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Pedir elevar «la imaginación al poder» para cambiar la realidad social es puro fraude

La xenofobia como precipitado político

Detrás de los brotes de violencia contra extranjeros suele haber una ineficaz política defensiva e integradora

Martes 20 de mayo de 2008, por Grupo Promacos

Según la mandataria española: «El Gobierno (de Zapatero) rechaza la violencia, el racismo y la xenofobia y, por tanto, no puede compartir lo que está sucediendo en Italia; es evidente. En España, como saben, tenemos una política de inmigración basada en la ley, que permite reconocer derechos y obligaciones a los inmigrantes».

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Hipócrita De la Vega
Llama racista al gobierno italiano por hacer lo mismo que el español con la inmigración ilegal

Dichas palabras, para más inri, fueron pronunciadas pocos días después de que el ministro del interior Alfredo Pérez Rubalcaba mostrara su apoyo a las nuevas medidas que la rica Europa busca poner en marcha contra la inmigración ilegal: «Si somos laxos con la inmigración ilegal la avalancha no hay quien la pare», dijo el ministro español, que parece ser consciente de que los derechos políticos efectivos los garantizan los Estados, no «la Humanidad» (ni la ONU, por mucho que algunos la conciban como gobierno o tribunal representativo de la misma).

Ante el revuelo levantado en el país transalpino por las declaraciones de la vicepresidenta española, y teniendo en cuenta que en su día muchos dirigentes de la UE acusaron a Zapatero de provocar el efecto llamada, del que ahora se queja Rubalcaba, con una regularización unilateral y masiva de inmigrantes que puso en marcha en su anterior legislatura, la misma María Teresa Fernández de la Vega intentó quitar hierro al asunto –-muy en la línea de la socialdemocracia española— declarando posteriormente que sus acusaciones de racismo y xenofobia se referían a «incidentes concretos» (no a la política del gobierno italiano).

Pero, en otra vuelta de tuerca, el ministro de trabajo, Celestino Corbacho, intentó justificar las primeras declaraciones de su jefa asegurando que Silvio Berlusconi (no la muchedumbre) «quiere criminalizar al diferente», y todo ello a pesar de que miembros del ejecutivo italiano recordaban que, de un tiempo a esta parte –-tras empezar a palpar las consecuencias de su desastrosa política— el mismo gobierno español ha endurecido las medidas contra la inmigración ilegal, aunque no quiera alterar el discurso de humanismo barato que exige la corrección política actual. Humberto Bossi trajo a colación que «España dispara a los inmigrantes» (en relación a los incidentes producidos en las fronteras de Ceuta y Melilla) y Franco Frattini declaró que la política de extranjería del gobierno español es «ejemplar para Italia por su dureza», a lo que añadió que «Zapatero ha expulsado a decenas de miles de personas con métodos muy severos. El rigor de Zapatero ha logrado reducir en un 70% el flujo de clandestinos a Canarias» (con el formidable gasto que ello supone, añadimos nosotros).

Ahora bien, después de los desaguisados provocados hasta ahora, ya veremos cómo reacciona el gobierno eticista de Zapatero si se van cumpliendo las previsiones económicas. Ayer mismo la prensa publicaba que los fondos para pagar las prestaciones de desempleo se agotarán en septiembre si el paro sigue subiendo como lo ha hecho en estos últimos meses, más aún si, como está previsto, buena parte de los expulsados de Italia se encaminan hacia la acogedora España de ZP. Precisamente en estos días también hay revueltas contra extranjeros en Suráfrica justificadas, a criterio de sus protagonistas, por el paro que los inmigrantes generan entre la población local.

Llamar «racistas» a tales reacciones sociales es confundirlo todo (las diferencias raciales suelen ser inexistentes). Ni siquiera se puede hablar de «xenofobia» sin más, pues no hay miedo o rechazo del extraño por el hecho de serlo. No se trata tanto de un problema ético cuanto político, consecuencia de unos planes que, bajo un falso humanismo, tiran la piedra, provocando efectos llamada, y esconden la mano a la hora de solucionar los problemas nacionales e internacionales de manera eficaz (que vaya más allá del irenismo pacifista y pánfilo que pretende cambiar la realidad a través del diálogo indefinido en una absurda Alianza de Civilizaciones, que en la práctica mantiene las cosas como están). La población a lo que acaba teniendo miedo es a que se hunda el «nivel de vida» hasta entonces vigente –-consecuencia, en gran medida, de la incapacidad de asimilar a todos los inmigrantes—. Otro cantar es que esa misma población quiera asumir su parte de responsabilidad por haber votado a partidos cuya política claramente conducía a tales metas.

Desde el Grupo Promacos queremos decirle a los políticos que siguen vendiéndonos la moto de mayo del 68, y a quienes les votan, habría que convencerles de que, como diría Marx, no basta con el amor para cambiar el mundo («haz el amor y no la guerra»), por mucha «imaginación al poder» que sostenga ZP en su País de las Maravillas.


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