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6.480 euros de multa

El «republicano» José Antonio Barroso frente a la ley de la II República

Alcalde por Izquierda Unida de Puerto Real, provincia de Cádiz, España

Viernes 12 de junio de 2009, por ER. Madrid

El juez instruyó al alcalde diciéndole que los insultos que ahora le suponen algo más de un millón de las antiguas pesetas, en la II República le hubiesen acarreado una pena de entre seis meses y un día a ocho años de cárcel

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José Antonio Barroso
"Republicano" y milenarista, si se nos permite la expresión

Antes de ayer se conocía la condena de 6.480 euros de multa que el juez Central de lo Penal de la Audiencia Nacional, José María Vázquez Honrubia, ha impuesto a José Antonio Barroso, alcalde de IU en Puerto Real, por un delito grave de injurias al Rey. El origen de tal sentencia no es otro que los epítetos, «corrupto» e «hijo de un crápula», entre otros, lanzados por el edil al monarca hispano durante un acto de conmemoración del septuagésimo séptimo aniversario de la II República.

Nada hay de sorprendente en tal decisión judicial que no hace sino cumplir la ley, mas, lo que a El Revolucionario le interesa es lo que el juez añadió. En efecto, el togado instruyó al alcalde diciéndole que los insultos que ahora le suponen algo más de un millón de las antiguas pesetas, en la II República le hubiesen acarreado una pena de entre seis meses y un día a ocho años de cárcel.

El hecho no deja de ser ilustrativo de esta izquierda no ya extravagante, sino nostálgica e indocta que, envuelta en la errónea bandera tricolor, -el lector avisado sabrá del origen «desteñido» de la franja violeta- pretende ajustar cuentas con un pasado idílico y falso o simplemente jugar a revivirlo de manera pueril mediante la puesta en escena de diversos fetiches entre los que figura de manera distinguida la célebre bandera o algunos estatutos de autonomía incompatibles con los que ahora se erigen en herederos de los mismos.

Y es que si es cierto que la primera generación de izquierdas fue ferozmente antimonárquica, haciendo rodar literalmente la cabeza del rey Borbón francés, no es menos verdad que la segunda generación, la izquierda hispánica que saldría de Cádiz, no encontraba en la institución monárquica, un obstáculo tan insalvable como el que percibe José Antonio Barroso en la figura del rey «bastante republicano» (ZP dixit) contra el que dirige sus invectivas.

Al fin y al cabo, la actitud del alcalde de Puerto (¡ay!) Real, no es más que una muestra más de la ramplonería con que se aborda el asunto monárquico en España. Contra el Rey se han levantado personajes tan grotescos como el hispanófobo Joan Tardá, cuyos ataques a don Juan Carlos no son sino un modo de canalizar su odio a España. En ese mismo sentido habría explicar los episodios de quemas en efigie acaecidos en Cataluña, con el mismo protagonista. Dentro de la particular visión alucinada de la historia de Cataluña, parece ser que encaja mejor la republica que la monarquía, a pesar de la molesta presencia histórica de Wifredo el Velloso y sus menos hirsutos, mas no menos monárquicos, sucesores...

Desde El Revolucionario, y con la mirada puesta en la construcción de una séptima generación de izquierda, no podemos considerar a la monarquía como una cantidad política e histórica despreciable. En España, concretamente, y aun a pesar de la calculada inacción de su protagonista, el Rey es la única institución ante la que algunos sediciosos, fruto de sus enormes complejos, detienen sus pies. La utilidad que a nuestros propósitos puede ofrecerle conyunturalmente la monarquía, debe ser cuidadosamente estudiada por cuanto, pese a su laxitud, supone todavía un freno a la desmembración de la Nación Española, expuesta como está a los ataques continuos de los neofeudalistas. Será una vez neutralizados éstos, cuando su Majestad deberá ocupar el lugar que le corresponde en una Nación libre de traidores, pero también de privilegiados.


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