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Asumió sus cargos admitiendo los retos que se avecinan

Toma de posesión de Mauricio Funes

La línea política será más parecida a la de Lula que a la de Chávez

Martes 2 de junio de 2009, por ER. San Salvador

Mauricio Funes, presidente de El Salvador por el partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), asumió ayer lunes la presidencia de El Salvador. Es el quinto desde la paz alcanzada en 1992. Tras 20 años de gobierno de derecha liberal de la Arena (Alianza Republicana Nacionalista), partido burgués que logró desde el poder alcanzar la paz con las guerrillas marxistas, estos mismos marxistas ahora convertidos en socialdemócratas de cuño europeo, les han relevado en el poder de la nación

Periodista de profesión y con 49 años de edad, alejado de cualquier pasado revolucionario guerrillero en El Salvador, Funes toma posesión enfrentándose a grandísimos retos políticos y socioeconómicos. La desigualdad social, los tímidos avances en la pacificación social de la nación (recordemos el gran problema nacional —internacionalizado— de las Maras, aún nacidas en Estados Unidos gracias a emigrantes salvadoreños; El Salvador tiene uno de los mayores índices de criminalidad de Iberoamérica), la progresiva reconstitución del aparato administrativo, con un 60% de la ciudadanía que vive en absoluta pobreza, la enorme dependencia económica de las remesas enviadas por los emigrantes, los déficits educativos y sanitarios, &c., no son en absoluto problemas menores. El Salvador reclama en Fúnes soluciones de urgencia a problemas de urgencia, y esto es difícil de conjugar en muchas ocasiones con la necesaria prudencia política que todo gobernante ha de tener.

El anterior jefe del Estado, Elías Antonio Saca, de la Arena, no pudo combatir (o no quiso emplearse a fondo) ante los retos que ha acarreado la crisis económica mundial. Es comprensible que la impaciencia del pueblo salvadoreño presione a Fúnes y al FMLN, algo que no sabemos sí Fúnes tiene en consideración como algo que ayudaría a su gestión o no.

Los objetivos de Funes son calificados de «sensatos» por la prensa más socialdemocratizada de la nación, aunque el sector más «puro» del FMLN también presionará al nuevo gabinete de Gobierno. Por no mencionar que Arena sigue controlando la mayoría de asientos en el Congreso de El Salvador.

Durante su toma de posesión (a la que asistieron varios jefes de Estado de Iberoamérica: Lula por Brasil, Correa por Ecuador, Ortega por Nicaragua —que llegó tarde—, la secretaria de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, Hilaria Clinton; Chávez no pudo asistir) Fúnes clamó por la «reinvención» (esa fue la palabra exacta que empleó) de El Salvador, mediante una revolución democrática pacífica que disminuya las desigualdades, mejore la calidad de vida de la población y recupere la eficiencia en la gestión pública. Aunque la eutaxia del actual orden constitucional y burocrático continuará vigente (de ahí nuestro análisis de un corte socialdemócrata en la política de Fúnes y su Gobierno), Fúnes está por la labor de, partiendo del orden constitucional vigente, ampliar oportunidades, valorizar el trabajo y la producción, modernizar instituciones y garantizar plenas libertades democráticas. No en vano, Funes nombró a Lula y Obama como figuras políticas de referencia para él, líderes renovadores que dan esperanza a sus pueblos (no se puede ser más explícito para señalar las señas de identidad de su proyecto político.

Anunció el nuevo presidente un plan global anticrisis que tendrá consecuencias a corto y mediano plazo (sin especificar en ningún momento esos plazos y su tiempo, cosa normal cuando un político profesional habla de plazos). Ampliación de crédito, creación de cien mil empleos, extender los beneficios sociales mediante la creación de un «sistema de protección social universal» (¿Seguridad Social al estilo socialdemócrata español?) son también otras medidas que anunció como prioritarias durante su primera legislatura.

La austeridad, otra premisa gubernamental de Funes, choca según algunos analistas en prensa con la pretensión de financiar todas sus medidas e iniciativas. La racionalización y focalización de los subsidios y una mayor energía a la hora de cobrar impuestos, ¿podrán conjugarse con la austeridad presupuestaria que Fúnes pretende? ¿No veremos otro caso de promesas electorales incumplidas por la fuerza de la Política Real?

A Funes y al FMLN les espera cinco años de impaciencia, conectada con la esperanza de una nación, El Salvador, que urge cambios radicales en su quehacer cotidiano. Que Funes los cumpla o no dependerá de su prudecia política, pero si Funes está henchido de esa obamización que recorre todo el continente (includía la comunista Cuba), El Revolucionario de San Salvador no cree que estos cinco años sean un periodo de cambio radical de la situación política y social de la nación, la cual sólo podría maquillarse bajo un gran aparato propagandístico. Aparato que controla en buena medida la Arena, con lo que dependería del grado de ecualización política, y de complicidad, entre las dos grandes formaciones políticas salvadoreñas de la «izquierda» (socialdemócrata) y la «derecha» (liberal).


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