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Perseguido por la repugnante basura secesionista

El español en España

Algunos movimientos políticos y ciudadanos, sin embargo, han reaccionado

Lunes 27 de octubre de 2008, por Grupo Promacos

El pasado 28 de septiembre se convocó en este sentido, por parte del partido político Ciudadanos, en Barcelona, una manifestación que fue secundada por unas 5000 personas (8000, en los cálculos más entusiastas), lo que supone un más bien escaso, escasísimo, seguimiento. El 19 de octubre se repitió la reivindicación en La Coruña, convocada esta vez por la Mesa por la Libertad Lingüística, y con un seguimiento aún menor (unas mil personas).

El español en España, acto organizado por DENAES en defensa de la lengua española

En la misma línea este sábado, 25 de octubre, la Fundación para la Defensa de la Nación Española organizó en Madrid, en colaboración con la Comunidad de Madrid, un acto que, bajo el título de El español en España, reunió a personas ligadas a las instituciones que, en las regiones correspondientes, están a la cabeza de tal reivindicación, así como a damnificados directos por tal situación (en Cataluña, Galicia, País Vasco o Baleares; es de notar que ni de Navarra ni de Valencia han acudido representantes de ninguna asociación, cuando la situación es la misma, por la sencilla razón de que no las hay).

Además se convocó por parte de la DENAES también a representantes de los partidos políticos nacionales, con la notable ausencia del PSOE e IU, y también a insignes personalidades, como Gustavo Bueno o Gregorio Salvador, que llevan denunciando y viendo venir el problema ya desde hace muchos años.

El acto, en fin, tampoco fue muy concurrido, aunque es verdad que su repercusión, a través de la prensa no afecta al régimen socialfascista zapateril, fue mayor que en otras ocasiones (dos periódicos dedicaron su editorial a comentar el acontecimiento al día siguiente, y se informó, con llamadas en portada, a doble página sobre el mismo; por supuesto para la prensa socialfascista el acto no se celebró).

Es notable, y digno de ser explicado, en todo caso, que un hecho tan escandaloso, como el que representan los abusos derivados de la política lingüística desarrollada desde los gobiernos autonómicos en determinadas regiones españolas, tenga un seguimiento tan escaso al ser denunciado.

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Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias
Hoy los secesionistas la denominan sólo «castellana» para equipararla a sus insignificantes lenguas vernáculas

Una de las claves de esta falta de seguimiento está, sin duda, en que muchos españoles se han tragado a pies juntillas la versión conspiratoria del desarrollo del español como producto de una imposición política por la que se obligó a los pueblos peninsulares a utilizar la «lengua del imperio». Esta situación de «anormalidad», una anormalidad llamada España, requiere ahora, según la versión conspiratoria, una política lingüística compensatoria, la llamada «normalización lingüística», que vuelva a situar las cosas en «su lugar» (un lugar, por lo demás, completamente fantástico, ahistórico, mítico el que presenta al gallego, catalán o vascuence como lenguas «nacionales»).

Por eso al español, convertido insistentemente en «castellano» o lengua propia de Castilla, se le expulsa (y con él a los hispanohablantes) de los ámbitos institucionales de las regiones que, se supone, ya contaban, y cuentan, con lenguas «propias», las vernáculas, pero que fueron recluidas por la invasión del «castellano» como lengua impropia en ellas, como una lengua extranjera que terminó por imponerse violentamente sobre las vernáculas. Así, según esta perspectiva conspiro-compensatoria, llamarle español al «castellano» es seguir promoviendo el imperialismo castellano y la anormalidad, al hacer de lo que no es sino una lengua regional, el «castellano», una lengua propia del Estado cuando en España, se dice, se hablan otras lenguas distintas del «castellano». Incluso se llega a afirmar, desde tal fariseísmo conspiratorio, que hablar de «español» para referirse al «castellano» es invitar al secesionismo lingüístico, al privilegiar a una de las lenguas, convirtiéndola en española por antonomasia, y dejar fuera a las demás.

Y es que, en efecto, actualmente en España se ha dejado de hablar desde hace tiempo del español como lengua argumentando, farisaicamente decimos, que existen otras lenguas españolas distintas de la lengua común. Por este motivo ha desaparecido de un modo generalizado, incluso constitucionalmente («Art. 3º. El castellano es la lengua española oficial del Estado»), el uso del término español para referirse a la única lengua común a toda España, siendo sustituido por el de «castellano». Así oficialmente, según se recoge en las distintas disposiciones legales al respecto, en España se habla el «castellano», el catalán, el valenciano, el vascuence, el gallego y, por lo visto, también el aranés (según se reconoce en la Ley del Estatuto de Cataluña), todas ellas lenguas españolas. El «español» no existe.

La clave de esta ausencia del nombre del idioma en la legislación está en la confusión, interesada en muchos, entre el «español» como idioma y «español» como gentilicio. Así por idioma «español» termina por entenderse, y como parece desprenderse, insistimos, de la legalidad vigente, al conjunto de las lenguas oficiales existentes en España, confundiendo en efecto el gentilicio con la lengua, diciendo que el castellano es español, como lo son el catalán, el vascuence o el gallego.

De este modo, siguiendo estos criterios administrativos oficiales, completamente absurdos desde el punto de vista lingüístico, resulta que podemos, hablando el mismo idioma, hablar a la vez otro distinto (lo que es lingüísticamente imposible); y hablando idiomas distintos, podemos a la vez hablar el mismo (cosa igualmente imposible). Así, hablando el «castellano» que se habla en Argentina, y el castellano que se habla en España, se hablarían dos idiomas distintos, por lo visto (el «español» ese de las disposiciones legales, y el “castellano” de Argentina); sin embargo, hablando catalán y castellano, se hablaría en el mismo idioma: el «español» de las lenguas españolas.

Aunque parezca mentira, esta es la lógica a la que conduce la interpretación de la legalidad vigente, que confunde el gentilicio con el idioma, siendo así interpretada por muchos españoles, en relación a la oficialidad de los idiomas en España; una lógica cuyo fin es el de, naturalmente, hacer desaparecer el español como lengua común en España para convertirlo en «un conjunto de lenguas habladas en España» (de lenguas «españolas») que como conjunto no conforman idioma alguno y que por tanto nadie, obviamente, puede hablar ni escribir. Un conjunto que sería el «idioma propio» de España, careciendo por ello esta de idioma propio, dada a la postre, y esto es definitiva lo que se procura, su inexistencia.

Dicho de otro modo, no hay propiamente idioma español, según se desprende de las disposiciones legales, porque no existiría en él unidad idiomática alguna, y es que nadie hablaría un idioma que, inmediatamente, se descompone en varios idiomas distintos (es como si dijésemos que habla «belga» quien habla francés, valón, flamenco, neerlandés y alemán porque son lenguas que se hablan en Bélgica, o habla «suizo» quien habla francés, italiano, alemán y romanche).

En este sentido, desde el Grupo Promacos queremos subrayar que en el acto de DENAES, en contraste con el Manifiesto de la Lengua Común y las convocatorias de las manifestaciones de Barcelona y La Coruña que hablaban (presos de la versión conspiratoria) de «castellano», se reivindica, y llamando a las cosas por su nombre, el «español» como lengua común (spanish, que dicen los ingleses, y no castilian), yendo así a la raíz, sin encubrimientos cómplices, del problema: la amenaza secesionista que busca, contra España, la babelización de los españoles.


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