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Debate parlamentario sobre política antiterrorista en España

Todos contra el PP y contra la Nación Española

Rajoy propone un Pacto de Estado y Zapatero prefiere el apoyo de los grupos separatistas

Martes 16 de enero de 2007, por ER. Madrid

Esta tarde del lunes 15 se celebró en las Cortes españolas, durante más de cinco horas, el debate que, a instancias del grupo parlamentario popular, examina la política frente a ETA del gobierno, una vez rota la tregua tras el atentado de ETA del pasado día 30 de diciembre

La intervención del presidente del gobierno, tras las condolencias de rigor, comenzó transformando, por arte de birlibirloque, la comisión de un error en su política antiterrorista, en el «mérito» de haberlo reconocido y en la exigencia de «lealtad» a la oposición una vez que se había disculpado de su fallo.

Zapatero disimuló, en su intervención inicial, escrita de antemano, lo que después, en el fragor de la batalla dialéctica con Rajoy, no supo más que tapar con silencios, titubeos y la repetición, una y otra vez, de los sofismas de su primera intervención.

El «error» que reconoce Zapatero, no obstante, no consiste, según el presidente, en la política misma, de apaciguamiento, diálogo y concesiones a la ETA y a los partidos separatistas (sus socios, por lo demás, en esta política nefasta y en las Instituciones del Estado); sino, en haber comparecido ante las cámaras de televisión, el día 29, justo el anterior al atentado separatista, para decir que gracias a su proceso de paz «estamos mejor que el año pasado».

Piensa Alicia que con el reconocimiento de un error, al fin y al cabo propio de su ingenuidad bondadosa, se libra de pagar sus consecuencias.

Con esta peculiar maniobra, Zapatero hace recaer en la oposición la carga de sus errores: el PP debe actuar, por lealtad, como si no se hubiera equivocado, mostrarle su apoyo incondicional (como hace el resto de partidos, si no quiere quedar aislado), debe tener «responsabilidad democrática», como tuvo él cuando estaba en la oposición a Aznar:

«En todas las ocasiones que ETA ha roto una tregua, con la excepción de esta última, obtuvo una misma respuesta de todas las fuerzas democráticas: el compromiso de mantener un apoyo público, inequívoco, rotundo, a la política antiterrorista aplicada por el Gobierno.»

Este «argumento» fue repetido, como si de una consigna se tratase, por el resto de grupos parlamentarios, más tarde, con la excepción de Coalición Canaria.

El resto de la intervención de Zapatero se articulaba en tres puntos, según sus propias palabras, aunque luego mezclaba unos con otros: «Por un lado, las razones que fundamentaron el inicio de un proceso que tenía como objetivo el fin definitivo de la violencia. Por otro lado, las bases y los principios con los que actuó el Gobierno a lo largo de ese proceso, y las consecuencias que se derivan de la ruptura del mismo. En fin, mi comparecencia tiene asimismo como objeto responder sobre el ejercicio que ha hecho el Gobierno de la autorización contenida en la Resolución de Mayo de 2005, por la que esta Cámara establecía los requisitos a partir de los cuales declaraba apoyar la apertura de procesos de diálogo con quienes decidieran el abandono de la violencia.»

Del primero, habló de un supuesto derecho del gobernante a «buscar la paz» y sentó las bases de lo que constituye el esqueleto fundamental de su planteamiento falsario (del suyo y del resto de grupos, a excepción del Partido Popular), a saber: el encubrimiento de los crímenes políticos cometidos por la ETA en la persecución de sus fines políticos, mediante su disolución, genérica, en «violencia irracional».

De este modo, los fines políticos de la ETA, se disocian de su actividad criminal, quedando, así, legitimados el presidente y sus aliados, para seguir «dialogando» sobre esos fines («autodeterminación y territorialidad»), cuando se empleen otros medios por parte de los separatistas vascos.

De forma que, para Zapatero, lo irracional es el uso de la violencia, no las ideas separatistas que, de no haber existido nunca esa «violencia» terrorista, no pasarían de ser meros folclorismos.

Zapatero dijo, respecto del segundo punto, que cuando inició el «diálogo», siguiendo la Resolución de Mayo, se daban las condiciones de ausencia de violencia e insistió en que no hubo concesiones políticas, que todo fue claro y transparente y con la mejor de sus disposiciones, etc. Y volvió a cargar contra el PP, por su deslealtad. Al contrario, según Zapatero, de lo bien que se portó él cuando gobernaba Aznar y también le estalló una tregua.

Y es que otra de las argucias del presidente y de sus aliados de gobierno, contra el PP, es la equiparación de la reciente «tregua» con la «tregua-trampa» del 98; cuando entre ellas no existe más que una semejanza muy superficial. Porque aquella «tregua» del 98 no fue, ni siquiera una tregua entre la ETA y el gobierno de entonces, sino entre la ETA y el PNV, como resultado del Pacto de Estella, esto es: entre separatistas «violentos» («los que cascan el árbol», en feliz expresión de Arzallus) y separatistas «pacíficos» («los que recogen las nueces»).

Tampoco existían dos mesas de negociación, como ahora. Y mientras en aquélla declaraba José María Aznar: «Pero no se puede pagar precio por la paz. La paz no tiene precio. La violencia no puede tener una prima, y no ejercitar la violencia tampoco puede tener una prima… Lo que al final nos están diciendo con eso es que la paz tiene precio; lo que nos están diciendo con eso es que, según ellos, será inevitable que, si la paz entra por la puerta, la democracia salga por la ventana.»

En esta, en palabras de Rajoy, esta tarde en el hemiciclo:

«Usted ha hecho esfuerzos insólitos para que los terroristas no parecieran tan malos. Ni siquiera los llama terroristas. Incluso ha llegado a decir que el cambio climático causa más víctimas que ellos. Y ha tenido que corregirle el presidente de una República Sudamericana. Les ha reconocido su razón principal —aquello del conflicto—, les ha congelado el Pacto por las Libertades, les ha abierto las puertas del Parlamento Europeo, les ha dejado formar un grupo en el Parlamento Vasco, ha intentado que acudan a las elecciones municipales, derrocha gestos de buena voluntad, les ofrece fiscales benevolentes y reclama la comprensión de los jueces. ¿Qué más se puede pedir? Al mismo tiempo, hace lo posible para desprestigiar a las víctimas, a los movimientos ciudadanos y a todo el que le lleve la contraria. El resultado, señoras y señores disputados, es obvio para cualquier observador. Los terroristas ganan en respetabilidad. Son gentes de paz, son interlocutores deseables. Los demás son, o somos, una patulea de sujetos ruines que luchamos contra la paz. Este es el mensaje que ustedes destilan. Insisto, esta es la peor consecuencia de hacer tertulias con los terroristas: los legitima, los torna respetables, refuerza sus postulados, reconoce su conflicto. Es como si ya no fueran asesinos implacables, tal vez ni siquiera delincuentes. Ahora son interlocutores del Gobierno; nobles luchadores de una causa noble que dirimen sus diferencias con el estado opresor; se presentan en sociedad, celebran ruedas de prensa y nos adoctrinan.»

Rajoy, esta tarde en el Congreso Y es que el discurso de Rajoy, frente a los trucos y ardites del gobierno y sus aliados, fue sólido, incisivo y, por encima de todo, veraz y atinado.

Rajoy fue, una vez más, el único parlamentario capaz de saltar por encima de esta retórica parlamentaria de medio pelo, para dejarse de gaitas y defender a la Nación Española; para pedir la vuelta a la cordura del Pacto de estado entre PSOE y PP, contra el terrorismo y por las libertades. Una iniciativa del propio Zapatero, cuando estaba en la oposición, que Rajoy exige que cumpla, porque así figura en el programa electoral del partido de Zapatero, y que, hace unos días, fue calificada por la vicepresidenta del gobierno, Teresa de la Vega, como «papelitos viejos».

El líder de la oposición desmontó la afirmación de Zapatero sobre los principios que motivaron el diálogo con terroristas, la «ausencia de violencia» que, como bien dice Rajoy, no se ha dado en todo este tiempo en donde los etarras han seguido extorsionando, robando pistolas y explosivos, quemando autobuses y amenazando a los ciudadanos españoles.

Rajoy indicó al presidente Rodríguez que no puede negociar con lo que no le pertenece: «Su quinto error ha consistido en olvidar que usted no tiene en las manos lo que ETA reclama. Y, como no lo tiene, no se lo puede dar; y como no se lo puede dar, está usted, perdóneme la imagen, tocando el violón mientras cabalga sobre un tigre. No está en su mano, afortunadamente, retorcer la Constitución al gusto de ETA, ni adulterar el Estado de Derecho, ni dar órdenes a los jueces, ni regalar amnistías, ni torcer la voluntad de los navarros, ni conseguir que los españoles miren para otro lado.»

Rajoy anticipó lo que piensa que será la jugada del gobierno: seguirán con los contactos, pero esta vez a espaldas de la Nación, como le pidieron después, con todo el descaro del mundo los portavoces de PNV, EA, ERC. Y cuando se les pregunte nos dirán que es para «verificar el alto el fuego».

Zapatero hizo oídos sordos a los requerimientos de Rajoy conminándole a definirse:

«Proclame, sin tergiversar las palabras, que se ha roto definitivamente su relación con los terroristas y la de su partido; asegure que ni ETA —ni quien represente a ETA— recibirá nunca ninguna concesión política; solicite que esta Cámara revoque la Resolución que le autorizó a dialogar con ETA, porque ese fue el mayor error que se cometió en los últimos años; vuelva a colocar a Batasuna en la ilegalidad real y diga a los españoles que no se presentará bajo ningún nombre a las elecciones municipales; aclare en el Tribunal Europeo de Estrasburgo que Batasuna es una formación ilegal; dé instrucciones al Fiscal General para la apertura del juicio oral contra Egunkaria.»



Nada dijo el presidente del gobierno en una réplica a Rajoy digna de pasar a la historia de la insuficiencia mal disimulada. Zapatero, prácticamente grogui, no atinó más que a articular un discursito ridículo, calco del primero, alargando cada palabra con unos silencios mucho más esclarecedores que sus palabras.

Fingió, con enorme afectación, sentirse maltratado por una obviedad de Rajoy: «si usted no cumple le pondrán bombas y si no se las ponen es que habrá cedido.» Pobrecita Alicia, ¡cómo la maltratan después de haber reconocido sus errores!

El resto de grupos políticos amonestaron a Rajoy por su falta de delicadeza con el querubín.

Otra obviedad de Rajoy que el angelical presidente ignoró es lo estúpido del planteamiento de Rodríguez y aliados a favor del diálogo con ETA:

«Óigame: Si se van a portar bien ¿por qué no desaparecen? Y si no desaparecen ¿qué le hace pensar que se portarán bien? Parece absurdo, ¿verdad? Pues en ese absurdo quiere usted empaquetarnos.»

A este absurdo, añadió Rajoy la imposibilidad de que prospere un diálogo con los terroristas no existiendo lugares de encuentro, «ni términos medios entre terroristas y demócratas». Ni entre separatistas y españoles, nos permitimos añadir.

Pero para Zapatero y aliados sigue abierta la «esperanza de paz» y el diálogo, para que finalice la violencia, basado en el «principio mantra» de que es, precisamente, la ausencia de violencia…la condición del diálogo. A estas cosas llamó Rajoy, acertadamente, la neolengua de Rodríguez y aliados.

Las intervenciones de los otros grupos parlamentarios oscilaron entre la tibieza y oscuridad de IU, que se apunta a lo de jugar con todas las barajas, pero apoya a Zapatero, y la más absoluta abyección de Izquierda Republicana de Cataluña, Partido Nacionalista Vasco, Eusko Alkartasuna y Nafarroa Bai, todos ellos, partidos separatistas, aliados con la ETA en los fines, aunque discrepen en las bombas (al menos, de cara a la galería: recuerden las nueces de Arzallus).

El vomitivo discurso de esta canalla separatista, se ampara en la disociación de medios y fines practicada por su querido presidente (al que mostraron «todo su apoyo en estos momentos» y toda su disposición a asumir la «responsabilidad democrática que exigen las circunstancias») para pedirle que pase por alto este atentado de la ETA, y con él todos los demás, y «no cierre la puerta a la esperanza de la paz en Euskalherría, y en España». ERC puede, además, presumir de que esa «violencia» ya no existe en «los paisös catalans», gracias a sus acuerdos con la ETA en Perpignan.

A toda esta gentuza, Zapatero la trataba con agradecimiento y reverencia, mientras insistía en la deslealtad del PP. El colmo del despropósito llegó con Ercoreca, el portavoz del PNV en el Parlamento: como señalábamos más arriba, pidió, a las bravas, que el gobierno no informe de sus contactos, que se practique el apagón informativo, que la Nación Española no se entere del atraco que, entre otros, comete su partido, aliado con el PSOE. Y que siga dialogando con los etarras como pedía su jefe, Ibarreche, en la manifestación del sábado.

Como era de esperar, estos partidos no perdieron la oportunidad de atacar al PP repitiendo la consigna lanzada por el presidente en su primera intervención.

Por último, intervino López Garrido, cuando este corresponsal ya tenía agotada su capacidad para digerir basura, momento que aprovechó para abandonar el Congreso. No vaya a ser contagioso.


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