El Revolucionario

Portada > España > La madre de Carlos Palomino creará una asociación por la ilegalización de los (...)

Poniéndolos al nivel de los neofeudalistas

La madre de Carlos Palomino creará una asociación por la ilegalización de los partidos neonazis

Carlos Palomino sería una víctima del terrorismo

Miércoles 12 de noviembre de 2008, por ER. Barcelona

El joven español Carlos Palomino fue asesinado el año pasado por un militar español neonazi en un vagón de metro. Le asestó una cuchillada mortal en el pecho que acabó con su vida, además de herir a otro jóven. El asesino neonazi se dirigía a una concentración del partido Democracia Nacional, convocada contra la inmigración. Al verse abordado por varios jóvenes que iban de contramanifestantes, el asesino acabó con la vida de Palomino, que contaba con 16 años de edad en el momento de su muerte

JPG - 21.1 KB
Carlos Palomino
Adolescente de 16 años asesinado por un militar neonazi; si en España hubiese servicio militar obligatorio, el Ejército español no sería refugio de jóvenes y fanáticos neofascistas

La asociación de Mavi Muñoz

Mavi Muñoz es la madre de Carlos Palomino, un joven español oriundo de Madrid que en 2007 fue asesinado con un cuchillo de caza por un militar. El militar en cuestión se dirigía a una manifestación convocada por el partido neonazi Democracia Nacional, en un acto que, bajo el confuso y oscuro concepto de «protesta contra la inmigración en España», iban a realizar como demostración de fuerza supremacista racial típico de los movimientos nacionalsocialistas hoy todavía existentes en las sociedades políticas de mercado pletórico. Palomino, que era simpatizante de grupos de izquierda indefinida (esto es, no partidos políticos definidos respecto del Estado, sino de diversas asociaciones políticas sin fines partidistas), murió con 16 años de edad, estudiando todavía en el Instituto. Conmemorando su muerte, multitud de jóvenes españoles se concentraron en diversas ciudades, e incluso cerca del lugar de su asesinato, la estación del metro madrileño de Legazpi, se colocó una placa en su honor. Placa que ha sido varias veces robada por militantes de movimientos de derecha no alineada neofascista. Tras recobrar fuerzas por el dolor de la pérdida de su hijo, Mavi Muñoz anunció que crearía una asociación, de la que sería su inicial presidenta, con carácter nacional, que combata, según sus propias palabras, al fascismo, al racismo, la xenofobia y el terrorismo. Entre las medidas concretas que promoverá están la de que consideren por vía legal a los partidos neofascistas españoles como organizaciones terroristas, igual que grupos proetarras como Batasuna, Haika, Jarrai, PCTV o Segui, y sean por tanto ilegalizadas. Se trata por tanto de aplicar la actual Ley Antiterrorista a los partidos neonazis. Además de su presidenta, Muñoz sería también su portavoz.

La figura de Carlos Palomino, para sus afines, se ha convertido en treméndamente simbólica, como lucha contra las bandas neonazis y el racismo. Pero para los grupos neonazis se ha convertido en objeto de mofa, burla y difamación. Desde el robo de la placa conmemorativa en varias ocasiones o su intento de romperla, hasta difundir a través de páginas de internet de todo tipo datos sobre la vida personal de Palomino; lo que para las autoridades españolas no es más que peleas entre bandas —véase el eufemismo barato que utilizan—, en realidad cobra todos los visos de la más pura delincuencia.

El antifascismo hoy: un totum revolutum lleno de contradicciones

Sin embargo, Mavi Muñoz no pretende que su hijo se convierta en un mártir. Prefiere referirse a él como un ejemplo cuyo asesinato hiciese más visible el llamado Movimiento Antifascista, un movimiento muy heterogéneo en el que convergen desde anarquistas a comunistas, desde maoístas a cristianos de base, desde españolistas a proetarras. Y quizás en esa heterogeneidad está su debilidad, si no organizativa, sí desde luego teórica y filosófica. El antifascismo ya fue en la década de 1930 el nexo de unión de los llamados Frentes Populares que por toda Europa se creaban, bajo inspiración de la Komintern de Stalin, para hacer frente a los partidos que nacían bajo inspiración de Mussolini o Hitler (aunque aquí no entraremos en las diferencias entre fascismo y nacionalsocialismo; diremos simplemente que divergen en más cosas de las que pueda parecer en un primer momento). Esta estrategia se adoptó tras la victoria de Hitler en las elecciones alemanas de 1933, que acabaron con la República de Weimar, y fue un giro de 180º con respecto a la anterior estrategia de la izquierda comunista de la IIIª Internacional, que consistía en atacar a la socialdemocracia como colaboradora de facto del fascismo. De ahí el epíteto de socialfascismo.

El llamado Movimiento Antifascista de hoy día, desplegado por varios países del llamado mundo occidental, no ha aprendido de los errores del pasado, además de haber cometido otros nuevos: aparte de comprobar día sí día también que la unión entre diversas generaciones de izquierda definida —principalmente anarquistas y comunistas—, más allá de la coyuntura e incluso en ella, sólo conlleva el enfrentamiento y el fracaso, el hundimiento de la Unión Soviética ha cambiado el panorama al que podría enfrentarse el antifascismo por completo. La palabra «fascista» se utiliza más peyorativamente que otra cosa por buena parte de los antifascistas, que no tienen claro quizás qué fue realmente el fascismo (un movimiento de derecha no alineada, que al mismo tiempo que surgió como contrarreforma y hostilidad hacia el materialismo marxista, luchaba contra el liberalismo y la derecha conservadora; el fascismo no reivindicaba el Antiguo Régimen, como hizo la derecha tradicional, sino que se reclamaba heredero de la Revolución Francesa y pretendía instaurar un orden nuevo basado en la primacía de una jerarquía militarizada a nivel estatal y, sobre todo, en la creencia de un destino místico y final para la comunidad nacional; con el nacionalsocialismo alemán surge algo incluso más radical, ya que se trataría de una ideología inspirada en el fascismo italiano pero en la que el componente racista, antijudío, antiliberal y anticomunista se exacerbaba al máximo; además, el nacionalsocialismo, a diferencia del fascismo italiano de clara inspiración católica, tenía una total inspiración luterana protestante por una parte, y pagana por otra, lo que lo convertía de facto en una religión más que en una ideología).

Esta borrosidad de ideas lleva a que se llame fascista a cosas que no lo son (como el neoliberalismo, que no deja de ser una ideología irracionalista basada en la subjetividad, pero esto no la convierte en fascismo; el fascismo está más cerca de la socialdemocracia que del neoliberalismo; Mussolini fue socialdemócrata antes que fascista, y el modelo económico fascista es más keynesiano que de la Escuela Austríaca, lo que emparenta al fascismo, en materia económica, con el socialismo del Estado de Bienestar de la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial). Y lleva a muchos antifascistas a un sectarismo preocupante que les lleva a adoptar ideas más propias de los integristas cristianos que de los revolucionarios materialistas: el «o estás conmigo o estás contra mí». Por otra parte, la simpatía de algunos —no todos— los llamados antifascistas de hoy por movimientos políticos como el nacionalismo fraccionario (nacionalismo étnico sepatarista, en realidad otra forma, como el fascismo, de derecha no alineada) que pueden representar partidos solidarios de grupos facciosos como la ETA o los tibetanos pro Dalai Lama, o con los fundamentalistas islámicos, no deja de ser contradictoria. En un principio, simpatizarían con ellos por su hostilidad a determinadas cosas que representen los grupos neonazis (España, el cristianismo, Occidente, la raza blanca). Pero que buena parte de los antifascistas simpaticen con ideologías más afines al fascismo que a cualquier izquierda definida (tanto el PNV como el gran muftí de Jerusalén pactaron con Hitler) no muestra más que la enorme confusión, falta de ideas claras y definidas, ausencia de proyecto político y la suficiencia conformista de un «todo vale, lo importante es la lucha contra los fascistas; luego ya veremos». Por no hablar del excesivo peso de la estética en estos grupos, conformados sobre todo, aunque no exclusivamente, por jóvenes. Una especie de «triburbanismo» en el que sólo tendrían sitio, a priori, personas que vistan de una determinada manera o lleven un determinado corte de pelo. Si alguien se declara antifascista y viste marcas caras que se vendan en grandes superficies como El Corte Inglés, tendrá muy difícil su acceso a estos grupos. Por no decir lo que ocurriría si dijese que es antifascista y liberal. Aunque bien es cierto que se trata del mismo «triburbanismo» que padecen los grupos neonazis, mayoritariamente formados por cabezas rapadas (tribu urbana nacida el en Continente Anglosajón hacia 1960). Lo que, afortunadamente, es una de las causas de su marginalidad.

También es un error por su parte calificar de «racista» o «fascista» a cualquier crítica que se haga a la política inmigratoria española. Para algunos actuales antifascistas, la inmigración es en sí misma revolucionaria y consideran, en una clara muestra de izquierdismo indefinido (izquierdismo al fin y al cabo como «enfermedad infantil del comunismo», tal y como la describió Lenin), que cuantos más inmigrantes haya antes será posible la revolución. Y sin embargo, los más interesados en que haya inmigración masiva son los capitalistas, ya que para ellos esto supone mano de obra barata (fuerza de trabajo barata, diría Carlos Marx) a la que poder explotar mejor. La inmigración masiva es beneficiosa para la oligarquía financiera, y el decir que ha de frenarse no conlleva en absoluto desprecio racista por personas no españolas. Sólo un neonazi, que se considerase superior racialmente, podría pensar algo así. Pero la inmigración no es una cuestión racial, sino económico-política, política y cultural. El relativismo cultural de muchos antifascistas lleva a que lleguen a llamar también «fascista» o «racista» a los críticos de costumbres bárbaras y denigratorias como el velo islámico, la poligamia (que no es más que una forma de explotación sobre la mujer) e incluso, en algunos casos extremos, la ablación de clítoris. En nombre de la «convivencia intercultural», creyendo que eso equivale a antifascismo, llegan a justificar a grupos más cercanos a la derecha que a cualquier izquierda definida, como son los musulmanes, defensores de la unión de religión y Estado tal y como se dice en el Corán o los Hadithes. Además, piensan erróneamente que criticar el Islam o pedir incluso la demolición filosófica de sus pilares fundamentales conlleva racismo. Y esto es un error propio de la ignorancia. Ser musulmán no equivale a ser árabe. Un musulmán es todo aquel que sigue y acepta al dios monista monoteísta del Islam (que no es otro que el Acto Puro de Aristóteles) y a Mahoma como único profeta. Y el que acepta esto puede ser rubio y de ojos azules y de origen escandinavo, como puede ser español, italiano, negro o japonés. El Islam no es una raza, sino una religión. En cambio, un árabe es un miembro de una etnia desperdigada por todo el desierto del Sáhara, desde Casablanca a el Sinaí, y la Península Arábiga. Un árabe no tiene por qué ser musulmán, puede ser cristiano —los hay— e incluso ateo —los hay, por fortuna, pero pocos que nosotros sepamos—.

Neonazis y socialfascistas

En cualquier caso, y dejando aparte esta necesaria crítica a determinados rasgos de los antifascistas actuales, Mavi Muñoz ha sido contundente a la hora de criticar a los medios de comunicación españoles (ya sabemos, una camarilla de privilegiados que, en radio o televisión, actúan como verdaderos demiurgos de la ciudadanía, tanto los autodenominados de «izquierda» y «progresistas», como los denominados de «derecha» o, peor aún, de «centro»). Muñoz dijo que la prensa ha igualado a unos y a otros, criminalizando a las víctimas y apoyando a los asesinos. Pero esto no debería extrañar a Mavi Muñoz, ya que la prensa española, mayoritariamente socialdemócrata, lleva haciendo esto mismo desde hace ya tiempo —particularmente desde que el socialfascista Zapatero ganó las elecciones—, con las víctimas del terrorismo de ETA, una banda de asesinos que comparte con el asesino de Carlos Palomino el odio racista a los que considera extraños o diferentes.

La madre de Carlos Palomino fue vetada por el socialfascismo oficial: el del Partido Socialista Obrero Español en el Gobierno y que controla el Tribunal Supremo, por no decir la casi totalidad del Poder Judicial en la nación política española. Ya que fue el socialfascismo el que, en nombre del fundamentalismo democrático, permite manifestaciones neofascistas entre otro tipo de convocatorias aberrantes. Pidió que partidos claramente neofascistas y neonazis como Democracia Nacional, España 2000, Frente Nacional, las diversas Falanges, el Movimiento Social Republicano (más nacionalbolchevique que neonazi), la Plataforma por Cataluña de José Anglada, «Estat Catalá», o los más claramente nacionalsocialistas Nación y Revolución, sean considerados organizaciones terroristas.

Problemas de la consideración de los partidos neonazis como grupos terroristas: el terrorismo procedimental

El Revolucionario se solidariza con Mavi Muñoz y con todas las víctimas de agresiones de grupos neonazis. Calificar a estos grupos de terroristas sería ideal desde los preceptos del deber ser. Sin embargo no es algo sencillo. Si a las bandas facciosas de ETA y afines se ha podido ilegalizar es, en parte, porque recibían dinero público, de todos los españoles, y que utilizaban para sus fines facciosos antiespañoles y racistas. Los grupos neonazis antes citados, además de no tener históricamente, por fortuna, la infraestructura de los etarras, el dinero que reciben es exclusivamente privado, lo cual resulta un inconveniente para meterlos en la Ley de Partidos, una Ley, por otra parte, utilizada según conveniencia del socialfascismo gobernante, como se ha mostrado en la demora de la ilegalización de los facciosos neofeudalistas de Acción Nacionalista Vasca y del Partido Comunista de las Tierras Vascas (no se dejen engañar por el nombre; el comunismo es universalista, esta gentuza odia a los no vascos). Aparte, hay otra pega. El concepto funcional y antropológico de terrorismo procedimental, en contraposición a otros tipos de terrorismo abordados desde perspectivas ideológicas, psicológicas, políticas, éticas, &c., es el concepto más adecuado, desde coordenadas materialistas filosóficas, para hablar de terrorismo propiamente dicho sin caer en reduccionismos sustancialistas. Para hablar de terrorismo procedimental hay que distinguir una parte activa (los que administran la violencia), y otra parte receptora (el grupo aterrorizado, víctima de las acciones de la parte activa). Las características del terrorismo procedimental serían:

a) La parte activa debe ser identificada como tal. Los terroristas procedimentales siempre dejan su «firma» y hacen públicos sus fines. (Aquí ya hay un problema, Democracia Nacional no reivindicó el asesinato, bien porque el asesino no tenía nada que ver con ellos ya que no era militante, bien por marear la perdiz y mentir deliberadamente por cobardía).

b) La violencia tiene en el terrorismo procedimental un carácter recurrente. La actividad terrorista amenaza con repetirse.

c) La sorpresa y la aleatoriedad de la agresión (desde la perspectiva de la parte agredida).

d) La existencia de una complicidad objetiva por parte del grupo aterrorizado, en el sentido de que el grupo sobre el que se ejerce la agresión terrorista debe plegarse a los fines de los agresores. Si las víctimas no se dejaran aterrorizar por la parte activa, el terrorismo como estrategia carecería de sentido (Con respecto a los actuales antifascistas no ocurriría, al menos en grupo, este punto, porque no se dejan amedrantar por los neonazis. Pero sí otra parte de la población).

Según esto, mientras ETA, Grapo, Al Qaeda, Terra Lliure, IRA, Guerrilleros de Cristo Rey, Sendero Luminoso, Mártires de Al Aqsa, Resistenza Galega, &c., sin negar sus mutuas diferencias ideológicas y los distintos e incompatibles fines que todos estos grupos persiguen (por no hablar de los métodos; un etarra nunca se suicidará, mientras que un mahometano seguidor de Osama Ben Laden sí lo hará), podrían ser calificados todos de terroristas procedimentales, partidos como Democracia Nacional, España 2000, y el resto de los antes citados, no podrían serlo. Sí, al menos en principio, grupos organizados de cabezas rapadas como los británicos Blood & Honour o los estadounidenses Hammerskin, esparcidos por todas las sociedades democráticas de mercado pletórico. En cualquier caso, aunque deseable, es difícil la ilegalización de estos grupos (algo que podría incluso darles un protagonismo que jamás han tenido ni merecido).

En lo que respecta al caso judicial del asesinato de Carlos Palomino, el sumario está hoy día a la espera de que sea remitido desde la Audiencia Provincial de Madrid para conocer la fecha de comienzo del juicio al asesino. El individuo, criminal horrendo que merecería la eutanasia procesal, se encuentra en prisión incondicional, y sería juzgado por asesinato en primer grado con alevosía, intento de homicidio y agresión. En todo caso, la sentencia no acabará con el sufrimiento de una madre que ha perdido a un hijo de 16 años.


El Revolucionario, el diario hispano global de crítica del presente
Seguir la vida del sitio Cumple con el estándar XHTML 1.0 Transicional Página realizada con hojas de estilos
Porque el Mundo sigue girando