El Revolucionario

Portada > Valoraciones y análisis > Grupo Promacos > Racismo y Soberanía nacional

La soberanía no es distribuible individualmente

Racismo y Soberanía nacional

Los Derechos Humanos, en lo que tienen de ideología, favorecen que muchos estados pongan en peligro su soberanía nacional y su persistencia eutáxica

Miércoles 10 de septiembre de 2008, por Grupo Promacos

El reciente homicidio de un inmigrante senegalés en Roquetas de Mar (Almería), cuando la crisis económica parece indiscutible, ha propiciado que la mayoría de responsables políticos traten de negar que trate de un suceso racista y remarcando que se trata de un «hecho aislado».

JPG - 18.6 KB
Inmigrantes africanos
Se consideran iguales en tanto que hombres, pero distintos en tanto que ilegales

Mientras, algunos miembros del Gobierno, como la Vicepresidente María Teresa Fernández de la Vega, se resiste a tomar medidas políticas que resuelvan su incoherencia, tal como se puso de manifiesto en sus críticas al gobierno italiano en la regulación de la inmigración rumana.

Muy probablemente el suceso mencionado no tenga componentes estrictamente racistas. Un vecino de Roquetas comentaba a una cadena de TV (cuando se decía que el homicida podría ser un gitano) que la tensión no se debe a cuestiones de racismo, sino a «desigualdades sociales», pues los mismos gitanos ricos no se preocupan lo más mínimo por gitanos pobres que se dedican a la chatarra, sin que eso signifique que sean racistas respecto a su misma etnia.

Pero, aunque se quiera conjurar al fantasma del racismo negándolo insistentemente, no se evitará el incremento de tensiones (no sólo de índole económica) que está provocando la inmigración masiva y no integrada políticamente, con todo lo que ello implica. Y es que la inmigración, en la medida en que no sea o no pueda ser asimilada, cuestiona la soberanía nacional de los españoles y la propia persistencia de su estado.

Muchos autores han expuesto la conexión entre la idea de soberanía divina expuesta por la Teología y la soberanía política. Según iba decreciendo el poder de la Iglesia (Altar) su ámbito de poder era asumido por los estados modernos, por el Príncipe. Con la Revolución Francesa dicho poder soberano era desplazado, de nuevo, del Trono a la Nación. Dicho proceso ha sido expuesto según diversas tradiciones ideológicas desde una perspectiva absolutista, metafísica. Así el Príncipe, como el Dios ontoteológico, sería todopoderoso dentro de su propio estado, y en algunos casos también respecto a otros estados que le rodeaban (lo cual es imposible, como demostraba su existencia).

Posteriormente muchos ideólogos de la Revolución Francesa propagaron que el pueblo era el único y auténtico soberano, como si la nación política que se fraguó a finales del siglo XVIII hubiera nacido de la nada, y no de la transformación de los estados del Antiguo Régimen, de los que los nuevos ciudadanos heredaron territorios, instituciones y costumbres que no surgieron ex novo, aunque en términos políticos, muy genéricos, «todos los ciudadanos sean iguales ante las leyes» (isonomía) o co-propietarios de los territorios y riquezas nacionales.

Ahora bien, dicho estado revolucionario, conformado históricamente, sigue siendo una Totalidad Atributiva, con múltiples componentes y poderes en mutua dependencia. Ningún individuo puede considerarse soberano de manera absoluta, «distributiva» o separable de la de los demás (incluidos los muertos y los ciudadanos por venir), pues su misma supervivencia y formación como ciudadanos depende de grupos y factores organizados y ordenados de múltiples formas (suprasubjetivas también). Dicho estado, por lo tanto, y a pesar de sus similitudes con los demás, se constituye como una especie única y diferente, de manera similar a como ocurre con las especies biológicas.

La ideología de los Derechos Humanos y de la O.N.U. ha exacerbado al límite la supuesta igualdad (¿respecto de qué?) y soberanía de todos los hombres por el hecho de serlo, defendiendo un nuevo «contrato social» (una «Alianza de Civilizaciones», entendidas distributivamente) que permitiría la superación de todas las contradicciones en un nuevo y peculiar «orden» mundial (sin asimetrías objetivas). Esta ideología quedaba plasmada expresivamente en las declaraciones de una inmigrante negra a la TV a propósito del suceso producido en Roquetas: «somos negros, pero tenemos sangre como vosotros» (somos «hombres iguales»). Pero la igualdad precisa de parámetros que la determinen. Además, dentro de un mismo estado hay multitud de igualdades que separan (que desigualan a unos grupos de otros), y no sólo en el ámbito económico (ricos y pobres). Un estado precisa de multitud de grupos sociales con diferentes competencias. Y entre distintos estados soberanos dichos grupos no son homologables sin más, pues sus costumbres, lenguas, propiedades, &c., no son intercambiables sin más.

La ideología humanista preponderante en la España de ZP propicia que muchos españoles no aprecien los peligros que para su soberanía supone la inmigración masiva e incontrolada (aparte de otros fenómenos como el secesionismo, también amparado por dicha ideología). Por un lado caen en la falsa conciencia de la «soberanía individual», considerándose poco menos que todopoderosos por el hecho de que votan, de que todos los votos son «iguales»; y por otro, recíprocamente, no aprecian el poder efectivo que representa la soberanía nacional, frente a otros estados más o menos poderosos cuyos «hombres» no se integran por arte de magia en unas estructuras distintas, a veces incompatibles con las propias. Y es que desde el Grupo Promacos afirmamos que no es lo mismo ser «hombre» que ser «ciudadano», aunque algunos pretendan vendernos la «ciudadanía global» como mito apotropaico que oculte la dialéctica de los estados tras la caída de la URSS.


El Revolucionario, el diario hispano global de crítica del presente
Seguir la vida del sitio Cumple con el estándar XHTML 1.0 Transicional Página realizada con hojas de estilos
Porque el Mundo sigue girando