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En España será más fuerte que en otros países desarrollados

La crisis económica

Su alcance es siempre político, de Economía Política

Miércoles 17 de junio de 2009, por Grupo Promacos

Durante los últimos años sólo se habla acerca de la crisis económica, cuyas causas son indeterminadas para la gran mayoría de economistas. Casi todos aducen como causas la voracidad y el egoísmo de unos empresarios malévolos. Otros afirman que la crisis financiera es producto de la excesiva regulación e intervencionismo del Estado en los bancos, y que el libre mercado haría una catarsis que dejaría a cada cual en su sitio, evitando que se gastase lo que no se tiene.

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Crack financiero
Pone al descubierto las contradicciones del capitalismo

Los monetaristas piensan que es metiendo dinero en el mercado, o alterando su valor como se supera la crisis; ponen el ejemplo en el proceder de Estados Unidos, fabricando más y más billetes. Los anarcoliberales dirán que es precisamente la expansión del crédito y la alteración de los tipos de interés la que ha provocado el gasto del dinero del que se carece, abogando por un ahorro similar al de las familias en sus expectativas de microeconomía, de Economía doméstica.

Sin embargo, desde el Grupo Promacos no sólo mantenemos que la Economía es ante todo Economía Política, es decir, Economía mantenida dentro del ámbito de los Estados nacionales, sino que la masa monetaria no tiene ningún valor para explicar la crisis económica mundial. El dinero por sí mismo no significa nada: en muchos casos son meros números, cantidades concedidas a crédito que después se justifican con los bienes producidos. Y ese crédito es lo que hasta ahora provocaba el crecimiento sin freno del modo de producción capitalista. Pero si ese crédito se concede para producir unos bienes cuyo valor es claramente inferior al dinero aportado, se produce un desequilibrio evidente, una deuda que no se puede enjugar ni siquiera expropiando tales bienes. Y eso ha sucedido siempre con la bolsa, un verdadero casino especulativo, y sobre todo con los negocios inmobiliarios, una burbuja que finalmente ha estallado en las narices de una banca endeudada hasta las cejas. La caída tendencial de la tasa de ganancia, como decía Marx, acaba produciendo las crisis en un sistema por definición descoordinado en cuanto a producción y consumo.

En el caso de España, la especulación inmobiliaria era el gran motor de la Economía. Alrededor del año 2000 se detectaron ya los primeros indicios de la denominada burbuja inmobiliaria, sin que el Partido Popular tomara alguna medida concreta. El cambio de gobierno sólo sirvio para contemplar el habitual cinismo socialfascista: estaban muy orgullosos del modelo económico vigente. Parado este motor, la realidad es un paro cercano ya a los cinco millones y con expectativas de seis millones para el año siguiente. Y lo que es peor, un estancamiento de la Economía que puede durar años y dejará esas cifras de desempleo convertidas en estructurales, inasimilables.

La causa reside en que el régimen de 1978 convirtió a España, que era el tercer productor mundial de acero durante la Transición y camino de entrar en el G-8, en una nación dependiente de la Europa del euro, aceptando una peculiar división del trabajo en la que los grandes países europeos, Francia y Alemania, mantenían su industria y agricultura, mientras que la industria española era desmantelada por un plato de lentejas y la agricultura, ganadería y pesca españolas eran subvencionadas a cambio de bajar su producción.

Pero la deflacción demoledora, la pérdida de valor de los bienes fabricados y el endeudamiento público que aboca al colapso financiero del Estado en España, no era algo que estuviera predeterminado, ni nadie podía saber cuándo se produciría. Como decía Platón en la República, los gobernantes, como los productores o los guardianes, toman sus decisiones, pero los primeros sólo pueden comprobar los efectos de estas a largo plazo, y juzgarlas prudentes o no hasta después de haberse visto sus resultados. La destrucción de nuestro tejido industrial, acometida principalmente durante los gobiernos socialdemócratas de Felipe González, ha conseguido finalmente el efecto de la deflacción y la pérdida de riqueza de España, efectos que sólo hoy, en plena crisis económica, apreciamos de verdad. Lo mismo podría decirse de la Constitución de 1978: nadie podía adivinar que sus mafiosos consensos alentaran el secesionismo.

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Estado autonómico
Diecisiete soles bajo el cielo que semejan los feudos y taifas de la Edad Media

A propósito de nuestro orden constitucional, algunos analistas afirmaron que la crisis económica detendría, por falta de recursos, el plan de destrucción de la Nación Española por ser imposible de mantener el Estado de las Autonomías y los faraónicos proyectos de embajadas secesionistas, entre otros. Se equivocaron. Si realmente el gobierno socialista salido de las urnas hubiera querido afrontar la crisis en serio, no sólo hubiera recortado drásticamente sus ministerios, sino que plantearía una financiación autonómica a la baja. Pero el poder de este gobierno depende del Pacto del Tinell que simboliza el tripartito de Cataluña, y por lo tanto ha de rendirse al imperialismo catalán, que ya se ha asegurado que recibirá una financiación del Estado por encima de la media española, dejando a comunidades autónomas más pobres convertidas en regiones de segunda categoría. Mientras, el gobierno ha tenido que pedir 17.000 millones de euros de crédito a la banca para financiar las prestaciones de desempleo y servicios básicos como la luz o el teléfono.

En cualquier caso, sirva el lamentable ejemplo español para constatar que las crisis económicas son en realidad crisis políticas. Si no, véase cómo el Imperio realmente existente, Estados Unidos, está en crisis económica y manifiesta por medio de su Emperador Barack Obama tal debilidad y sumisión ante las amenazas que se ciernen al orden internacional, especialmente las de los ayatolas de Irán.


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