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El acuerdo entrará en vigor el 18 de marzo de 2007

Francia impulsa la «lucha por la cultura»

Los países de la Unión Europea, excepto Reino Unido, suscriben la Convención emitida por la UNESCO

Sábado 23 de diciembre de 2006, por ER. Bruselas

El día 19 de diciembre de 2006 quedó ratificada en Bruselas la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales, el documento que, bajo un sublime título, pretende servir de freno a la potencia de la industria estadounidense

En octubre de 2005 Francia y Canadá iniciaron una campaña que concluyó ayer en Bruselas, sede de la Comisión Europea. Esta campaña ha conseguido, de momento, que treinta y seis países, entre los que se encuentran los miembros de la Unión Europea, apoyen un documento con el estatus jurídico de Convención.

La doctrina del texto se considera, así, vigente y aplicable para las naciones firmantes, es decir, un compromiso jurídico. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) considera que esta nueva Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales «constituye – junto con la de 1972, relativa al patrimonio mundial, cultural y natural, y la de 2003 para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial – uno de los tres pilares de la promoción de la diversidad creativa».

Proteccionismo vs. libre mercado

Pero, ¿de qué se trata en este documento que sólo incumbe a treintaiséis naciones, aunque sea Francia la abanderada, cuando se habla en nombre de la Humanidad para proteger su creatividad?

Pues bien, dicho en román paladino, se trata de aplicar una política económica en materias como cine, música o televisión, que dificulte la entrada en cada país de productos extranjeros, especialmente estadounidenses, que hacen una competencia intolerable. En fin, algo ya tan viejo, que no debería invocarse al espíritu para justificarlo.

El coloso norteamericano así lo ha hecho ver, liderando el movimiento de disidencia con argumentos más que razonables: su equipo jurídico considera que el texto guarda excesiva ambigüedad en la definición del «fenómeno cultural». Basta con referirse al apartado de la «protección del patrimonio intangible» para confirmar que los yanquis tienen razón.

Con una industria cinematográfica que ocupa el 85% de las difusiones planetarias, EE.UU. puede permitirse el lujo de no recurrir a la metafísica. En su lugar responde con su negativa a firmar porque se busca acotar su margen de influencia en sectores estratégicos. En efecto, la «protección cultural» se traduce en subvenciones estatales, precio único para los libros, tratamiento fiscal privilegiado según sectores, establecimiento de cuotas en la difusión musical de las lenguas autóctonas, medidas para controlar la «avalancha» de las industrias cinematográficas ajenas o condiciones severas para la exportación de las obras de arte.

Los imperios de la lengua

Respecto a la ausencia de la firma de Reino Unido habría mucho que decir. En principio se sumará al documento en enero, pero es probable que su retraso se deba a que lo que le une a EE.UU., su idioma , le interese más que lo que le une a esta Europa afrancesada.

No así España, que se suma en bloque con la UE, aunque es cierto que con un papel de puente hacia Hispanoamérica gracias al español, en virtud del cual se ha incluido la Carta Cultural Iberoamericana, firmada en la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica que se celebró en Montevideo, en julio de 2006.

Otra cosa, además, es el partido que puedan sacar los gobiernos autonómicos españoles para «proteger» la «diversidad cultural amenazada» por el español: catalán, gallego, vascuence, aranés, bable...


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