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Último fetiche de la socialdemocracia

El mito de Mayo de 1968

Sirve para justificar todo tipo de desgobierno y corrupción en nombre de «la izquierda»

Sábado 17 de mayo de 2008, por Grupo Promacos

Además del preceptivo bicentenario del 2 de mayo de 1808, se cumplen en estos días los 40 años de la revuelta estudiantil de Mayo de 1968, que habría causado un efecto en cadena con una sucesión de huelgas en diversos sectores de la economía francesa. En el final de su desarrollo, habría provocado que el general De Gaulle, dictador de Francia, dimitiera y convocase elecciones.

Muchos criticaron al Partido Comunista Francés en ese momento, por descalificar a los estudiantes, a los que acusó de hijos de la burguesía, y por abandonar el movimiento posteriormente a causa de las posiciones anarquizantes que iba tomando. En el relato posterior de los hechos, se le caracterizaría como un partido sumiso a las órdenes de Moscú, y por lo tanto al denominado «capitalismo de estado», a la otra cara de la misma moneda que representaba Estados Unidos.

Pero desde el Grupo Promacos hemos de confesar lo obvio: Mayo del 68 no tuvo ninguna influencia política en la Historia contemporánea. Sólo sirvió para ver cómo las cosas seguían igual que estaban. Si acaso quienes participaron en él, o eran coetáneos a los hechos —media España afirma haber estado tirando adoquines en París contra la policía—, usaron de aquel falso prestigio para abrirse camino en la política partidaria del Estado capitalista del Bienestar con posterioridad. Además, en aquella época la Guerra Fría, con su episodio de Vietnam, seguía en auge y en Méjico se produjo una masacre estudiantil, de la que, curiosamente, nuestra viscosa socialdemocracia no suele acordarse.

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Mayo de 1968
En España tuvo un seguimiento nulo, tanto como su influencia en la Historia

La «postmodernidad filosófica» vio en Mayo del 68 la imposibilidad de hacer la revolución en las sociedades capitalistas del bienestar, por lo que la única revolución posible, afirmaron, era la que quedaba pendiente en «el lenguaje», cambiar el significado de las palabras para hacerlas absurdas y supuestamente eliminar así el sistema. Y la manipulación de palabras, la propaganda al estilo nazi, es sin duda la especialidad de la socialdemocracia. Esto se ha hecho notar sobre todo en la enseñanza. Así, la palabra mandar está prohibida: se «coordina». La autoridad y la disciplina, básicas para el funcionamiento de una sociedad o de un aula, son sinónimo de fascismo y opresión. La Educación para la Ciudadanía es el último jalón de esta perversión del lenguaje.

Sin embargo, es innegable es que semejante mito oscurantista de Mayo del 68 fue usado para justificar muchas de las actitudes posteriores: el estúpido lema acuñado entonces, «prohibido prohibir», o el menos famoso pero muy aplicado «el aburrimiento es contrarrevolucionario», fue la Filosofía oficial de los socialdemócratas que emprendieron las reformas del sistema de enseñanza, convirtiendo los centros de enseñanza secundaria en verdaderas guarderías, encargadas de cuidar a los futuros consumidores ignorantes y autosatisfechos, los mismos que posteriormente votarán al PSOE en las elecciones generales a cambio de que la ETA les siga dejando vivir en «la ciudad de los cerdos», como definía Platón a semejante tipo de gobierno.

En España, Mayo de 1968 consistió en unas jornadas básicamente festivas, en las que los conciertos de Raimon fueron seguidos por varios miles de estudiantes. Al amanecer, quedaban apenas en pie cien muchachos, y una decena escasa de ellos fueron quienes se encontraron con la policía. Semejante engendro es presentado así como un acto antifranquista de primera importancia. El objetivo de esta farsa es ocultar que fue el Partido Comunista de España, primero con las guerrillas de los maquis y luego con la huelga estudiantil de 1956, quien se oponía a Franco por mandato de la Unión Soviética. Curiosamente —nótese la ironía—, esta circunstancia es olvidada por completo por la socialdemocracia, entonces refugiada en los brazos de sus padres, todos ellos hombres fuertes del franquismo, o recordada por propagandistas suyos para acusar a los comunistas de practicar «terrorismo».

Precisamente en España hemos asistido últimamente a numerosos programas documentales que, aprovechando la coyuntura, nos cuentan cómo vivíamos hace cuarenta años y, entre otras curiosidades, acusan a la cantante Massiel, ganadora del Festival de Eurovisión en 1968, de participar en un fraude tramado por la dictadura franquista para comprar los votos ganadores. Se quiere distanciar así el gobierno socialista de España de algo tan evidente como que Franco, el perverso Franco, no despreciaba el Mercado Común Europeo tan querido por nuestra clase política.

Así, mientras que Franco habría «hecho trampa» al comprar los votos, la Constitución Europea defendida a muerte por el PSOE habría sido refrendada por la voluntad popular. Sin embargo, el resto de ganadores de Eurovisión también lo fueron no por su calidad musical —ni mejor ni peor que la de Massiel— sino por los favores políticos de unos países a otros, como sucede actualmente cuando ganan los nuevos países resultantes del desmembramiento de la URSS o de la antigua Yugoslavia. A la Constitución Europea apenas dieron el Sí en España 10 de sus 40 millones de habitantes, y con los reveses de Francia y Holanda, los mismos socialdemócratas ya pensaban cómo volver a plantear de nuevo el mismo referendum hasta que saliera el Sí.

En definitiva, ni Mayo del 68 fue la revolución que nuestros socialdemócratas, con las espaldas bien cubiertas por sus padres, funcionarios y ministros del régimen de Franco, soñaron, ni la nueva Europa trajo algo más distinto que la biocenosis que siempre fue, pese a la ingenuidad fundacional de la que hacen gala nuestros dirigentes al rememorar Mayo del 68.


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