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Los partidos del régimen de 1978 lo tienen de obra de cabecera

El crepúsculo de las ideologías

Un libro paradigmático de la España actual

Viernes 23 de octubre de 2009, por Grupo Promacos

Durante la segunda mitad del franquismo, el escritor Gonzalo Fernández de la Mora, posteriormente Ministro de Obras Públicas del régimen, publicó el libro El crepúsculo de las ideologías (1965), obra en la que defendía que las ideologías, en tanto que consideradas como formas primitivas de racionalidad y culpables del enmascaramiento y falseamiento de la realidad, serían sustituidas por la racionalidad plena, simbolizada en la tecnocracia y la racionalidad científica propias de la sociedad del bienestar que ya se estaba viviendo en España dentro del denominado «desarrollismo».

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PP y PSOE
Sin ideología, los dos partidos hacen lo que les parece más adecuado para ganar elecciones, aunque el segundo gane la batalla en la propaganda siempre

Sin embargo, desde el Grupo Promacos hemos de considerar esa tesis del crepúsculo de las ideologías como confusa y, ante todo, ideológica. La defensa de una ausencia de ideología es ella misma una ideología en su sentido negativo, en tanto que encubre problemas políticos que no pueden resolverse mediante la apelación a una abstracta razón que no puede ser científica ni tecnológica, sino basada en situaciones contingentes y posibilistas.

Tampoco las definiciones de ideología de De la Mora son muy precisas, porque la ideología no es un elemento meramente subjetivo, un error que mediante los intelectuales es traspasado a las masas (como decía De la Mora con resabio orteguiano), sino que constituye una doctrina ligada a una clase social que define su lugar en el mundo y sus intereses. Por contra, las creencias (que como dijo el propio De la Mora con buen tino se refuerzan en tanto que se eclipsan las ideologías) se caracterizan por abarcar a una sociedad completa, sin distinción de clases: la religión católica en España, por ejemplo.

Sin embargo, es cierto que el período final del franquismo se caracterizó por ser una época de eclipse, si no de ideologías, sí de la decadencia o al menos transformación de dos visiones del mundo de carácter totalizador, en tanto que pretendían o pretenden aún hoy extenderse a todo el Género Humano. Al declive constante de la Unión Soviética y de su materialismo dialéctico se sumó la decadencia de la filosofía escolástica como ideología fundamental de la Iglesia Católica, con el fin del Concilio Vaticano II, adoptando técnicas de marketing para que las masas sigan creyendo en la fe católica y desalojando literalmente las iglesias en los países desarrollados.

La Constitución de 1978 se llenó de este optimismo que podríamos denominar positivista, en la línea no ya de Augusto Comte sino de su maestro Saint Simon, convencido de que los conflictos sociales serían sustituidos por mera gestión y administración de la cosa pública.

Y así sucedió que los partidos políticos nacionales, PSOE y PP, abandonados a esa gestión de carácter socialdemócrata heredera del desarrollismo franquista, parecían ecualizados y simplemente buscar lo mismo: el gobierno. Si acaso el PSOE, más cercano a la fe socialdemócrata y con mayor iniciativa, superaba al PP al manejar la propaganda con mayor soltura.

Sin embargo, difícilmente puede sostenerse que la mera ausencia de ideología en PSOE y PP suponga el fin de las ideologías. Mismamente, los proyectos seculares de los nacionalismos fraccionarios vasco y catalán son una ideología basura, dañina para la Nación Española, a la que unos partidos carentes de otro programa que ganar las elecciones cada cuatro años son incapaces de hacer frente. El crepúsculo de las ideologías anunciado por el antiguo ministro de Franco bien pudiera ser el crepúsculo de la Nación Española.


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