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Propaganda «atea» en Madrid y Barcelona

Felicidad canalla en la vía pública

Demostrando estar más sucia la escoba atea que la basura teológica que pretende quitar

Lunes 12 de enero de 2009, por Grupo Promacos

«Probablemente Dios no existe. Ahora deje de preocuparse y disfrute de la vida». Esta es la consigna que la Unión de Ateos y Librepensadores ha estimado oportuno insertar en decenas de autobuses que, muy pronto, comenzarán a circular por las calles de las principales ciudades españolas

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Bus con publicidad atea
Defiende que «Si Dios no existe, todo está permitido». Es decir, el mito de la felicidad canalla

La iniciativa, adoptada según se ve con la intención de oponerse al «oscurantismo religioso» particularmente de signo católico (puesto que los «ateos» y los «librepensadores» que han movilizado semejante campaña suelen tentarse mucho más la ropa, con una cobardía ciertamente penosa, a la hora de extender su furioso anticlericalismo a los absurdos dogmas mahometanos por ejemplo, tal y como se está comprobando estos días con ocasión del ataque de las Fuerzas Armadas de Israel a los terroristas del pseudoestado palestino) no hace otra cosa que reproducir en España una campaña similar a la que sacaron adelante en el Reino Unido sujetos tales como pueda serlo Ricardo Dawkins, adalid del reduccionismo genético sociobiológico y promotor, últimamente, desde las premisas del fundamentalismo científico, de una forma muy exitosa de ateísmo existencial en su multiventas El Espejismo de Dios.

Y es que de hecho, si los «ateos y librepensadores» británicos tuvieron en su momento ocasión de sacar a pasear por las calles de Londres autobuses con la leyenda impresa «There is probably no God. Now stop worrying and enjoy life», los «ateos» españoles, no menos «librepensadores» aunque al parecer bastante menos «originales», han replicado ahora con su «Dios probablemente no existe». Un eslogan enteramente absurdo que, nos parece, daría cuenta de las buenas dosis de oscuridad y confusión que envuelven inevitablemente las posiciones de aquellos «ateos» que, siendo lo suficientemente estúpidos como para autocalificarse además de «librepensadores» (¿qué puede significar semejante rótulo?) no aciertan a entender que al afirmar que «probablemente» Dios no existe, están, al mismo tiempo y en función de idéntico movimiento, dando enteramente por supuesto que su existencia es asimismo «posible» —aunque, eso sí, acaso harto «improbable»: y es que no se sabe tampoco muy bien qué cálculos de probabilidades hayan podido efectuar los «librepensadores» acerca del particular— siendo, en este sentido, la «existencia» de Dios tan sólo problemática, es decir: no apodíctica —necesaria—, pero tampoco meramente asertórica.

Ahora bien, si es «posible» que Dios exista, entonces, no sé ve tampoco con excesiva nitidez la diferencia que pueda mediar entre la posición del «ateo y librepensador» que así razona y la del agnóstico que precisamente por afirmar la incertidumbre total acerca de la existencia o inexistencia de Dios también estaría dando por supuesta la posibilidad de su existencia (o de su inexistencia) de donde, el agnóstico estaría jugando en el fondo el papel de un auténtico creyente vergonzante.

Sin embargo, adviértase, la postura del agnóstico (y del ateo existencial) resulta simplemente contradictoria: es en efecto imposible, por razones ontológicas y ontoteológicas muy firmes, considerar la existencia de Dios como problemática puesto que ello, en efecto, sería tanto como declarar que el Ser Necesario es meramente posible, esto es, supondría, en resumidas cuentas, concluir que el Ser Necesario no es Necesario, o lo que es en definitiva lo mismo, que Dios no es Dios. Tesis esta que incurre en la clásica contradicción en los términos propia del «insensato» que San Anselmo hacía intervenir en el famoso argumento del Proslogio.

E igualmente, ¿qué recorrido podrá tener la recomendación de tales «insensatos» en el sentido de que el vulgo, una vez «liberado» de las garras del «oscurantismo religioso» por efecto de la benéfica filantropía de los «librepensadores», debe «dejar de preocuparse y comenzar a disfrutar de la vida»? Desde nuestra perspectiva, tal consejo sólo podrá ser interpretado como un llamamiento a la «felicidad canalla» propia de aquellos que, al haber «perdido» la «beatitud eterna», perciben la necesidad de conformarse cínicamente (del griego kyon: perro) con sus despojos zambulléndose, a título de «consumidor satisfecho», en la hiperinflacción de bienes terrenos que ofrece el mercado pletórico de las democracias parlamentarias del presente.

Pero semejante percepción, como es de suyo muy evidente, no tiene ningún sentido claro al margen del «ateísmo privativo» de quienes tras haber perdido la fe en el Dios Pantocrátor y aun concibiéndolo como «posible», prosiguen, sin embargo, «echándolo en falta» y en consecuencia no son capaces de rebasar unas premisas teístas en las que, en el fondo, continúan atrapados si no es, por ejemplo, por vía del anticlericalismo más primario tan del gusto socialfascista. Este anticlericalismo, como es de sobra conocido, ha venido siendo ejercitado y representado una y otra vez por personajes tan variopintos como puedan serlo Almudena Grandes, Enrique Sopena, Maria Antonia Iglesias y otros destacados «intelectuales y artistas» igualmente repugnantes desde los medios de comunicación de la órbita del PSOE.

Desde el ateísmo esencial y católico que procuramos ejercitar en el Grupo Promacos nos parece que la «luz» que segregan estos iluminados, víctimas ellos mismos del confusionario «mito de la felicidad» así como del maniqueo «mito de la derecha», es mil veces más peligrosa que el oscurantismo que ellos mismos pretenden develar en instituciones como la Iglesia Católica. Y es que en este caso, como en tantas otras ocasiones, sucede «que está más sucia la escoba que la basura que quita».


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