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Carod Rovira intrigando en el país luso

Menos mal que nos queda Portugal

Busca ganar ahora lo que la oligarquía catalana perdió en 1640

Jueves 22 de mayo de 2008, por Grupo Promacos

Buscando paralelismos en el siglo XVII, y sin duda para prestigiar históricamente su causa (dándole así un aspecto secular), el vicepresidente actual del gobierno de Cataluña visitó hace unos días Portugal, una visita dirigida, en efecto, a comprometer allí a las autoridades lusas a favor de su causa independentista (secesionista) y entre las que, parece, encontró no pocos obstáculos.

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José Luis Pérez Carod
Conspirando en Portugal por la independencia de Cataluña

En declaraciones manifestadas en una entrevista publicada el pasado día 18 en Lusa (Agencia de Noticias de Portugal), José Luis Pérez —sujeto que recordemos, tras negociar con la ETA un protectorado terrorista para Cataluña, terminó dimitiendo en la anterior legislatura del mismo cargo que ocupa en la actual— ha dejado una serie de perlas que, conviene, queremos recordárselas a aquellos que siguen sin ver en este señor, en su partido y en el gobierno autonómico al que pertenece, una amenaza para España.

Así, además de esa declaración en la que hablaba del cuestionamiento de la soberanía portuguesa por parte del «imperialismo paternalista español», y a las que replicó acertadamente José Saramago, José Luis Pérez aseguró contar con «muitos aliados internacionais» para conseguir la independencia de Cataluña, excusándose de no hablar más de este asunto para no dar «pistas innecesarias». Afirmó además, esta lumbrera teórica, que «los procesos de independencia pasan por tres fases: ridiculización, hostilidad y aceptación». Cataluña está en este momento, dice, «entre la primera y la segunda» fase, aunque sin determinar por su parte si está más cercana a una o a la otra.

Por supuesto, en este orden de cosas, mencionó el año 1640 para sentenciar que, si las cosas hubiesen sido al contrario de lo que fueron, «Portugal hoy sería una región española y Cataluña un estado independiente», dijo Perogrullo, para inmediatamente, y casi sin solución de continuidad, caer en una flagrante contradicción afirmando que Cataluña dejó de ser un estado independiente en 1714.

Precisamente este asunto viene a colación en respuesta a la pregunta por el referéndum «de autodeterminación» planeado desde ERC para el 2014, en conmemoración del tercer centenario de la Diada (celebración que, como es sabido, es una pura farsa antihistórica dirigida contra España y de la que participan, en consentimiento cómplice, instituciones públicas y medios de comunicación).

Preguntándole, en fin, el periodista acerca de su próximo cese como presidente del partido, según se había enunciado, y ante la posibilidad de pérdida de fuerza del proyecto si esto ocurriese, Pérez responde lo siguiente: «hay millares de personas que quieren construir un Estado diferente de una España plural que no existe». Ni siquiera reconoce pues, y tras cuatro años de gobierno de panfilismo zapateril, la existencia de esa «España plural» de la que, por otra parte, tanto lleva presumiendo el otro José Luis, líder del gobierno de España y también del partido con el que Pérez Carod gobierna en coalición en Cataluña, y que estaba pensada (más bien perpetrada), para precisamente «aplacar» o neutralizar la oleada separatista supuestamente desencadenada, según la propaganda zetapé, por la «España de derechas y sin derechos» de la última legislatura presidida por Aznar.

Y es que precisamente desde el Grupo Promacos creemos que la ingenuidad es culpable a estas alturas, y hasta cómplice: lo que ocurre más bien es que por razones espurias (electorales) la amenaza secesionista no se quiere ver. Es más, de verse, la amenaza se encubre y disfraza, sobre todo hacia el interior de España, hablando del plácido «no pasa nada» y de la exquisita «normalidad institucional»; cosa que, sin embargo, por otro lado, no ocurre tanto de cara al exterior, en que las cosas se presentan con otra cara.

De hecho, a juzgar por la web del Gobierno de Cataluña en su versión inglesa, y que cualquier puede ver, Cataluña ya posee «ministros» (lo mismo ocurre con las web de los gobiernos del País Vasco y Baleares; no así con la web del valenciano que informa sobre los «departments») con la curiosa anomalía de que le falta, precisamente, el de Exteriores.

En efecto, es José Luis Pérez el que, poco a poco, se va postulando para el cargo...

En 1640 Quevedo, en efecto, ya veía en la rebelión de Barcelona (así la llama, y no de Cataluña como se pretende actualmente desde el «centralismo barcelonés») una lucha miserable por el privilegio oligárquico, y que el rey no combatió con contundencia. Inventándose leyes privadas y fueros inexistentes, denuncia Quevedo, por lo mismo por lo que ciudades y señoríos habían ganado meritoriamente aquellos privilegios, ahora, por demérito de situarse contra el rey, debían en efecto perderlos: «Muchos fueros y privilegios leí tan diferentes de como os alegan, que los desconocí; y siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren. Esto es concederse privilegios; y yo certifico que no tienen privilegio ni fuero para poder concederse a sí mismos ni lo uno ni lo otro. [...] Luego no es por el fuero. Dicen (yo se lo oí cuando estuvo en Barcelona su majestad) que sus fueros y privilegios todos habían sido premios de grandes y fidelísimos servicios a sus condes, y esto blasonándolo. Pues digo yo con Aristóteles: Contrariorum eadem est ratio (una misma es la razón de los contrarios). Luego por deservicios e infidelidad se pierde lo que por fidelidad y servicios se gana. Y si nadie se presume que concede privilegio contra sí, y el que concede ni debe ni puede conceder el mal uso de lo que concede, los catalanes no deben tener los que tuvieron ni los que presumen». (Quevedo, «La Rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero», en Obras Completas, Prosa, páginas 1050-1051).

Traduciendo las posiciones de Quevedo a la situación actual: aplicación del artículo 155 de la Constitución y suspensión de la autonomía de Cataluña dado que esta es una «concesión» del Estado y no el resultado de una supuesta soberanía catalana inexistente.


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