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El caso Fritzl ha destapado, de nuevo, todas las miserias

Pederastas incestuosos que se van de rositas

La pena de muerte es la única institución adecuada para atajar los crímenes

Martes 13 de mayo de 2008, por Grupo Promacos

En las democracias capitalistas cada vez es más frecuente desayunarse con noticias sobre crímenes horrendos que claman al cielo y que, de entrada, parecen provocar una gran indignación  en el cuerpo social. Aunque, acto seguido, la conducta criminal es justificada a través de consideraciones humanistas que, en la práctica, suponen la asunción objetiva de tales prácticas.

Todos recordamos el cruel asesinato de Sandra Palo, la proliferación de asesinatos con canibalismo incluido,  innumerables secuestros de niños a manos de pederastas asesinos, o raptos para establecer prostíbulos particulares, como ocurrió con la austriaca Natascha Kampuhs. Éste crimen  ha sido superado por el austríaco José Fritzl, que no se ha conformado con saciar sus vicios violando a una menor de edad sino que, además, y para facilitar la tarea criminal, decidió volcar sus apetencias sobre su propia hija, con la que ha tenido hasta siete hijos-nietos.

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José Fritzl
Patriarca de crímenes horrendos

Mientras, y lejos de Europa, la vicepresidenta del gobierno español, la misma que favorece uniones matrimoniales que rebasan los límites tradicionales basados en la heterosexualidad, dice «estar horrorizada» por haber posado en una foto con un polígamo musulmán (buen imitador de Mahoma, que se casó con una niña de 9 años), cuando lo que debería horrorizarle es su ignorancia sobre la institución de la poligamia en el Islam, así como sus indiscriminados ataques a la moral católica de la que parece haber renegado, a pesar de que, de hecho, supone un freno para tal práctica poligámica. Suponemos que, desde su particular feminismo, el horror ante el polígamo de Níger fue provocado por la circunstancia de que fueran mujeres las consortes de un único varón, y no viceversa.

Por cierto, no sabemos con qué armas conseguirá doña María Teresa Fernández de la Vega poner fin a dicha imagen que, según sus propias palabras «es la manifestación de un drama que afecta a las mujeres y que desde luego tenemos que erradicar y combatir y llamar la atención sobre algo muy extendido» ¿Cuántas divisiones imperiales piensa emplear doña Mª Teresa en la liberación de las mujeres? ¿Acaso el resto de la población no debe ser socorrida? ¿Piensa que aumentando el dinero entregado a distintas  ONG´s se modificarán lo más mínimo las estructuras sociales y políticas de tales países?

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De la Vega
Se horroriza ante la poligamia realmente existente

Los comentarios más habituales ante los crímenes aberrantes mencionados suelen ser de este tenor: «¡Es indignante que ocurran estas cosas!» o «Lo único que quiero es que la muerte de mi hijo sirva para que este crimen no se vuelva a repetir», &c. Ahora bien, por mucho que mejore la educación moral, la promulgación de leyes o la prevención  policial,   una sociedad política no puede impedir la formación de este tipo de criminal (sean locos o no). Lo que sí cabe es tratar de hacer justicia con tales individuos. Es decir, lo verdaderamente indignante es que se permita que tales sujetos (a los que se considera personalmente degradados: monstruos, malas bestias, &c.) vuelvan a formar parte de una sociedad de personas en la que, por principio, no caben. ¿Cómo puede consentir alguien –-en sus justos cabales— que tales sujetos sean reinsertados mientras las víctimas son irrecuperables, con las perversas y dramáticas repercusiones que suponen para el desenvolvimiento de las familias y la sociedad en general?

Más allá de los sentimientos  de muchas víctimas (que llegan a perdonar a los asesinos) este asunto es transcendental para el sostenimiento de una sociedad de personas. Sólo desde una concepción individualista y metafísica de la persona cabe justificar la reinserción social de tales criminales,  aunque se disfrace de humanismo barato. Pues, en caso de que el criminal asumiera la responsabilidad de sus actos, debería llegar a la conclusión de que el mal causado es irreparable y, por lo tanto, incompatible con el mantenimiento de su propia vida como «persona». La única solución en tales casos es la eutanasia procesal, la comúnmente llamada «pena capital», asumida por países comunistas (como China o Cuba) y capitalistas (como USA). Si asumimos que la pena de cárcel tiene una función no sólo punitiva sino eminentemente reeducadora y de reinserción, entonces la cadena perpetua es inaplicable en los casos de crímenes horrendos, pues se transforma en venganza subjetiva que deja de lado la justicia.

La injusticia perpetrada y perpetuada por la mayoría de las democracias capitalistas en tales casos, al no situar a los criminales  en el lugar que se merecen (ninguno), es uno de los mejores indicadores de la degeneración moral de las mismas. La oposición de los llamados «Estados de Derecho» a la institución de la «pena de muerte» bajo la socorrida excusa de que hay que «evitar muertes injustas» vuelve a dejarse llevar por una visión individualista que no tiene en cuenta que una sociedad que cayese sistemáticamente en tales «errores» precisaría revolucionar sus estructuras más profundas para evitar su disolución distáxica. ¿Qué sentido y valor tendría la vida de cualquier ciudadano en una sociedad en la que sistemáticamente se condenase a muerte a inocentes?    

Desde el Grupo Promacos, pensamos que intentar justificar la prohibición de la pena de muerte por los posibles «errores» es similar a la prohibición de la institución de los concursos-oposición porque haya tribunales corruptos que otorgan plazas a enchufados o privilegiados que no las merezcan. Lo que hay que hacer es cambiar las estructuras sociales y políticas que favorecen dicha corrupción distáxica, con todo lo que ello implica.


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