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La idea de Ciudadanía va unida a la de Estado

Sobre la ciudadanía española y universal

La ideología imperante entre buena parte de los políticos españoles debilita el sistema inmunológico de los españoles contra el secesionismo

Miércoles 24 de septiembre de 2008, por Grupo Promacos

Poco después del atentado el hijo del militar asesinado, sumido en una profunda tristeza, pero también en la confusión, declaraba que «ETA no se va a salir con la suya» para, a continuación, pedir al Gobierno que «pare esto y que dejen de morir personas inocentes por causas que no comprendemos». No menos indignadas y confusas eran las declaraciones de un cántabro de Santoña a una TV pública pidiendo «¡Que nos dejen en paz! ¿Es que no tienen bastante con actuar y matar cerca de aquí (en el País Vasco)?».

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Atentado de ETA en Santoña
El terrorismo nacionalista vasco va poco a poco imponiendo su paz

Si buena parte de los españoles no asume como propias las amenazas a la integridad territorial y al orden establecido, no es de extrañar que los nacionalistas fraccionarios se estén saliendo con la suya en la implantación de una nacionalidad política distinta a la española. Esa es la paz que busca ETA, y sus acólitos separatistas, con la complacencia o la resignación de los españoles.

Tanto el Gobierno como la mayoría de formaciones políticas condenan dicho crimen por lo que tiene de perversión ética, pero prefieren no enjuiciar lo que implica políticamente para España, cuyo nombre ni siquiera es pronunciado en las declaraciones de sus dirigentes: hablan de «estado de derecho», de «democracia», de «ciudadanos de este país», pero no especifican a qué especie de democracia, de ciudadanía o de país se están refiriendo.

Desde el Grupo Promacos consideramos que, con la caída de la URSS, se ha acentuado en muchos estados el miedo a asumir la responsabilidad de implantar la «paz» (el orden) que cada cual tiene a su alcance. La mayoría de los políticos espera que una paz universal (cuyo agente sería la Humanidad) se implante sin violencia para lograr un orden político que iguale a todos los hombres. Pero el orden implica «asimetría», y la igualdad política sólo podría obtenerse, a lo sumo, como resultado del enfrentamiento de estados muy distintos o antagónicos. La igualdad genérica, biológica, de todos los hombres no significa que se pueda alcanzar una supuesta ciudadanía universal por arte de magia, tal como pretenden hoy día visionarios como Zapatero que, con su Pensamiento Alicia, emula a los revolucionarios franceses más ingenuos.

El mismo Robespierre pensó añadir a la Declaración de Derechos jacobina de 1793 el siguiente artículo: «Los hombres de todos los países son hermanos y los diferentes pueblos deben ayudarse mutuamente según su poder, como los ciudadanos de un mismo estado». Pero su ejercicio del poder, engranado a la dialéctica de clases y de estados, le llevaría a aplicar políticas que poco tenían que ver con la «hermandad» originaria para alcanzar las igualdades concretas (lengua, costumbres, moral, religión, &c.) que pedía la implantación de la nueva ciudadanía, en una línea similar a la de algunos estoicos que también soñaron con la cosmópolis, pero sustentada en el imperialismo romano.

Un contemporáneo de Rousseau, Anacharsis Cloots, llegó a proclamarse –-anticipándose al Zapatero de la Alianza de Civilizaciones— «orador del género humano» (otros, como Garzón, pretenden ser su juez), y llegó a sugerir a la Convención de 1793 la formación de una República del Género Humano por el procedimiento de la aclamación popular (imaginamos que en un idioma, el francés, previamente universalizado) para, de esta guisa, alcanzar la Paz mundial.

Una ingenuidad similar demostró en 1945 el estadounidense Garry Davis, que llegó a crear un registro de los «ciudadanos del mundo» con la pretensión de formar un gobierno federal mundial con métodos muy parecidos: «Pensé en la constitución de un gobierno mundial del mismo modo que habían sido creados todos los demás gobiernos [sic]: simplemente declarándome un ciudadano real de ese gobierno y comportándome como tal» (Ver Heater, D., Ciudadanía. Una breve historia, Alianza Editorial, página 199).

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Erdogan
Somete a Zapatero a su paz

No muy lejos de tales alucinaciones está el presidente español, que hace unos días, celebrando el fin del ramadán en Turquía, volvió a ignorar que España se constituyó realmente enfrentándose al Islam, y sueña con forjar un Estado Federal Mundial a través de un nuevo Contrato Social que incluya a todos los hombres. Entre tanto los separatistas españoles, con la ETA a la cabeza, buscan implantar su propia paz —su propia ciudadanía— con métodos mucho más expeditivos y realistas.

Con un estado tan dislocado y un gobierno tan iluso no es de extrañar que hasta países que como Gambia, con tan poco peso político, nos tome el pelo en los acuerdos de repatriación de inmigrantes, o que los avispados piratas de las aguas somalíes intenten secuestrar de nuevo a pescadores españoles cuyo gobierno se deja chantajear tan fácilmente. En la misma España no son pocos los inmigrantes a los que, de diversas formas, se les oye decir que «no nos hacemos respetar», «que todos hacen con nosotros lo que quieren». Y así nos va.


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