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Combatiendo la superstición
Benedicto XVI en el deprimido continente
Lunes 23 de marzo de 2009, por Grupo Promacos
Y efectivamente, sin perjuicio de que prácticas mágicas y supersticiosas como las denunciadas por el Papa no sean ni mucho menos exclusivas de las sociedades africanas, puesto que su influencia en muchas sociedades industriales no representa tampoco, modo alguno, una cantidad despreciable (y esto es algo que puede comprobarlo cualquiera simplemente atendiendo a los contenidos de programas televisivos españoles tales como puedan serlo «Cuarto Milenio» del simpar Iker Jiménez), es pese a todo cierto que la presencia, enormemente difundida, de tales instituciones mágicas en nuestra cultura resulta propiamente una supervivencia arcaica heredada de las culturas salvajes o bárbaras en sentido etnológico como puedan serlo, y acaso muy principalmente las africanas.
De hecho, tal y como nos lo relatan etnólogos como Evans Pritchard en su libro Brujería, Magia y Oráculos entre los Azande o Marcelo Mauss en su Sociología y Antropología las sociedades bárbaras del África subsahariana pero también otras culturas bárbaras de Oceanía, Asia, &c. de las que da cuenta detallada el registro etnográfico, exhibirían una tendencia institucional incesante a la sobredeterminación mágica de todas las operaciones culturales características de tales sociedades, ya sea en sentido inter o extrasomático (así, por citar unos pocos ejemplos: magia cazadora, magia de navegación, magia menstrual, magia blanca, magia negra , hechicería, prácticas oraculares, &c.) , sobredeterminación que, es cierto, se coordina en innumerables ocasiones con instituciones ceremoniales directamente aberrantes, vistas desde los parámetros éticos más elementales, como puedan serlo los sacrificios humanos, &c.
Pues bien: es lo cierto que estas instituciones supersticiosas representan, desde nuestra perspectiva, una de las formas posibles de falsa conciencia, mal que les pese a los adalides del relativismo cultural, pues que la tecnología del mago es simplemente gratuita a la luz de un sistema materialista de coordenadas ontológicas y gnoseológicas, y ello al punto que en aquellos casos en los que exhiba cierto éxito, este sólo podrá deberse a mecanismos de sobra conocidos por las ciencias psicológicas del presente (por ejemplo al efecto placebo, pero también a casos muy precisos condicionamiento operante entre el brujo y el cliente, o aun a vulgares casualidades reinterpretadas como aciertos, &c).
Sin embargo, esto no querría decir, al menos en principio, que tales instituciones mágicas sean el producto de una supuesta y fantasmagórica «mentalidad prelógica» subyacente de la que los primitivos estarían aquejados por el mero hecho de ser primitivos, tal y como quería por ejemplo Luciano Levy Bruhl. Este enfoque, dejando de lado el hecho de que en rigor no explica nada (o peor: explica oscurus —la magia— per obscurius —la «mentalidad prelógica»), supone olvidar que la magia como tal, manifiesta también un cierto orden normativo racional o al menos raciomorfo —puesto que como ya sabía Benito Espinosa «las ideas oscuras y distintas se siguen unas de otras con la misma necesidad que las claras y distintas»— fundado, según los trabajos ya clásicos de Jaime Frazer, en las leyes de la semejanza y el contacto.
No obstante, esta «racionalidad mágica», sin perjuicio de su evidente funcionalismo antropológico que tampoco podemos negar, aparece como un episodio supersticioso cuando se la contempla desde las coordenadas del racionalismo filosófico académico o mundano de tradición griega que la Iglesia Católica habría heredado principalmente de Aristóteles, y por lo tanto como una suerte de «degeneración» , si se quiere patológica, de la razón respecto de ese cauce central presupuesto. Una «degeneración», esto es, una «hemorragia supersticiosa» que el Papa Benedicto aconsejaba barrenar en su sermón angoleño.
Y en este sentido, ciertamente, desde el Grupo Promacos atribuímos la mayor importancia al discurso del pontífice a efectos, precisamente, de la «salvación de la razón».