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Izquierdas extravagantes y filoterroristas pululan por internet disfrazadas de «revolucionarias»

La izquierda antiespañola en la red: la nada filosófica aliada con el terrorismo

Diego Farpón como ejemplo de estupidez patológica de este pensamiento extraviado, cuando no delirante, arquetipo de absoluta endeblez conceptual e inconsistencia teórica

Martes 9 de enero de 2007, por ER. Madrid

Los grupos de izquierda antiespañoles, aunque residuales y mal organizados, pululan por la red lanzando mensajes a favor del terrorismo y del separatismo. Esta izquierda extravagante, actuando como si todavía la extinta URSS tuviese algún interés en desmembrar a España y sin plataforma a la que agarrarse más allá de los cuatro alucinados del Partido Comunista de los Pueblos de España PCPE, ha encontrado en el odio a España un modo de dar salida a sus desvaríos doctrinales, con grave perjuicio para la imagen pública de una verdadera plataforma de izquierda definida como la que defendemos desde estas páginas

Un caso de estupidez patológico de este pensamiento extraviado, cuando no delirante, arquetipo de endeblez conceptual e inconsistencia teórica, lo tenemos en los artículos de Diego Farpón, joven ideólogo, estudiante de Historia en la Universidad de Alicante, contra el que la Fiscalía del Estado debería iniciar acciones penales por enaltecimiento del terrorismo e incitación al crimen.

Farpón publica asiduamente en páginas web pobladas de basura pseudocomunista proetarra, como kaosenlared, losquesomos, la haine y corriente roja.

Sus artículos son un buen ejemplo del crisol de tópicos que maneja esta izquierda extraviada: antiespaña, filoterrorismo, republicanismo ingenuo, anticapitalismo, antianorteamericanismo, judeofobia y otros.

Es especialmente sangrante el apoyo que brindan a Batasuna-ETA. En un miserable artículo, Farpón llama «luchador por la libertad» al sanguinario Iñaki de Juana Chaos, que lleva once atentados y 25 muertos a la espalda, y que en una de sus cartas enviadas desde la cárcel en el año 1998, se refería así al asesinato, a sangre fría, del matrimonio Becerril en Sevilla: «Me encanta ver las caras desencajadas de los familiares en los funerales. Aquí, en la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas y acabaremos a carcajada limpia. Esta última acción de Sevilla ha sido perfecta; con ella, ya he comido para todo el mes.»

Para Farpón estas salvajadas hechas en nombre de un supuesto «pueblo vasco oprimido» son actos revolucionarios.

Estos delirios «revolucionarios» de Farpón se fundamentan en una nada filosófica: España (a la que prefieren llamar con la denominación franquista de «Estado Español») es una prisión de pueblos y mediante la lucha revolucionaria hacia la autodeterminación se conseguirá la libertad.

Según el levantino, «los revolucionarios» alicantinos, murcianos, extremeños, ¿araneses?, andaluces, asturianos y hasta castellanos… tienen que unir sus fuerzas «con la única izquierda que no practicó el entreguismo a la monarquía borbónica»: la izquierda separatista vasca, gallega y catalana. Escribe este ideólogo revolucionario: «El derecho a la autodeterminación, importante eje de las izquierdas nacionalistas periféricas, sólo podrá ser una realidad con un gobierno español de izquierda. Nunca los gobiernos que representan a la burguesía y al imperialismo español permitirán la autodeterminación de ninguno de los pueblos que forman el Estado español.»

Menuda bazofia: ¿periféricas? ¿Por relación a qué son periféricas? ¿Y a qué imperialismo español se refiere? ¿Sabe este tipo qué es un Imperio, un Estado, una Nación? ¿Tiene alguna teoría, al margen de los cuatro tópicos escritos con muchas letras K? ¿Y a qué se refiere con «los pueblos»?

Los «pueblos», en la concepción etnológica de Farpón, tienen unos contornos muy difusos: ¿Por qué habría de tener Cataluña, por ejemplo, el derecho de autodeterminación contra España y no el Valle de Arán, respecto de Cataluña? Y si la realización de un referéndum es el trámite para la autodeterminación respetuosa con «las sensibilidades» de los pueblos, ¿por qué no podrían autodeterminarse las comarcas, respecto de las regiones, o los municipios respecto de las comarcas, o los barrios respecto a los municipios?

La respuesta es obvia, salvo que tenga uno los sesos extraviados por la retórica pseudorevolucionaria: los «pueblos» (esto es, regiones, comarcas, municipios) no son anteriores, en el orden lógico, al Estado, del mismo modo en el que las naciones étnicas no constituyen naciones políticas.

¿Y qué tipo de unidad habría que atribuir entonces, según Farpón, a estas partes, pueblos oprimidos por España?

Si, como parece sostener Farpón, el «imperialismo español» no es consecuencia de la imposición de una de esas partes sobre las demás (imperialismo castellano, incluso «madrileño»), sino de «la asociación de los capitalistas fascistas españoles» —con independencia de que sean gallegos, vascos o catalanes— contra los obreros y jornaleros , de su misma «parte» y de las demás (y, precisamente, en nombre de España y del franquismo), ¿en virtud de qué principio la segregación, por autodeterminación, de esas partes tiene algo que ver con la emancipación obrera y la lucha contra el capitalismo?

¿Pues no dice este «teórico» que los explotadores no tienen fronteras? ¿Quiere acaso decir Farpón que el estado de Euskalherría expulsará, en el mismo proceso de su autodeterminación, a los «explotadores de la clase obrera» que financian con el «impuesto revolucionario» a la ETA? ¿O que, acaso, desde la plataforma de Euskalherría se tendrá más potencia para extender la revolución social? ¿O, finalmente, que la clase obrera de la hipotética Euskalherría, liberada del yugo hispano, va a mejorar sus condiciones de trabajo, su renta, su «esperanza de vida» quizá?

El núcleo de su argumentación es el típico de la izquierda extravagante: una interpretación torticera y vulgar de la dialéctica de clases, según la cual España es una creación del capitalismo, introducido por Franco, para explotar a «los pueblos», de forma que la unión de revolucionarios (¿Y jornaleros?) catalanes, valencianos, asturianos, ... y vascos (etarras) sería un episodio más del desenvolvimiento histórico de aquél lema del Manifiesto Comunista: «Proletarios de todos los países, uníos.»

Pero por poco que se examine la cuestión se verá que el separatismo vasco no resulta de la necesidad de emancipación de las clases sociales oprimidas, sino de todo lo contrario: del racismo antiespañol (antijornalero, claro) de la burguesía y el clero vasco. Le recomendamos a Farpón que se ilustre con los textos del «revolucionario» Sabino Arana, inventor de «Euskalherría» y fundador del Partido Nacionalista Vasco PNV: en ellos late la más profunda animadversión racista por los jornaleros andaluces, murcianos y extremeños que marcharon a las Vascongadas a ganarse el pan.

Por nuestra parte pensamos que la acción revolucionaria necesita de plataformas sólidas en las que sustentarse, no en pequeños estados fáciles de controlar por potencias extranjeras. En este sentido, la idea de Farpón de un «Estado español pluriestatal» amén de un absurdo lógico, es, en la práctica, la justificación ideológica de una poderosa corriente contrarevolucionaria alimentada por las necesidades de terceras potencias.

En otros artículos, la deformación ideológica lleva al ideólogo de Alicante a tesis históricas tan ridículas como que en el triunfo del Frente Popular fue de los trabajadores y otros kolectivos: «Así nos lo enseña la historia, con la victoria de los jornaleros, trabajadores y mujeres en 1936.»

Ignora el futuro historiador que la «historia» que nos cuenta es sesgada y parcial, porque no fueron trabajadores, mujeres y jornaleros quienes dieron el triunfo al Frente Popular sino las élites políticas, de las diferentes generaciones de izquierdas, quienes suscribieron un pacto de unidad que les permitió concurrir juntos a las elecciones, aparcando sus diferencias fundamentales que luego, en plena guerra civil —y antes: Casas Viejas—, aflorarían con virulencia.

Especialmente ridícula y boba resulta la atribución del triunfo del Frente Popular a «las mujeres». Igual todavía no le han explicado en la Facultad que fue precisamente «la izquierda» la que se negó a que las mujeres participaran en las elecciones, aduciendo que la mayoría votaban, por ignorancia o por conservadurismo congénito, a la derecha.

Por otra parte, es asombroso que «las mujeres» puedan, en la cabeza embotada de Farpón, constituir una clase social, al lado de «jornaleros y trabajadores». Precisamente fueron mujeres burguesas (sufragistas) quienes iniciaron la lucha por el derecho al voto.

Ignora, otra vez, la dialéctica de Estados (los Estados le parecen meras superestructuras, cáscaras vacías: él sólo entiende de «pueblos» o naciones étnicas) y su papel determinante en la Guerra Civil Española y su desenlace final.

Debería notar su falta nuestro ideólogo: ¿Acaso no tuvo el Frente Popular que depender de la plataforma de la URSS para poder encarar la «revolución»? ¿Y cómo podrían haber ganado la guerra las tropas sublevadas sin el concurso en su favor de las dos plataformas imperiales, los posteriormente aliados en la II Guerra Mundial (Francia, Inglaterra, EE.UU.) de un lado, Alemania e Italia de otro, en conflicto con la Unión Soviética?

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la revolución en Alicante
Los cuatro gatos extraviados del PCPE se manifiestan por la derrota del capitalismo y de España

¿Y en qué plataforma, dada a esta escala, pretenden apoyarse los «revolucionarios» del PCPE y otros «farponistas»? ¿En los Països Catalans? ¿En las naciones étnicas o pueblos? ¿Cómo piensan defenderse estos pueblos del imperialismo useño? ¿Con pancartas? Nos tememos lo peor: que esta izquierda extravagante tome partido por uno de los actores que, tras la guerra fría, han cobrado más impetu en las sociedades del presente.

No es de extrañar, por tanto, que a estos revolucionarios de pega, les encante el terrorismo, no sólo el etarra, sino, y esto es especialmente grave, el islamista. En su lista de enemigos declarados se encuentra Israel, compitiendo por el primer puesto con España y los EEUU. De esta guisa no dudan en meter en el mismo saco a los países catalanes y Palestina. Vean si no la pancarta que paseaban por las calles de Alicante: «Iraq, Palestina, Líban, Països Catalans: resistència i sobirania.» Infumable.

El odio a España, en el actual contexto internacional, es la herramienta con la que cuentan terceras potencias para subyugarnos. El ejemplo yugoslavo debería hacer pensar a este sujeto más allá de los cuatro lugares comunes.

Esperemos que nadie se llame a engaños con estos involuntarios agentes en España de potencias extranjeras que se autotitulan «revolucionarios».


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