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Mientras los católicos celebran la Muerte y Resurrección de Cristo, los tsáchilas celebran su nuevo año o kasama

El Kasama tsáchila y la Semana Santa católica coinciden en el calendario y el suelo de Ecuador

La nación étnica, cobijada bajo el manto tejido por el multiculturalismo y el mito del buen salvaje, mantiene sus ancestrales ceremonias

Jueves 5 de abril de 2007, por ER. Quito

Mientras en las iglesias católicas se celebra la muerte y resurrección de Cristo con ceremonias que van desde festivales de música sacra a procesiones en las que se exhiben figuras de bulto, la nación tsáchila celebra el nuevo año o kasama entre energéticas purificaciones y otras reliquias de un pasado idílico

Mientras en las iglesias católicas que jalonan el país, se celebra la muerte y resurrección de Cristo con numerosas ceremonias que van desde festivales de música sacra a procesiones en las que se exhiben figuras de bulto, la nación tsáchila celebra el nuevo año o kasama.

Y es que, mientras las calles de las ciudades y pueblos ecuatorianos se llenan de penitentes y encapirotados devotos, la nación tsáchala celebra su nuevo año por medio de diversas ceremonias entre las que incluyen baños de purificación orientados a ahuyentar energías negativas, y abundantes ingestas de malá (bebida fermentada de maíz y caña).

El Kasama, que hace las delicias de antropólogos y ociosos turistas imbuidos de fe multicultural, es una fiesta ligada a la siembra del algodón, la caña y el maíz, durante la cual, los padres de los jóvenes pedían la mano de las muchachas entre excesos y alardes de fuerza. A estos actos se les añaden otros que se alejan de la prístina pureza indígena, (encubridora de un violento pasado de guerras entre tribus), como la celebración de una maratón, exposiciones varias y un festival de música que precede a la inevitable “noche cultural” con que se cierran los fastos.

Los colorados, como también se les conoce, están organizados en 8 comunidades enclavadas en la provincia de Pichincha, al norte del país. Se trata de un colectivo de unas 3000 personas que hablan el idioma tsáfiqui, vocablo que, al parecer, hace referencia a su ubicación en la mitad del mundo. Desde El Revolucionario, entendemos que esta pertenencia al centro del mundo, va referida a un mundo propio, hecho a escala de los mismos tsáchilas, el mismo que a la Antropología le interesaría conservar para mantener su material de estudio.

Su inclusión en un mundo de mayor escala, a la Historia, sólo pudo ocurrir cuando en 1650, el fraile español Miguel Cabello y Balboa comienza a hablar de ellos en un idioma universal incorporado a un imperio y cuando, más tarde, Pedro Vicente Maldonado los coloca en el mundo cartográfico mediante la confección un mapa. Del mismo modo ocurrirá con los conocimientos que aún atesoran los chamanes o ponés, que sólo podrán formar parte de la Medicina, cuando ésta haya filtrado todos los componentes supersticiosos y accesorios que los adornan, ajustando esa sabiduría, en la que fija sus ojos la Etnobotánica, a las categorías propias de una verdadera ciencia.

Será a finales del siglo XVIII, cuando los paganos tsáchilas comiencen a incorporarse de forma activa al Imperio Español por la vía del empadronamiento, las encomiendas y, sobre todo, de los tributos, entre los cuales destacaba el abastecimiento de cera para las iglesias, las mismas que hoy se abren para exhibir la talla de Jesús del Gran Poder balanceándose sobre los hombros de los fieles quiteños.


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