelonés en torno al Día de la Hispanidad
Miércoles 4 de noviembre de 2009, por Manuel Llanes García
El pasado 22 de octubre se llevó a cabo en La Casa Elizalde, en Barcelona, una mesa redonda organizada por el área de Cultura Contemporánea de Fedelatina y el Laboratorio de Escritura, como parte de un evento más amplio llamado Rueda el mundo o, como decía el programa, “Roda el món”, con el subtítulo “Escritura literaria y migraciones”. La Federación de Entidades Latinoamericanas en Cataluña es una institución encargada de la integración de los inmigrantes (como asegura en su página de internet).
La mesa tuvo como protagonistas a los escritores Rolando Sánchez Mejías (Cuba), Leonardo Valencia (Ecuador) y Jordi Sierra i Fabra, a quien el programa presentaba como proveniente de Cataluña, cosa que él corroboró para después asumirse también como español. Iván Humanes, también de España, fue el moderador.
Como suele ocurrir en los eventos de este tipo, las participaciones de los invitados fueron muy diversas en sus contenidos, aunque todos discutieron su relación con Latinoamérica y sus experiencias en Europa. En esta ocasión nos interesa destacar sobre todo la intervención de Jordi Sierra i Fabra.
Sierra i Fabra (Barcelona, 1947) es un autor muy prolífico (se comentó que ha publicado más de 300 libros) y con una trayectoria muy amplia. Ha destacado sobre todo como un escritor, muy leído en las primarias y secundarias, de libros para niños y adolescentes, es decir, es un exponente de la mal llamada “literatura infantil” que, como dice el teórico español Jesús G. Maestro, no ha existido nunca, a menos que entendamos por literatura un discurso que necesariamente tendrá que ser pueril para que las personas más jóvenes lo entiendan sin esfuerzo. Así que es mucho más justo el rótulo “libros para niños y adolescentes”, sin perjuicio de que estas narraciones sean leídas también por adultos.
Sin embargo, el autor de Kafka y la muñeca viajera aprovechó su presencia en La Casa Elizalde para hablar acerca de las novelas y cuentos que ha ambientado en diversos países de Latinoamérica, como México y Colombia, lugar en donde Sierra i Fabra mantiene una fundación con su nombre. Así, Sierra hizo una síntesis de libros suyos como Víctor Jara. Reventando los silencios, una novela acerca del famoso chileno del título. Un hombre con un tenedor en una tierra de sopas, acerca de Chiapas (dijo estar muy interesado en el “comandante” Marcos). O bien La memoria de los seres perdidos, que se ocupa del tema de los desaparecidos en la Argentina de los setentas. También habló de Cartas a Diana, un relato sobre Colombia.
Sierra resumió con entusiasmo sus relatos y contó que éstos surgen del contacto, en ocasiones muy cercano, que ha tenido con la gente de los lugares que visita. Estamos, en apariencia, ante un gran viajero y, podría pensarse, un gran conocedor de Latinoamérica. Además, ha rescatado acontecimientos históricos que según él están olvidados y aquí es donde para nosotros surge el problema: a juzgar por sus palabras el día de la mesa redonda, apasionadas reivindicaciones de los indígenas latinoamericanos, Sierra i Fabra es un enérgico exponente de la Leyenda Negra, con todo y complejo de culpa, empeñado en hacernos recordar las matanzas que los españoles llevaron a cabo durante la conquista. El día del evento, Sierra expresó su indignación por los abusos de los conquistadores españoles en tierras americanas, como si fuera un joven antifascista más durante una manifestación contra el Día de la Hispanidad.
Otro de los invitados, Leonardo Valencia, habló de la necesidad de tender “puentes” entre los latinoamericanos. En un momento atinó a decir: “Nos falla la metodología”, pero no explicó a qué se refería. El moderador, Iván Humanes, le recordó a los presentes que todos ellos tenían una lengua común, el español, pero eso a Sierra le pareció poco: él está más interesado en la “memoria histórica” de las masacres de indígenas. Llegó el momento para que el público participara y uno de los asistentes (no dijo su nombre) hizo el siguiente comentario: ustedes hablan de Latinoamérica y del castellano pero se están olvidando del portugués; la literatura brasileña es muy importante, agregó.
Luego finalizó con un deseo: espero que en un futuro podamos leer novelas en lenguas indígenas como el guaraní. A propósito de esto último, habría que plantear el interés antropológico de los relatos en lengua indígena, aunque sin olvidar la prioridad de una comunidad hispana educada en español. Es decir, las lenguas indígenas no deben comprometer la unidad de los hispanos.
Ante semejante panorama sólo cabe decir que, efectivamente, como bien dice Leonardo Valencia, estamos ante un problema metodológico; porque Sierra, a pesar de sus recorridos por el continente y de que nació en España, no conoce Hispanoamérica, al parecer tierra ignota en octubre de 2009. Se habla de la importancia de integrar a los brasileños a Latinoamérica, pero el problema es que quienes dicen lo anterior no conocen Hispanoamérica. Hispanoamérica representa la metodología que Valencia extraña, que intuye pero no conoce.
En su artículo “España y América ”, el filósofo español Gustavo Bueno examina las denominaciones “América”, “América latina”, “Iberoamérica” e “Hispanoamérica”:
Como es bien sabido cada una de estas denominaciones tiene un cuño ideológico de origen bien determinado y muy estudiado. «América latina» fue denominación impulsada, si no acuñada (Arturo Ardao la remontaba a 1502), por la Francia del Segundo Imperio, con ocasión de la promoción del emperador Maximiliano de México (que ignoraba a la sazón el español) y tenía la funcionalidad de englobar a los países de habla española, portuguesa y francesa, diferenciándolos de los países de habla inglesa. Pero «América latina» ya no era un concepto superponible a «América del Sur», porque el Canadá francófono forma parte de la América del Norte geográfico. «Iberoamérica» se ajusta casi «como el guante a la mano» a la América del Sur, al incluir al Brasil, de lengua portuguesa. Pero tampoco «Hispanoamérica» se aleja mucho de este ajuste, sobre todo si «Hispania» se entiende de forma que englobe a Portugal, como ocurría en el siglo de Camoens.
Es decir, la historia de España permite hablar de Hispanoamérica como un bloque unido por una lengua de casi 500 millones de hablantes, el español, que además considera a los países de habla portuguesa. Esa es la forma de salvar el problema metodológico que Valencia alude. Desde la conquista el proceso de integración ya tuvo lugar y los “puentes” están tendidos, sólo hace falta recordarlo y entenderlo.
Desde el hispanismo se puede interpretar el nacionalismo latinoamericano pero no al revés, lo mismo que ocurre con el indigenismo. Para el indigenista no hay imperios generadores o depredadores, le da lo mismo hablar del Imperio Español que del Imperio Holandés o el Británico. A Sierra se le olvidó decir que españoles e indígenas se mezclaron bajo la hegemonía del Imperio Español y uno de los resultados fue el surgimiento, siglos después, de un mercado editorial gigantesco en el cual él ahora ocupa un lugar predominante, porque Sierra no escribe en una lengua indígena minoritaria sino en español (aunque él le diga castellano), de la misma forma en que los jóvenes antifascistas no escriben sus consignas en mapuche.
Afortunadamente para Sierra, aunque eso a él le parezca poco, gracias a la potencia de la lengua española cualquier niño alfabetizado de Hispanoamérica es un posible lector de su trabajo.
Aclarar cuestiones como la anterior es una tarea fundamental de la academia, que para interpretar los libros (o los ex abruptos) de Sierra y otros hispanos culposos, necesariamente tendrá que ubicarse en una determinada idea de la dialéctica de estados.
Hablar de literatura latinoamericana ya implica tomar partido por una cierta organización de los países del continente, como lo hace el indigenista Sierra. La tarea se antoja urgente sobre todo si se piensa que el público de Sierra, formado más que nada por niños y adolescentes, está expuesto a una visión adulterada de la historia de nuestros países.
Desde luego, no se trata de negar las atrocidades cometidas por los conquistadores (ya denunciadas por los cronistas novohispanos, Sierra no es ningún pionero), sino de subrayar las acciones generadoras del Imperio Español, visibles hasta el día de hoy, por más que Sierra, Manu Chao o Eduardo Galeano se empeñen en negarlas.