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Los indigenistas permiten a Correa gobernar en Ecuador

Correa, una vela al «Socialismo del siglo XXI» y otra a Pachamama

Sus pactos con ellos costarán caros a la nación ecuatoriana

Martes 11 de agosto de 2009, por ER. Quito

Correa ha reconocido a las culturas indígenas como culturas objetivas que habrán de integrarse, de forma «asimétrica» en Ecuador, lo que constituye un auténtico atentado contra la nación política ecuatoriana

El presidente electo de Ecuador, Rafael Correa, protagonizó el pasado domingo una bufa ceremonia de toma de posesión orquestada por una serie de «autoridades» indígenas, los llamados «taitas» y «mamas», que le entregaron una suerte de cetro indígena símbolo del poder, y un poncho rojo que, al parecer, representa a la tierra, en la cual, estos pintorescos sujetos, dicen reconocer a su Madre Tierra o Pachamama.

Correa, que estuvo flanqueado por el presidente de Bolivia, Evo Morales y por la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, aceptó de grado estas y otras instituciones objetuales tan impregnadas de espiritualismo como todas las palabras que se pronunciaron en La Chimba, localidad situada al norte de Quito donde se halla uno de los más sólidos feudos indigenistas de Ecuador. Encomendados a los cuatro elementos de Empédocles, los esperpénticos «sabios» o «yachacs» no vieron asomar a sus mejillas el rubor mientras decían cosas del siguiente jaez:

«Ponemos toda la madera para que puedan gobernar de la mejor manera al pueblo, para que sean humildes, no estirados, humildes como nuestros abuelos (...) queremos estar unidos como el saco del maíz, cuidémoslo para que no se rompa, para que no se desgrane y estemos todos unidos y no otros por aquí y otros por allá, eso se los encomiendo a ustedes hermanos, para que no permitan la desunión de nuestros pueblos, para que dirijan con amor, porque en el amor hacia el pueblo es que está el progreso».

Fue bajo la montaña nevada de Cayambe donde el presidente elegido en las urnas el pasado 26 de abril, se deshizo en halagos a esta grey fuertemente intoxicada por el mito de la cultura y por un furibundo y negrolegendario antihispanismo con el que parece coincidir el camarada Correa. El líder autodefinido como izquierdista y cristiano, pero sobre todo, —y esto lo afirma El Revolucionario—, populista, manifestó que:

«No somos excluyentes, no discriminamos, sabemos que somos el Gobierno de todas y todos los ecuatorianos, pero sabemos que también debemos tener opciones preferenciales. Preferencias por aquellos que siempre han sido postergados, los pobres, nuestros pueblos indígenas».

Descrita esta grotesca ceremonia, El Revolucionario no puede menos que tratar de analizar las verdaderas intenciones que oculta el poncho indigenista. Por parte de Correa, parece ser que su embriaguez neofeudalista, es severa. El presidente ha asumido con gran convencimiento las tesis neofeudalistas que están en la base de estos movimientos reaccionarios, siendo su conducta para con estas facciones no sólo, al menos esto nos parece, una mera cuestión de táctica, la que vendría de la asunción de que partidos como Pachakutik son sus más firmes aliados a la hora de acceder y consolidarse en el gobierno. Por otro lado Correa acusa, al igual que sus emponchados compañeros de viaje, una grave afección causada por el mito de la cultura, pues no sólo pretende transformar Ecuador desde los pupitres, a través de programas educativos –-es decir por medio de la cultura subjetiva o enseñanza— sino que, y esto es lo que desde El Revolucionario no podemos dejar de denunciar, Correa ha reconocido a las culturas indígenas como culturas objetivas que habrán de integrarse, de forma «asimétrica» en Ecuador, lo que constituye un auténtico atentado contra la nación política ecuatoriana.

Por su parte, «taitas» y «mamas» son conscientes de que ceremonias como la de la entrega de un bastón de mando a Correa, institución muy cara para un cristiano familiarizado con la metáfora del pastor y el rebaño, pueden reportarles grandes beneficios en el futuro, un futuro que parecen tener claro, y que pasa por la destrucción de Ecuador, en aras de la construcción de una espiritualista y neofeudal confederación donde la barbarie sea el común denominador.

Frente a estos delirios, tanto Correa como su séquito de «sacerdotes» y «sabios», El Revolucionario no retrocederá un milímetro en su crítica.


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