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Con ocasión del bicentenario del dos de mayo

Los afrancesados del PSOE

La vicepresidenta del Gobierno se pone del lado de los afrancesados en la Guerra de la Independencia

Martes 6 de mayo de 2008, por Grupo Promacos

María Teresa Fernández de la Vega, a propósito del segundo centenario del inicio de la Guerra de la Independencia, se identifica más con personajes como Juan Antonio Llorente, secretario de la Inquisición y manipulador de sus archivos, que de Jovellanos, ilustrado pero patriota

Con ocasión de las celebraciones promovidas por la Comunidad de Madrid para rememorar el bicentenario del comienzo de la Guerra de la Independencia (que apenas han sido secundadas en el resto de España, a pesar de su significación política, tal como vimos en estas mismas páginas el viernes pasado), la vicepresidenta del Gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega, ha declarado —al compás del libro de Miguel Artola sobre Los afrancesados— que «Las ideas reformistas y avanzadas que muchos de esos afrancesados compartieron han seguido impulsando a generaciones de españoles que han luchado, que hemos luchado por la libertad y el progreso de nuestro país».

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De la Vega, afrancesada feliz
Posó en el Vogue, una parte del «valioso legado francés» [sic], según el diario El Mundo

A continuación añadió —en la línea del Pensamiento Alicia que tanto debe a la estúpida tradición krausista española— lo siguiente: «Ellos fueron los que por primera vez defendieron un concepto de Gobierno responsable que debía ocuparse de que los ciudadanos accedieran al bienestar e incluso a la felicidad».

Lo primero que cabe destacar es la incoherencia de un gobierno que, como el de Zapatero, rechaza la intervención de Estados Unidos y sus aliados en Iraq (interpretando que la ONU no la recomendó, y dando por supuesto que dicha institución es una especie de Tribunal supremo de «La Humanidad») y, por otra parte, asume con admiración la invasión de España por parte de la Francia napoleónica, o la que de manera camuflada llevó a cabo la URSS de Stalin sobre la España «roja» en la guerra civil. Aunque, suponemos, justifican las invasiones cuando las interpretan —de manera genérica y oscura— como «ilustradas» y «progresistas».

Pero deberían especificarse las posibles contribuciones de la invasión napoleónica a la «libertad», el «progreso» y la «felicidad» de los españoles. No deja de ser sintomático que en el Estatuto de Bayona no se hable para nada de la soberanía de la Nación española, que mantenga divisiones estamentales y prerrogativas regias o que las Indias sean consideradas más como colonias (que tanto ambicionaba Francia) que como prolongaciones de España. Con todo, y redundando en su incoherencia, la señora vicepresidenta no parece saber que la misma monarquía josefina buscó la supresión de los fueros vascos y sus privilegios, en contra de lo que promueve el PSOE actual en su afán por satisfacer a los nacionalistas fraccionarios, contribuyendo a romper la igualdad política de todos los españoles. Los principios cristalizados en la Revolución Francesa, frente al Antiguo Régimen, fueron recogidos de manera más clara en la Constitución de Cádiz que en la de Bayona, y sin renunciar a la tradición española con cuya plataforma se identificaba, aunque fuera para transformarla.

Lo incuestionable, en contra de lo que opina la señora De la Vega, es que con la invasión napoleónica España perdía su independencia, su libertad, con todo lo que ello implica. Por eso personajes como Gaspar Melchor de Jovellanos prefirieron seguir siendo españoles independientes antes que «modernos» o «progresistas» —tal como los afrancesados actuales ven a los de entonces.

Por una tesitura similar pasó España en la guerra civil. Y, como entonces, buena parte de los socialdemócratas españoles, como Zapatero «el rojo», parecían identificarse con los proyectos de Stalin para España, a pesar de que ésta quedaba completamente supeditada a los designios marcados por una potencia extranjera. Y, como en la Guerra de la Independencia, cabe cuestionar los supuestos progresos que habría alcanzado nuestra patria como satélite de la URSS, tal como se apreció tras la caída de dicho imperio en 1989. Por otra parte, en las filas del bando «rojo» hubo corrientes de muy distinto tipo (liberales, anarquistas, socialdemócratas o comunistas) de una manera similar a como ocurrió entre los afrancesados, en cuyas filas se encontraban «reaccionarios» como el arzobispo Amat, Sempere y Guarinos, «progresistas» como Marchena, Moratín o Meléndez Valdés, y paniaguados que sólo buscaban mantener su puesto en la administración (tal como nos ha recordado Pedro J. Ramírez en El Mundo del 4 de mayo de 2008, pág. 3), pero en todo caso consideraron que «el progreso» no podía alcanzarse bajo la dirección de España, su historia y sus tradiciones.

Hoy día el PSOE sigue sin confiar en España como plataforma de sus proyectos, y a falta de la Francia napoleónica o de la URSS estalinista, parece buscar en una idealizada Europa –-realmente dirigida por Alemania y Francia— , la plataforma para liberar a la Humanidad y alcanzar la felicidad canalla, aunque en la práctica sólo disfruten de ella las democracias capitalistas.

Desde nuestro punto de vista el error fundamental de los afrancesados, o de los «rojos», consiste en no percatarse de que la dialéctica de estados canaliza la dialéctica de clases, es decir, que toda revolución sólo es posible desde la plataforma política de algún grupo humano (eminentemente estatal) frente a otros, por lo que no cabe dirigir ninguna transformación desde «la Humanidad», que no existe como entidad política. Y desde el Grupo Promacos no consideramos que el papel histórico de España en dicha dialéctica imperial sea menos digno que el de estados como Francia.

En todo caso el dos de mayo ha servido de piedra de toque para poner de manifiesto no sólo la confusión y oscuridad ideológica del PSOE, sino sobre todo su antiespañolismo.


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