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La ONU condenó el derrocamiento del Presidente de Honduras

Organización de fundamentalistas democráticos

Pese a que el ejército defendió el orden constitucional

Sábado 4 de julio de 2009, por Grupo Promacos

Cuando hace unos días se produjo la deportación del Presidente de Honduras, Mel Zelaya, a causa de su intento de perpetuarse en el poder por encima de cualquier mandato judicial y constitucional, la «comunidad internacional», desde la OEA, al ALBA chavista, pasando por la ONU y Estados Unidos, se llevaron las manos a la cabeza y, desde una perspectiva fundamentalista democrática, decidieron no reconocer al gobierno resultante de la expulsión de Zelaya, a quien conminaron a volver.

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Escudo de Honduras
Con el símbolo masónico del ojo, representa la metafísica «libertad» lograda mediante un golpe de estado

La argumentación clave para este llamamiento unánime residía en que, al deportar a Zelaya, el ejército había violentado la normalidad democrática. Normalidad democrática que consistiría en esperar a las siguientes elecciones para dar el refrendo o rechazo correspondiente al presidente Zelaya, según personalidades como los derechistas extravagantes Hugo Chávez y Evo Morales, o bobos solemnes como el Emperador Obama y el socialfascista Zapatero.

Sin embargo, desde el Grupo Promacos hemos de señalar que el ejército en cualquier régimen constitucional, ya sea democrático, aristocrático, oligárquico, dictatorial o de la forma que se conciba, no es una mera guardia de corps al servicio del gobernante de turno, sino un poder que puede defender el orden legalmente constituido frente a quienes desean vulnerarlo. Así, Zelaya intentó reelegirse indefinidamente mediante referendum sin ningún apoyo, ni de la Corte Suprema, ni del Parlamento hondureño, ni siquiera de su partido. El resultado fue su deportación y sustitución por un miembro de su propio partido, sin un solo muerto.

Es más, desde ese punto de vista fundamentalista democrático que ve sólo en las elecciones el método legítimo de cambiar gobiernos, ni siquiera hubieran visto la luz las actuales repúblicas hispanoamericanas, como Honduras, pues siempre tendrían en su seno el pecado original de haberse originado mediante revoluciones violentas.

Hay, por lo tanto, más fuerzas actuando en las sociedades políticas que las meramente electorales. No sólo el ejército sino un referendum como el que proyectaba Zelaya, puede invalidar la decisión de un Presidente de asumir una posición omnímoda, para dictar resoluciones como «dictador» sin que nadie le oponga nada. Como sucedió en el último refrendo que planteó Hugo Chávez y terminó en derrota. Las concentraciones y movilizaciones, la negativa a pagar todo tipo de exacciones e impuestos, la rebelión cívica y militar en definitiva, no tienen por qué ser un elemento antidemocrático.

Así sucedió en la primera legislatura de gobierno socialfascista en España: ante el proyecto de ruptura de la Nación que el PSOE realizó, para mantenerse en el poder, al pactar con el Imperialismo Catalán el Estatuto inconstitucional de Cataluña, no sólo algunos generales, como Mena, señalaron la posibilidad de intervenir si tales normas jurídicas sobrepasaban los límites constitucionales, sino que en la calle se produjo una verdadera rebelión cívica contra un gobierno que había cometido, a todos los efectos, alta traición no sólo por su legislación inconstitucional, sino por su intento de entregar a los terroristas de la banda secesionista ETA todo lo que ellos deseaban para conseguir «la paz». A día de hoy, parece que esa rebelión cívica se ha atemperado, y ecualizado el PP con el PSOE en sus labores de pactar con el secesionismo antiespañol, las organizaciones cívicas que la protagonizaron, como la Asociación de Víctimas del Terrorismo, la Iglesia católica y otras, han atemperado mucho sus posturas.

De hecho, cuando una sociedad como la española acepta que todo el orden constitucional sea vulnerado y convertido en papel mojado, como está sucediendo ahora, no cabe duda que esa sociedad está completamente muerta y no puede caminar sino hacia su disolución.


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